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Entrevista

Xavi Domènech: “Las peleas personales no pueden ser la excusa para no unirse contra la extrema derecha”

Xavier Domènech, exlíder de los Comuns y profesor de historia, posa para la entrevista para elDiario.es

Arturo Puente

Barcelona —
6 de abril de 2026 22:10 h

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Hay pocas personas en Catalunya que representen mejor el espíritu de la confluencia de izquierdas que Xavier Domènech (Sabadell, 1974). Fue el puente entre Podemos y Comuns cuando más complicado era el encaje entre ambos y uno de los forjadores de la unidad en el enorme grupo plurinacional con el que desembarcó la formación capitaneada por Pablo Iglesias en el Congreso. Él mismo reconoce que ser el pilar que aguantaba tantos consensos le dejó “agotado” y le llevó a dimitir en 2018.

Pese a eso, el historiador ha decidido reaparecer fugazmente en política institucional para empujar la propuesta de un frente amplio de izquierdas. Este jueves moderará una charla entre Gabriel Rufián e Irene Montero en la Universitat Pompeu Fabra (UPF) de Barcelona, el segundo acto con el que el diputado de ERC está tratando de reconectar a los diversos actores de la izquierda estatal.

Xavi Domènech presenta un acto con Gabriel Rufián e Irene Montero. Parece toda una declaración política.

Llevo tiempo defendiendo públicamente que, ante el auge reaccionario a nivel global y la posibilidad de un gobierno reaccionario en el Estado español, la fórmula más efectiva es una alianza amplia de izquierdas. Y no como mera línea defensiva, porque en una posición puramente defensiva acabas perdiendo: no tienes capacidad de transformar las condiciones que generan esa reacción.

Los frentes populares históricos de los años treinta no se plantearon solo como dique contra el fascismo, sino como programas ambiciosos de transformación social. Es importante que esta alianza no se vea como una serie de renuncias de cada actor, sino la condición de posibilidad para que la diversidad de programas de izquierdas se puedan llevar adelante. Sin ella, el PSOE distribuye el juego a su conveniencia; con ella, el conjunto de los actores puede coprotagonizar un programa transformador.

¿Ha tenido la sensación de que el PSOE se beneficiaba de esa fragmentación a su izquierda?

Ha sido así. Una de las grandes frustraciones que tienen gran parte de las izquierdas, soberanistas o estatales, es no tener otra alternativa que dar apoyo al PSOE, esté ese PSOE en el momento que esté, porque si no vienen PP y Vox. Frente a esta disyuntiva, lo que se produce son negociaciones cruzadas y debilidades cruzadas. Y eso se traduce no solo en frustración para cada uno de los espacios, sino sobre todo en incapacidad para superar la crisis del sistema político que arrastramos desde 2015, por no decir desde 2011.

No se puede mantener una crisis eternamente abierta, entre otras cosas porque todo tiende hacia la estabilidad. Por eso la única forma de superarlo es un programa de transformación ambicioso donde todos los actores se hagan cargo de las aspiraciones del conjunto, donde la clave no sea la renuncia sino lo contrario, la posibilidad de conseguirlo conjuntamente.

Domènech, en un momento de la entrevista

Rufián plantea candidaturas conjuntas a las generales. Usted lideró los Comuns, ¿es viable una lista conjunta de Comuns y ERC al Congreso en las cuatro provincias catalanas?

Para mí, totalmente viable. Pero me parece absurdo un debate que se centre en quién debe ser el candidato o la candidata, o en qué fórmula electoral funciona mejor. Son debates que se hacen en frío, a partir de encuestas y sistemas electorales. Las próximas elecciones se van a ordenar en torno a un eje muy claro: reacción frente a progreso, fascismo frente a antifascismo. Y en ese momento todos esos cálculos politológicos no valdrán nada porque todo se habrá movido.

Pero usted sabe bien que, a la hora de la realidad, cuando varias organizaciones se ponen a cerrar una coalición negocian números de lista y nombres.

Aún no estamos aquí, sino en un estadio muy anterior. Estamos planteando un debate que nace de una reflexión. O las izquierdas están a la altura del reto o quedarán fuera. Por eso ahora el debate que importa no es el candidato ni la fórmula, es cómo te sitúas en el eje que marcará las elecciones con un programa realmente transformador, no solo defensivo. Y eso incumbe a los actores políticos, por descontado, pero también a la izquierda social y cultural.

Rufián, un catalán independentista con toda la carga que ello conlleva, ¿puede liderar un movimiento estatal en España?

La pregunta de fondo es si pueden coexistir, en un mismo frente amplio, partidos que han defendido la independencia de Catalunya o Euskadi con fuerzas estatales. Yo creo que sí, y que además es necesario. Estamos en un momento en que las reglas implícitas del sistema se han roto: Trump ha llegado a la presidencia de EE.UU., Meloni gobierna Italia. Seguir con las mismas reglas es la fórmula más segura de morir con ellas. Además, el papel que han jugado los partidos soberanistas de izquierda en la política española estos años creo que ha sido valorado positivamente por el conjunto de las izquierdas del Estado. Oskar Matute me dijo hace poco, en unas jornadas en Girona, algo que me quedó grabado: 'Estamos en una situación en la que haremos cosas que jamás habríamos pensado hacer'.

La única respuesta que queda si rechazas el frente amplio es quedarte en tu espacio, ir a unas elecciones muy complicadas y, en el mejor de los casos, volver a apoyar al PSOE

¿Por qué cree que las cúpulas de prácticamente todos los partidos han intentado cerrar este debate?

Porque es un debate que avanza por decantamiento: ¿cuál es la alternativa? La única respuesta que queda si rechazas el frente amplio, o de izquierdas o como quieras llamarlo, es quedarte en tu espacio, ir a unas elecciones muy complicadas y, en el mejor de los casos, volver a apoyar al PSOE, que volverá a distribuir el juego a su manera. En realidad lo más probable, en el actual contexto y si nada se mueve, es que ganen PP y Vox. Por eso las cúpulas no tienen una propuesta alternativa clara. Cuando les preguntas qué programa transformador proponen si no es este, no hay respuesta.

En la historia de los Comuns y Esquerra hay muchos más desencuentros que idilios. Nunca se han entendido a nivel local, tampoco hubo sintonía cuando ERC obtuvo la Generalitat… ¿Por qué dos izquierdas tan próximas no han acabado de encajar?

Porque durante muchos años la política se ordenó en torno a dos ejes que lo dificultaban todo, el eje izquierda-derecha estatal y el eje del procés en Catalunya. Eso lo hacía todo muy difícil. Ahora, en el postprocés, todo el mundo está digiriendo lentamente la nueva situación. Y parece que la estrategia de los partidos independentistas también es negociar e intentar mover al PSOE. ¿Hemos pasado de proclamar la República [catalana] a eso? Lo digo con todo el respeto, pero es una evidencia. Y si estamos aquí, no veo por qué no puede haber un programa de transformación ambicioso común y, a partir de aquí, cada uno después de que siga su camino.

Usted ya había dejado la política cuando ocurrió la fractura entre Podemos y Sumar. ¿Cómo la vivió? ¿Cómo se la explica?

Recuerda que en las últimas generales fueron juntos, aunque se supone que ya habían roto. El problema de fondo es que divergen dos estrategias de posición: unos dentro del Gobierno, otros fuera. La fuerza que ha apostado por estar dentro ha conseguido cosas, no lo niego, pero no ha conseguido hacer avanzar sus posiciones y a veces se nota mucho. La que está fuera dice que hay que construir desde fuera, pero le faltan actores y energía.

Para mí, ante lo que puede venir, lo que importa es construir un espacio amplio que permita activar algo que no sea solo político. También nos falta un mundo de la cultura que pueda generar un relato sobre quiénes somos como pueblo y cómo queremos proyectarnos. Hay que activar al pueblo de izquierdas y nos hacen falta los movimientos sociales como protagonistas, no como comparsa.

Está sobre la mesa también la cuestión de la piel: las relaciones entre líderes. Por un lado Yolanda Díaz, que ya se ha descartado para el futuro de la izquierda, por el otro Irene Montero, a la que Podemos sigue colocando como indispensable. ¿Es posible dejar las peleas de lado?

Tienes razón en que la cuestión personal es un elemento importante. Pero sería muy bestia. Es decir, si la perspectiva es la llegada de la extrema derecha al Gobierno, que las cuestiones personales o de piel sean lo que impida la unión me parecería políticamente inexplicable. Y ojo, es seguramente explicable en términos de análisis histórico, la historia está llena de cosas así. Pero políticamente, visto desde el presente, no tiene sentido que las peleas o las cuestiones personales sean una excusa para no unirse ante lo que viene.

En 2018 se fue diciendo que estaba agotado de la política. Seis años después, ¿qué pasó? ¿Por qué se agotó tanto?

Me convertí en una figura atravesada por múltiples consensos: Comuns-Podemos, Catalunya-España, distintas sensibilidades internas. Y esos consensos se cargaban sobre la persona, sobre mí, y no sobre el proceso de llegar a acuerdos. Eso tiene un peso personal enorme. Además, era a la vez portavoz del grupo parlamentario en Madrid, coordinador general de los Comuns y secretario general de Podem, algo bastante surrealista para alguien que venía de los movimientos asamblearios y que estaba en contra del personalismo en política.

Llegó un momento en que dejé de tener en cuenta lo que yo pensaba y operaba solo en función de cómo integrar diferentes posiciones para encontrar una postura de consenso que ya no sabía si era la mía. Eso no lo vivía bien. Yo no venía del consenso, venía del conflicto intelectual y político. Cuando públicamente se me describía como 'una persona de consenso', eso ya era la señal de que algo no encajaba.

Somos una generación, la del 15-M, la del procés, que llevamos más de diez años siendo más o menos las mismas caras […] Sería bueno y necesario que este proceso produjera también nuevos liderazgos.

En un momento tan excepcional, ¿Xavi Domènech se descarta para aparecer en esa lista de confluencia?

Yo, personalmente, no participaré. Para mí tiene mucho sentido esta lucha y ayudo con lo que haga falta, pero en lo personal, no volvería a la política.

Hablaba antes de figuras de consenso, ¿existen hoy personas capaces de articular ese frente amplio?

Espero que sí. Y añado algo importante: somos una generación, la del 15-M, la del procés, que llevamos más de diez años siendo más o menos las mismas caras. Las militancias más jóvenes se están moviendo en torno a temas como la vivienda y las libertades, y están apareciendo en espacios nuevos. Sería bueno y necesario que este proceso produjera también nuevos liderazgos. No digo “que se vayan todos”, la experiencia política tiene valor y no es eso. Pero ya tocaría que aparecieran caras nuevas. Yo llegué al Congreso con 40 años y ya era 'el mayor' del grupo parlamentario. Ahora tengo 51.

¿Hasta qué punto están organizados quienes impulsan este frente amplio?

No hay una gran organización. Hay simpatía mutua, afinidades, estima. Y a veces eso es más importante que la organización. Hay referentes claros para mí, como Joan Tardà u Oskar Matute.

Lo que sí parece es que hay una construcción que se está haciendo más desde arriba que desde abajo: actos entre figuras políticas, en distintas ciudades. ¿Y por abajo?

Para que esto funcione de verdad hace falta construcción por abajo, seguro. Desde los movimientos sociales y el mundo de la cultura. El debate del 9 de abril me parece importante precisamente porque abre ese espacio. Pero tiene que ser multipolar, con diferentes formas y espacios, no solo político.

La realidad de clase siempre ha sido diversa, y el conflicto de clases ha funcionado para las clases populares cuando ha conseguido integrar esa diversidad

En el acto de Rufián con Emilio Delgado hubo una cierta impugnación de las izquierdas: se habló del velo, de la inseguridad en las calles... ¿La izquierda debe debatir en el terreno de la derecha?

Creo que a veces asumimos demasiado las críticas que la derecha hace a la izquierda, y eso es un error. El ejemplo más claro es lo que está pasando en el Partido Demócrata tras la derrota frente a Trump: la explicación que se instala internamente es que perdieron por defender a los trans y a los migrantes. Es decir, adoptan el relato de la derecha sobre su propia derrota. Yo creo que va exactamente por el lado contrario. Lo que demuestra el movimiento de Sanders y Ocasio-Cortez, que son capaces de hacer mítines de 30.000 personas en estados trumpistas en plena depresión política, es que un discurso radicalmente de clase que integra la diversidad en lugar de negarla no solo es posible sino que es electoralmente ganador.

El problema no es que luchemos por los derechos de las personas diversas; el problema es que hemos perdido el sentido de unidad básica. Y cuando eso se recupera, funciona: el nuevo alcalde de Nueva York, joven y musulmán; la alcaldesa de Seattle; el alcalde de Chicago haciendo mítines contra la ICE más radicales que los de la CUP. No se trata de volver a la cosa antigua. Se trata de hacer la fusión de la realidad: la realidad de clase siempre ha sido diversa, y el conflicto de clases ha funcionado para las clases populares cuando ha conseguido integrar esa diversidad, no cuando la ha negado.

¿Cuál es el diagnóstico que hace de por qué parece que la derecha y la extrema derecha están a punto de ganar?

Primero, habría que cuestionar el diagnóstico. La extrema derecha sigue siendo fundamentalmente un fenómeno de renta: en Barcelona se decía que Vox había sacado sus mejores resultados en Torre Baró, pero si mirabas los datos resultaba que allí casi nadie había votado. Los votos reales estaban en Sarrià-Sant Gervasi. Lo mismo con el tópico de los jóvenes fachas: en las elecciones francesas todo el mundo lo daba por descontado, y los jóvenes votaron masivamente al Frente Popular. En Alemania votaron mayoritariamente a Die Linke. En Italia fueron los jóvenes quienes tumbaron el referéndum que apoyaba Meloni. Los jóvenes se usan para justificar nuestra propia responsabilidad.

Pero es innegable que la izquierda está en un momento complicado, al menos a la defensiva, ¿no?

Hay un fracaso real: no de la izquierda transformadora, sino del ámbito progresista, que sigue aplicando recetas que no afrontan los grandes problemas. Si no afrontas los grandes problemas, primero se produce abstención, que es el factor que explica principalmente las derrotas institucionales, y después, ante la ausencia de respuestas, aparecen afirmaciones de identidad muy fuertes que en muchos casos acaban siendo conservadoras y reaccionarias. Las agendas mediáticas también influyen, aunque no lo explican todo. Yo no soy de los que piensan que todo es guerra cultural, aunque tenga mucha importancia.

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