Catalunya recurre a las desaladoras pese a tener embalses llenos para aliviar ríos y el acuífero que abastece Barcelona
Las desaladoras no descansan en Catalunya. A pesar de que los últimos temporales han dejado los embalses casi llenos, la Generalitat mantiene sus dos grandes infraestructuras de desalinización de agua de mar —la del Prat de Llobregat y la de la Tordera— al 50% de su capacidad, un ritmo que los técnicos consideran alto. El objetivo es aliviar dos de las principales fuentes de abastecimiento de agua del área metropolitana de Barcelona: el acuífero del delta del Llobregat y el río Ter, ambos muy castigados por la histórica sequía que asoló la comunidad entre 2021 y 2025.
La actividad de las desaladoras en plena bonanza hídrica resulta inaudita en Catalunya, puesto que hasta ahora se trataba de un recurso al que recurría la Generalitat en períodos de falta de precipitaciones y cuando los pantanos empezaban a vaciarse. Sin embargo, fuentes de la Agencia Catalana del Agua (ACA) reconocen que su intención es que estas plantas cada vez adquieran “más relevancia” en el abastecimiento de agua de boca para depender menos de las lluvias.
Durante los peores meses de la sequía, el ritmo de producción de agua de ambas desaladoras llegó a ser de más de 6 hm3 al mes (el récord, en julio de 2023, fue de 7 hm3). Desde entonces, su funcionamiento se ha reducido progresivamente, hasta alcanzar en marzo de 2026 los 3,3 hm3 potabilizados. Pero aun así, estos valores están lejos de los que presentaban estas mismas infraestructuras en otros períodos precedentes de pantanos igualmente llenos. Tras el temporal Gloria, en 2020, cuando los embalses superaron también el 90% de su capacidad, la media mensual de desalinización de agua era inferior a los 2 hm3.
Un acuífero salinizado necesita tiempo
El primer gran beneficiado del mayor uso de las desalinizadoras ha sido el acuífero de la Vall Baixa del Llobregat, cuya agua se extrae en un 70% para abastecer los grifos de las grandes ciudades del área metropolitana de Barcelona. Hace dos años, en plena escasez hídrica, se convirtió en una de las salvaguardas de la Generalitat para evitar el desabastecimiento, pero el uso de sus reservas provocó una caída del nivel de su masa de agua hasta los 9 metros por debajo del nivel del mar.
Aunque no fue su peor registro (con la sequía de 2007 llegó a los -12 metros), una de las consecuencias de ese descenso fue la salinización del acuífero, según explica Enric Queralt, director técnico de la Comunidad de Usuarios de Aguas de la Vall Baixa del Delta del Llobregat (CUADLL). “Si extraes agua hasta que el nivel baja, la relación del acuífero respecto al mar se invierte y entra el agua salada, lo que hace que se salinice”, describe Queralt.
Desde entonces, el uso de las desaladoras ha permitido reducir las extracciones del acuífero, que recuperó la normalidad hidrológica el pasado noviembre y ahora oscila entre un metro por debajo y uno por encima del nivel del mar. También han contribuido a esta recuperación las inyecciones de agua regenerada en distintos puntos, así como otros sistemas de recarga artificial. Gracias a ello, explica Queralt, el acuífero podría volver a aportar hasta 60 hm³ anuales a la red de abastecimiento. Pero eliminar completamente la salinización requerirá más tiempo.
“Necesitamos mantener las extracciones actuales a poder ser durante cinco años más, porque la inercia es muy lenta: cuando entra la sal, le cuesta mucho salir”, detalla Queralt. En cifras, si en 2023, año del pico de la sequía, se usaron 65 hm3, en 2025 fueron 45 hm3 y la intención es mantenerse en esos valores.
Cumplir los acuerdos del río Ter
La otra razón que explica que Catalunya no haya paralizado la desalinización de agua está en el río Ter, que atraviesa la provincia de Girona y que está regulado por el principal sistema de embalses de las cuencas internas catalanas: Sau-Susqueda. Desde 2017 existe el compromiso, pactado por distintas administraciones (con la Generalitat a la cabeza), usuarios y ecologistas, de reducir significativamente el trasvase de este río hacia Barcelona, lo que se conoce como los Acuerdos del Ter.
El pacto establece que en 2028 el volumen de agua trasvasado no debería superar el 30% del caudal del río. O lo que es lo mismo, que hay que reducir su aportación hacia el área metropolitana de Barcelona desde los más de 150 hm3 anuales del año en que se selló el acuerdo hasta los 90 hm3 anuales.
Desde la Generalitat defienden que esa meta ya está prácticamente alcanzada. En 2024, y a pesar de la sequía, las extracciones fueron de 91 hm³. De hecho, gran parte de las nuevas infraestructuras destinadas a generar agua potable en Catalunya —con la ampliación de la planta desaladora de la Tordera a la cabeza— tienen como objetivo reducir la presión sobre este río. Esta ampliación, junto con una nueva desaladora proyectada entre Cunit y Cubelles (Tarragona), está pendiente del aval del Ministerio para la Transición Ecológica y debería entrar en funcionamiento hacia 2030.
“La sensación es que sí que se van a cumplir los objetivos, porque no solo tiran de más desalación, sino que han recuperado pozos en desuso y reparado algunas cañerías. Se han puesto las pilas”, reconoce Pau Masramon, portavoz de Aigua és Vida en Girona y uno de los firmantes de los acuerdos en 2017. Con todo, este activista es crítico con la recuperación de la biodiversidad del Ter. “Durante la sequía los caudales ecológicos se redujeron exageradamente, y recuperar la vida en los ríos no es cuestión de meses”, afirma.
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