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Sobre este blog

Ciencia Crítica pretende ser una plataforma para revisar y analizar la Ciencia, su propio funcionamiento, las circunstancias que la hacen posible, la interfaz con la sociedad y los temas históricos o actuales que le plantean desafíos. Escribimos aquí Fernando Valladares, Raquel Pérez Gómez, Joaquín Hortal, Adrián Escudero, Miguel Ángel Rodríguez-Gironés, Luis Santamaría, Silvia Pérez Espona, Ana Campos y Astrid Wagner.

El futuro será feminista y ecologista o no será

Manifestación Albacete 8M 2022

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DIONISIO: y sucederá. Es una necedad pensar que la última gran guerra ha sido precisamente la última gran guerra. Vendrá otra, y será el fin. Han puesto la riqueza mundial al servicio de los armamentos; linda tarea que cuesta un millón de dólares ¡por minuto! ¿Imaginas lo que se podría hacer con ese dinero? Pleno empleo en el mundo entero, educación, ocio suficiente, creatividad, bienestar para todos…

Y no queremos. Somos una especie sin porvenir. Lo notas en cualquier detalle: hasta en el imbécil que toca la bocina lleno de una petulancia insultante porque el coche que va delante ha tenido que parar unos segundos.

Buero Vallejo

Acto I, Caimán (1981)

Estamos inmersos en una crisis climática y ambiental sin precedentes en la historia de la humanidad, que incluye la sexta extinción planetaria de especies. Esta vez no ha sido la explosión de un supervolcán, ni tampoco un meteorito como el que aniquiló a los grandes dinosaurios, sino la actividad irresponsable de la especie que se ha coronado a sí misma como “rey de la creación”. Que nuestras capacidades cognitivas son superiores a las del resto de los animales es algo que parece demostrado, pero si nos mostramos incapaces de actuar de forma inteligente, con un mínimo de unidad, utilizando todo el conocimiento y tecnología acumulados para parar y reparar el desaguisado medioambiental en el que nos hemos metido, de poco nos habrá servido ser tan “superiores”. 

Tanto desde una perspectiva biológica como en términos socioculturales podemos distinguir entre dos polos humanos, dos facetas diferenciadas cada una con sus propias características, que se balancean y complementan. El polo masculino es competitivo, ambicioso, necesita plantearse retos y atesorar triunfos; probarse a sí mismo su fortaleza y su poder, lo que a menudo hace por comparación con los otros hombres. Al otro extremo, encontramos el polo femenino, más discreto y empático, más inclinado a la cooperación y al cuidado, a trabajar en equipo y poner el foco en el más débil. Tratando de simplificar - y sin querer entrar en debates estériles, porque no es el asunto de este artículo - podemos asumir que en la mayoría de los hombres predomina lo “masculino” mientras que en la mayoría de las mujeres lo hace lo “femenino”, pudiendo ser el cuidado de la familia la clave en esta distribución de características, aunque ambas facetas están presentes en todas las personas. Es más que evidente que una sociedad sana necesita desarrollar una cultura y una relación con el resto de diversidad del planeta en la que ambas facetas se encuentren equilibradas. Por desgracia, esto está muy lejos de la realidad. Nuestra sociedad está absolutamente dominada por las características del polo masculino, y no va a dejar de estarlo porque el porcentaje de mujeres en puestos de responsabilidad aumente si, para desenvolverse con solvencia en ambientes donde lo femenino es símbolo de debilidad, se sigue forzando a las mujeres a desarrollar la faceta masculina. ¡Y está bastante claro que no hay nada más lejos de la realidad que esa asociación entre lo femenino y la debilidad! Durante la pandemia, particularmente durante aquellos primeros meses repletos de incertidumbre, de miedo y de muerte, hemos visto la enorme fortaleza del polo femenino. Todo el sector sanitario, médicas, enfermeras, celadoras, personal auxiliar, servicios de limpieza, y en tantos otros oficios… las mujeres han mostrado con rotundidad la enorme fortaleza y valentía de lo femenino, aunque los hombres también desarrollaran esas labores. Y lo han hecho no porque las mujeres sean mayoría en esos sectores, sino por la forma en la que ellas y ellos se han enfrentado al virus; volcándose de manera heroica para ayudar a los enfermos y a los vulnerables, para cuidar y proteger, poniendo sus propias vidas en riesgo desde el trabajo en equipo y el anonimato. Sin buscar focos ni medallas. Desde la empatía y la sensibilidad. Desde la valentía de lo femenino. 

Cuando aún no nos hemos recuperado de una pandemia que no puede darse por finalizada, la visión hipermasculinizada del mundo nos lleva al borde de la tercera guerra mundial, entre dos grandes potencias que presumen de tener cada una más de 2.000 cabezas nucleares dispuestas para usarse. Ante la mirada vigilante de la OTAN, Rusia ha decidido que es un momento idóneo para iniciar un conflicto bélico en Ucrania, un crimen contra la humanidad perpetrado a sangre fría; las víctimas mortales ya se cuentan por miles, y los desplazados por millones. Pese a encontrarnos frente a una alarma ecológica de un calibre incalculable, cuando aún no nos hemos recuperado de una pandemia que nos ha golpeado sin piedad, en lugar de sacar nuestra parte más comunal, más sociable, más humana, más cooperativa y constructiva, en fin, más femenina, para resolver los problemas entre todos, las grandes potencias actúan como si no hubieran aprendido nada en el último siglo: siguen con sus juegos de guerra, disputándose el oro y el gas para aumentar aún más las ya exorbitantes fortunas de sus magnates. Quizá esta crisis pueda ser útil para distraer de otros asuntos, como la escalada sátrapa de Putin en Rusia. Pero sobre todo será la excusa perfecta para no realizar cambios contundentes que permitan frenar el avance del desastre ambiental que tenemos en ciernes.

A los grandes líderes mundiales se les está yendo el mundo de las manos. No les importa la emergencia climática, ni el bienestar de los ciudadanos. Cuando los grandes emporios miden sus fuerzas, las vidas humanas y todo lo que recuerde a lo femenino, a los cuidados de la infancia o la vejez, pasa a un plano invisible. Se trata de competir por recursos de alto valor económico, por posiciones geoestratégicas, por un puesto preferencial en el pódium del nuevo mundo multipolar. Y cuando se trata de competir, el macho de nuestra especie se hace dominante y puede volverse completamente ciego, con el apoyo cómplice de la cultura hipermasculinizada del heteropatriarcado. Lo que vemos en los despachos donde se planean las batallas son fundamentalmente hombres, afrontando las realidades en términos de datos, sistemas y cifras, desnudados de toda humanidad. Cuando la empatía es empujada fuera de la escena por el ego masculino, la psicopatía afectiva se abre paso y el polo femenino desaparece casi por completo. Y los que padecen sus decisiones son civiles: ancianos, mujeres, enfermos, niños, que sufren los horrores de la guerra, el hambre, la muerte, la tortura y la violación, como hemos visto una y otra vez a lo largo del curso de la historia. 

¿Realmente somos una especie sin porvenir, como se temía Dionisio en el Caimán de Buero Vallejo? Esperemos que no. Sería un auténtico fracaso, especialmente si tenemos en cuenta que la solución es mucho más fácil de lo que podría parecer; tan sencillo como reequilibrar nuestra sociedad, aumentando la presencia de lo asociado al polo femenino en detrimento de lo asociado al polo masculino, hasta que exista un verdadero balance que cure a esta sociedad enferma.  Bien estaría hacer una profunda revisión cultural que nos conduzca a una auténtica revolución, a este cambio de paradigma que reivindican la ética del cuidado y el ecofeminismo, que proclama que tanto la opresión de la mujer como la destrucción del medio ambiente son consecuencia del patriarcado. El heteropatriarcado, amparado por tantos hombres que permanecen impertérritos frente a tal injusticia social, tiene que empezar a trabajar en la autocrítica, porque las mujeres llevamos décadas revisándonos, aprendiendo y adaptándonos con mucha dificultad al mundo de hombres, a la forma laboral de los hombres, a la agresividad masculina. Y no está funcionando. Estas actitudes - el enfrentamiento, la agresión, la violencia, la jerarquía, la competitividad - se oponen no solo a los ambientes en los que las mujeres nos sentimos cómodas, sino a lo que todos necesitamos para que el mundo sane sus heridas antes de que sea demasiado tarde. Las mujeres estamos cansadas de que el hombre haga el mundo a su manera, entre otras buenas razones porque lo está conduciendo al desastre. Ha llegado el momento de que lo masculino dé paso a lo femenino, de que el hombre dé un paso al lado (que no atrás), y adquiera una visión femenina para el mundo y para su propia vida; una faceta que también le es natural, pero que su ego masculino, hipertrofiado, tiene amordazada. Necesitamos una profunda revalorización de lo femenino en toda la sociedad. Esperemos que cada vez más hombres comprendan y asuman que las cualidades tradicionalmente femeninas son indispensables para afrontar los grandes retos para la humanidad, los ya presentes y los venideros. Y que esas cualidades, si les permiten desarrollarse y expresarse, pueden formar parte de una versión más sana y completa de su propia personalidad. El cuidado es un deber, señala Victoria Camps, del que tenemos que responsabilizarnos individual y colectivamente, mujeres y hombres. Como indica Carol Gilligan en La Ética del Cuidado: “En un contexto patriarcal, el cuidado es una ética femenina; en un contexto democrático, el cuidado es una ética humana.”    

Si fuéramos una humanidad consciente y responsable, no estaríamos invirtiendo nuestros recursos en guerras, sino reorganizando nuestros hábitos de consumo, construyendo instalaciones de energía renovable y sistemas de supervivencia sostenible, limpiando los océanos de porquería y tantas otras cosas que tenemos pendientes en la tarea de cuidar de nuestro planeta y revertir el destrozo ambiental y las injusticias sociales de los que somos responsables. Asistimos a la agonía, el ocaso, de un sistema patriarcal que ha construido sin respeto por la vida, que ha invertido enormes energías en tecnología para la destrucción, en inteligencia para mantener el poder a toda costa. Para salvar el planeta, no nos bastará sólo con aplicar la ciencia, el conocimiento y la tecnología. Hace falta un cambio tajante de actitud. 

Hoy 8 de Marzo, día de la mujer, hay que volver a reivindicar que falta espíritu femenino en el mundo. Es el tiempo de las mujeres, y nosotras decimos rotundamente NO a la guerra. A cualquier guerra. El futuro tiene que ser feminista, o no será. Ha llegado el momento de la empatía, de cuidar, de conservar, de cooperar. Hay que aislar al chimpancé agresivo que algunos llevan dentro. El día en que una frase como “eres muy sensible” sea entendida por el conjunto de los hombres como un halago, y no como una ofensa a su hombría, podremos empezar a pensar que realmente las cosas están empezando a moverse en la buena dirección.

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