Y después de Podemos ¿qué?

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“Tanta expectación con las vascas y las gallegas y al final va y volverán a gobernar los mismos”. Este fue uno de los mensajes que recibí por whatsapp la noche del domingo, cuando los porcentajes de escrutinio ya rozaban el 80 por ciento. Y la verdad es que tenía razón el amigo que me lo envió. Al menos en parte, pues en estas elecciones (como en muchas otras) las lecturas que pueden extraerse van mucho más allá de quién queda en primer lugar o quién acabará gobernando. Por lo que respecta al espectro izquierdo del tablero, las elecciones vascas y gallegas vienen a confirmar la tendencia de Podemos a ocupar el espacio tradicional de IU (que en el caso gallego se encuentra en el extraparlamentarismo) y un empujón fuerte de EH-Bildu y BNG que los sitúa en unos resultados históricos. 

La debacle de Podemos tiene, en mi opinión, una lectura clara, Podemos ha fracasado como proyecto (pluri)nacional. Hubo un momento en aquella repetición electoral de 2015-2016, en que las confluencias podemistas consiguieron ser primera fuerza en Euskadi: Unidos Podemos/Elkarrekin Ahal Dugu 336.000, 29,28% (Generales 2016); y segunda fuerza en Galicia: En Marea: 411.000, 25,28% (Generales 2015). Y no solo en estos territorios, también en Catalunya, País Valencià, Andalucía y, básicamente, en toda la periferia del Estado, donde los resultados fueron substancialmente mejores que en la meseta. Algunos hoy se preguntan: ¿cómo es posible lo que pasó el domingo? Pero la pregunta correcta es: ¿Cómo fue posible lo que pasó hace 5 años? Y es que hace 5 años se produjo el milagro, se articuló (deprisa y mal, eso sí) un espacio político que apeló a esa gente que quiere cambios profundos en lo social y lo económico en un sentido progresista y se encuentra en ese enorme espacio nacionalmente huérfano que hay entre la idea de España de la derecha y el quererse independizar de España sí o sí, como sea y ya.

Es decir, se apeló a una mayoría social que existe, sobre todo, en las periferias. Y así fue como se produjo la cuadratura del círculo de Podemos: se dinamitó la paradoja de España y las izquierdas. 

Déjenme que les explique en qué consiste esta paradoja, seré rápido: En España existe una izquierda española y varias izquierdas periféricas, a la primera le gustaría ofrecer una idea diferente de España (una idea desde la izquierda), pero no sabe cómo hacerlo; las segundas saben y pueden ofrecer una idea diferente de España, pero no quieren hacerlo. 

Esto, por un instante, dejó de ser del todo cierto, al menos la gente, LA GENTE, sí, esa gente progresista que no es ni facha ni indepe, por decirlo en plata, así lo percibió y como consecuencia las izquierdas se dispararon a porcentajes cercanos al 30% por todas partes, creciendo como champiñones. 

Después de esto, la plataforma morada heredera de Izquierda Unida volvió a hacer lo que sus dirigentes sabían hacer: ser Izquierda Unida. Con el logo en morado, eso sí, pero con la misma cultura política devora-personas y machaca-ilusiones de siempre, con una visión de la pluralidad del Estado basada en la Sexta conectando con la reportera de la playa de Gandia con un bona vesprada para que nos cuente cómo se bañan los madrileños. El concepto “plurinacional” es a Podemos lo que el concepto “republicano” es al PSOE, un concepto sonajero, que agitan de vez en cuando para llamar la atención de alguien y decir: “ey, estoy aquí, eh? No me he ido”. 

Las izquierdas territoriales, por su parte, volvieron a hacer lo que suelen: señalar a Podemos y decir a su electorado: “¿lo veis? ¿veis cómo España no tiene solución? Nosotros a nuestros concellos, nuestras collas festeras  y nuestro municipalismo, a quejarnos de lo mal que nos trata España, que es lo que da fruto”. 

La cuestión es que, a pesar de lo que digan Griso y Ana Rosa, Ferreras y Herrera, Alsina y Barceló… el verdadero problema territorial de España no es Catalunya, es el centralismo. Y esa verdad es cada vez más evidente, más hiriente, más asfixiante, incluso para los concejales y diputados autonómicos de Podemos. Cada nueva sentencia del Constitucional amputando leyes autonómicas es como un hachazo de realidad que limita no solo nuestra capacidad de autogobierno sino nuestro sistema del bienestar y nuestra democracia. La realidad es que existen fuerzas muy poderosas en España que están intentando concentrar todo el poder político en unas pocas manos en un centro hipertrofiado y que por tanto la lucha social (izquierda-derecha), la lucha económica (abajo-arriba)… es también la lucha para que no se lleven a 300 km el poco poder de decisión que aún nos queda sobre nuestras propias vidas (aquí-allí)

En mi opinión, después de Podemos, ahora la pelota está en el tejado de las izquierdas periféricas. Éstas han hecho una lectura más acertada de lo que está pasando, pues a diferencia de lo que ocurre en Podemos, en sus análisis incluyen la variable nacional y territorial y saben que juega un papel determinante. La reorientación del discurso tanto del BNG como de EH-Bildu es patente, la cuestión de la soberanía (¿Quién decide? ¿Dónde se decide?) conectada a lo social y a lo económico. Sería bueno que las izquierdas periféricas salieran de su zona de confort y que se propusieran articular de nuevo el espacio nacional huérfano de la izquierda, tomando el protagonismo ahora ellas en la ruptura de la paradoja, donde antes Podemos no lo consiguió. Para ello hace falta mucha voluntad, mucha coordinación y una fuerza madrileña/castellana que haga de hermana y no de madrastra.  Si algo nos enseñó Catalunya recientemente es que no habrá democracia para los pueblos (ni posiblemente pueblos) sin una ruptura con el Régimen del 78 que propicie una España diferente y para eso necesitamos todas las manos en todos los territorios. El espacio electoral existe, el momento es propicio, la experiencia acumulada un motivo de esperanza. Me preocupa que, de no ser así, todo vaya languideciendo, haciéndose cada vez más irrespirable, y como dijo mi amigo el domingo: tanta expectación para que nada cambie nunca y sigan siempre los mismos.

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13 de julio de 2020 - 22:44 h

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