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El 20 aniversario de la muerte de Antonio Saura pasa casi de puntillas

La crítica situación de la Fundación que lleva su nombre y la mala relación con su hija, detrás de este ‘olvido’

"El almacén del Reina Sofía está lleno de Sauras que se podrían exhibir en Cuenca”, señala Santiago Catalá, presidente en funciones de la Fundación Antonio Saura y coleccionista

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Inauguración de la exposición 'La muerte y la nada'

Inauguración de la exposición 'La muerte y la nada'

Da la impresión de que ha pasado muy desapercibido, sin actos de homenaje ni artículos de recuerdo en los medios de comunicación, de Cuenca y nacionales, el hecho de que el pasado 22 de julio se cumpliera el veinte aniversario del fallecimiento, en Cuenca a los 67 años de edad, del que está considerado uno de los grandes artistas del último siglo: Antonio Saura, autor de obras tan conocidas como ‘Brigitte Bardot’ (1959) o ‘Cocktail Party’, (1960), ambas en exposición en el Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca, ‘Constelación’ (1949), perteneciente al Museo Reina Sofía, o ‘Cucifixión’ (1953-63), en el Museo Guggenheim de Bilbao.

La muerte, el sexo o la violencia protagonizaron muchas de las obras de este autor autodidacta del que los expertos destacan sus “frenéticos garabatos”, el uso, en ocasiones exclusivo, de blancos, negros y grises, su intuición y esos “monstruos y turbulencias interiores” mostradas a través de un expresionismo abstracto cercano al surrealismo que partía de lo figurativo para deformar la realidad.

La única muestra que celebra el legado de Saura en el 20 aniversario de su muerte es la exposición de ‘La muerte y la nada’ en una sala del Museo de Cuenca de Princesa Zaida, inaugurada el pasado 21 de junio y que la Junta tiene previsto exhibir de forma permanente. Veintisiete dibujos originales realizados entre 1987 y 1989 que inspiraron unos poemas al poeta suizo Jacques Chessex que desde 1999 son propiedad de la Junta y antaño se expusieron en la Casa Zavala.

“Hemos devuelto a la ciudadanía una obra que se adquirió para que se pudiera disfrutar aquí, aunque por diversos avatares en los últimos años no ha estado expuesta”, apuntó, el día de su inauguración, el viceconsejero de Cultura, Jesús Carrascosa.

Porque hay que recordar que Saura, nacido en Huesca en 1930 (el próximo septiembre cumpliría 88 años de edad) estuvo muy vinculado a Cuenca durante toda su vida: de niño venía con sus padres y hermanos a veranear, y, superada la veintena, a partir de los años cincuenta y hasta su muerte, vivió largas temporadas en Cuenca (ciudad que compaginó sobre todo con París), en una vivienda de la calle San Pedro.

Obras de Saura como ‘Brigitte Bardot’ y ‘Cocktail Party’ pueden verse en el Museo de Arte Abstracto, mientras que la FAP exhibe obra gráfica del autor

Reconocimientos en vida no le faltaron al que junto a Luis Feito, Rafael Canogar o Manuel Millares fuera fundador, en 1957, del grupo El Paso. Por ejemplo, en 1982 obtuvo la Medalla de Oro a las Bellas Artes, en 1994 el Premio Aragón a las Artes, en 1995 el Gran Premio de la Ciudad de París y en 1997, además de ser nombrado doctor honoris causa por la Universidad de Castilla-La Mancha, dio nombre al edificio de la Facultad de Bellas Artes.

El museo que no fue

Lo que con su muerte quedó cerca de hacerse realidad, pero inconcluso, fue un museo con su nombre, esa Fundación Antonio Saura con sede en la Casa Zavala que, de haber fructificado, hubiera ligado a perpetuidad el apellido Saura a Cuenca pero que casi desde el principio se encontró con la oposición de su hija, Marina Saura, propietaria además de los derechos de autor de la obra de su progenitor y que siempre negó que la puesta en marcha del museo fuera voluntad de su padre según unas “instrucciones post mortem” a las que los tribunales no obstante no dieron validez en diciembre de 2005 al estar escritas a máquina y haber “serias dudas sobre su autenticidad”.

Ni siquiera el hecho de que la Fundación Antonio Saura pudiera funcionar legalmente con el nombre de Saura la hizo remontar el vuelo por esa oposición de su hija a ceder obra de su padre para que se expusiera en Cuenca y no poder la Fundación reproducir textos ni imágenes de la obra de Saura sin pagar derechos de autor. En 2006 Marina creó además, en Ginebra, la Fundación Archivos Antonio Saura, donde están custodiados todos los archivos del pintor.

Pese a todo, la Fundación disponía de en torno a un centenar de obras de Saura cedidas por instituciones como la Junta y la Diputación y por particulares como los hermanos Saura, Emilio Catalá o Hans Meinke, entre ellas la citada colección ‘La muerte y la nada’, dos ‘Autos de fe’ de su etapa surrealista donados por sus hermanos, o las serigrafías de la serie ‘Moi’, realizadas a partir de fotografías de su hermano, Carlos Saura. Pero un descenso brusco de su presupuesto como consecuencia de la crisis y de la decisión del Gobierno regional de retirarse del patronato la fue sumiendo en números rojos a partir de 2012 hasta su cierre en octubre de 2015.

Y aunque queda un pequeño espacio en la Casa Zavala reservado para la Fundación, que de momento no se ha extinguido, el fallecimiento en 2016 de la hermana de Saura, María Ángeles, y la avanzada edad de su hermano, el cineasta Carlos Saura, no invitan al optimismo, de modo que este museo ha modificado su temática y, de centrarse en la obra de Saura, ha pasado a acoger exposiciones de autores como el valenciano Joaquín Sorolla o el ceramista conquense Pedro Mercedes, a quienes a partir de 2019 se añadirán las primeras obras cedidas por el coleccionista cubano-estadounidense Roberto Polo. Un cambio con el que Cuenca gana en variedad pero, a su vez, reduce la visibilidad de uno de sus más grandes artistas.

¿Un referente olvidado?

El mundo artístico valora la trayectoria pictórica de Antonio Saura pero lamenta que su figura esté un tanto “olvidada”, al menos dentro de lo que es la capital conquense pese a exhibirse obra suya en el Museo de Arte Abstracto Español, la Fundación Antonio Pérez, la galería Pilares y el Museo de Cuenca de Princesa Zaida.

Santiago Catalá, presidente en funciones de la Fundación Antonio Saura y coleccionista al frente de la galería Pilares, considera que Cuenca, en líneas generales, siempre ha dado “la espalda” a “buena parte de su patrimonio”, tanto los ciudadanos como sus representantes políticos, “que tienen otras preocupaciones y han propiciado que los grandes artistas que han pasado por aquí, de Saura a Zóbel pasando por Bonifacio, Chirino o Canogar, estén olvidados”. Y se corre el riesgo, advierte, de que el apellido Saura deje de estar vinculado a la ciudad donde está enterrado.

Carlos Codes, pintor y gestor cultural del ciclo Días de Arte Conquense, también advierte de ese “olvido” muy a pesar de lo que “tanto Antonio como su hermano Carlos a través de la fotografía y el cine han hecho por Cuenca”. Y aunque reconoce que es un asunto “complejo” dado el conflicto con los herederos de su obra, que cierra muchas puertas a la posibilidad de exponer obra original de Saura, considera que algo más podría hacerse.

Catalá subraya de hecho que las malas relaciones con la hija no tienen por qué impedir la presencia de la obra de Saura en Cuenca. “Las obras no son propiedad ni de la hija ni de la abuela ni del vecino, sino de Saura y de la humanidad: no se le pueden poner candados”. Y hace hincapié en que el Reina Sofía de Madrid está repleto de Sauras pero “en los almacenes, que no los disfruta nadie. Algo tristísimo”. De ahí que entienda que si hubiera interés se pudiera negociar su exhibición en Cuenca, una ciudad que lo que necesita, a su entender, son proyectos culturales “de larga duración, indefinidos. Lo que no tiene sentido es hacer cosas y desmontarlas o quitarles las ayudas cuando llega la crisis, como también ha ocurrido con la Feria del Libro o Mujeres en Dirección”.

En el caso de la FAS, culpa de su situación no solo a la gestión del que fuera su director, Miguel López, “que ocultó gastos y lo que le interesaba ocultarnos” hasta llevarla a “la quiebra económica”, sino, también, a la Junta de Comunidades, “que retiró de golpe la subvención”.

El historiador y cronista oficial de Cuenca Miguel Romero también es de la opinión de que “Cuenca, en general, nunca ha admitido y valorado la abstracción en su justa medida”, pero tiene claro que Saura “le dio un giro al arte mundial y quien entiende de arte abstracto siempre lo va a tener como referente”. De ahí que lamente que la FAS se fuera “al traste. Se pierde un escalón importante en ese avance y desarrollo para Cuenca que no termina de llegar”.

El pintor Emilio Morales se une a estas voces al entender que Cuenca “se merece que su obra, o parte de su obra, esté aquí, porque en los años sesenta la ciudad fue el eje principal del movimiento cultural abstracto”.

Saura artista

De su obra, Romero destaca esos blancos y negros “que tanto le definen”, y la lucha entre “el arte clásico y las vanguardias en un momento en el que estas intentan abrirse paso”. A ello añade su proximidad “al deseo de lucha contra la situación política, un ansia de la libertad del ser humano que a mí en aquellos momentos, en los que estaba metido en los movimientos libertarios, me impactó”.

Carlos Codes hace hincapié en su “expresionismo bárbaro” y en su gestualidad como pintor e ilustrador, en este último apartado con títulos como la adaptación de Pinocho de Nöstlinger o la de Tagebücher de Kafka. “Es uno de mis pintores preferidos, muy influido por los americanos de la época”, mientras que Morales lo considera “el pintor más expresivo y simbolista dentro de la abstracción, supersignificativo para el panorama español y mundial”. Y recuerda algún consejo que le dio: “Yo pintaba paisajes y él me dijo: cuando no sepas que poner, mete negro”.

Para Catalá, Saura fue “un coloso, un hombre fabuloso, un intelectual extraordinario, un pensador, un ensayista, un escritor fuera de serie. Un pintor con elegancia, fuerza, estética, que marcó época, que ha pasado a los libros de historia por derecho propio y que ya no va a salir de esos libros de historia por muchos años que pasen”.

Como persona, coinciden en que era serio y de pocas palabras, “como su pintura”, concreta Morales. Y en que no era fácil acercarse a él.“Entre nuestra timidez y su presencia, que era majestuosa, su forma de andar… Lo veía como a un personaje muy superior y, como me pasó con Zóbel, nunca me atreví a hablar con él”, confiesa Codes.

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