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CATALUNYA

Pena por soleás en las barracas de Montjuïc

Jaume Villanueva hace un musical flamenco a partir de 'Romance de Curro el Palmo', de Serrat, y de textos de Paco Candel, con Antonio Canales y Kike Morente como principales (pero no únicos) reclamos.

Siguiendo el hilo de la canción, vivimos el desamor de los protagonistas y una auténtica crónica social de la inmigración de los 60 en Barcelona.

Las barracas de Montjuïc, testigo de una crónica social./David Ruano

Las barracas de Montjuïc son testigo de una crónica social./David Ruano

Romance de Curro 'el Palmo' es, para mí, la canción más triste de Serrat, y esconde toda una historia que va mucho más allá del cruel desamor entre Merceditas, "ese mal bicho", y Currito el Palmo, el bailaor cojo y soñador. Es un poema que contiene los ingredientes de toda una crónica social de una época (dura, como el desamor), que ahora Jaume Villanueva, apoyándose en los escritos de Paco Candel, nos descubre convirtiéndolos en un musical flamenco al que dan vida un Antonio Canales enorme (en todos los sentidos), una Eli Ayala poderosísima, un Nacho Blanco hipnotizante, un Kike Morente pletórico y un Pep Cruz que, más que una estrella invitada, es el referente imprescindible en la lectura social de la obra. El resto de la veintena larga de artistas que acompañan brillan a la altura de las circunstancias, aportando cada personaje su grano de arena en la realidad de la historia. Sensacional el cameo de La Barni, expertos en la copla, como demostraron en Ojos verdes.

La canción es el hilo conductor de la dramaturgia. Cada estrofa da pie a una dramatización musical que nos hace escuchar la pieza como seguiriya, como soleá, como pasodoble, como sardana, incluso, o como jota y describe lo que los versos simplemente dejan intuir. Todo con coreografías esplendorosas, bien trenzadas y bailadas que ilustran la desgraciada historia de amor del Palmo, que ve como su Merceditas deja el tablao del Lacio para irse con un rico médico ("de clínica propia y Rolls de contrabando"). No lo superará: "Entre palma y palma, Curro fue palmando". El entierro del Palmo, puesto en escena con sobriedad y delicadeza, es uno de los momentos culminantes de la obra. El Curro aparecerá desde los cielos, "a mano derecha, segun se va al cielo..." y bailará radiante, de blanco reluciente, feliz, mostrando el talento que en el resto de la función ya se le intuía al verlo bailar con una pierna rígida y todo torcido (gran actuación). La versión de Villanueva, sin embargo, nos regala un bonus track en el que triunfa el amor...

Por el escenario (un reproducción de las barracas de la falda de la montaña) corretean símbolos de la época: un limpia, un quinto, guardias civiles, claveteras, un anarquista borracho, un aprovechado de los tiempos que corren, matones fachas y muchos ilusionados emigrantes dispuestos a darlo todo para salir adelante. Son personajes de la realidad y de los textos de Candel y también del universo serratiano: todos son "fills d’un país orfe, fills d’Una Grande y Libre", seguro que se encuentran por las calles con aquella "aristocracia del barrio" y son también "almas que zozobran, caminito de la obra"... Es la historia de los otros catalanes de Candel, las vivencias de supervivencia de los charnegos. Una generación que, en los años 60 (en la que está ambientada la función), hace de visionaria en boca de Ramón Oller, el catalán anarquista que interpreta Pep Cruz: "¿Qué habrá sido de esa gente dentro de 50 años? Franco habrá muerto -seguro-, por lo tanto habrá una república (¡ay ..!). Y, tal vez, harán musicales bilingües", viene a decir en un emotivo discurso que cierra la primera parte, en medio de un imponente sarao de agradecimiento a Barcelona, la ciudad que los ha acogido "sin importarle que sean o no charnegos".

Es interesante vivir prácticamente en el mismo espacio (el Teatre Grec), lo que pasaba en las barracas de Montjuïc con aquella primera inmigración que suspiraba por un puesto en la Seat. Representa el pasado de muchas familias que, como predecía Oller, ahora, 50 más tarde, están plenamente integradas en Catalunya, son catalanas y charnegas, como cualquier hijo de vecino. Muchos de los que podrían haber frecuentado el tablao del Lacio (o trabajado allí), estaban en la grada del Grec viendo el espectáculo, quizás recordándolo.

Los defectos de sonido del estreno (es de suponer que ya superados) despistan un poco: a veces no se sabe dónde está el personaje que canta, por no hablar de las interferencias en algunos micros (Morente hijo las sufrió en la primera parte, pero se vengó en una segunda memorable).

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