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CV Opinión cintillo

El vislumbrante Parque Gulliver y el invisible barrio de Les Tendetes

Figuración 'El Lilliput de Gulliver', a cargo del IVO para el Ayuntamiento de València.
11 de junio de 2026 13:25 h

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Esta semana ha sido muy sonada la noticia de la construcción de un parque del Gulliver en el antiguo cauce del río Túria, entre el Pont de les Arts y el de Glòries Valencianes, con un presupuesto de 1,5 millones de euros y 8,3 metros de altura. El Ajuntament de València ya ha hecho público este nuevo proyecto, que pretende ser un espacio de unión entre los barrios de Les Tendetes, Marxalenes, Botànic y Campanar. A priori, parece tratarse de un proyecto idílico, del que poco se tiene que criticar, más allá de si su temática debería haber sido de nuevo, los viajes de Gulliver, o algún personaje más relacionado con la cultura valenciana.

Pero analicemos el proyecto en profundidad. Esta construcción no está financiada por el Ajuntament de València, sino por la Fundación del Instituto Valenciano de Oncología (IVO). Se trata de una compensación que le otorga el IVO al Ajuntament por la cesión de suelo para la ampliación del centro (una concesión demanial directa por razones de interés público). Es imposible negar la aportación del IVO a la sanidad, también a la pública de la que se le derivan pacientes, y oponerse a la ampliación de este centro. Además, porque la zona verde que desaparece, tal y como informó el propio Ajuntament en su nota de prensa de 4 de mayo de 2026, se reubicará en el barrio de Marxalenes con un parque de casi 2.500 cuadrados. Si bien, se podrían haber discutido aspectos como su distribución, entre los barrios afectados, especialmente, Les Tendetes.

El problema de esta concesión demanial deriva de la compensación que el IVO ha otorgado al Ajuntament de València. En dichas negociaciones, la pelota estaba claramente en la Administración, y era esta quién tenía la posibilidad de elegir en qué se gastaba el IVO ese presupuesto de 1,5 millones de euros. Cuesta creer, que en el ayuntamiento de la tercera ciudad más grande de este país, no exista capital humano suficiente para dar con ideas más eficientes de un gasto que aunque privado, es primordialmente público desde el momento que se ofrece para compensar la cesión de suelo público. Quizás, hubiese sido acertado preguntar a la asociación de vecinos del barrio de Les Tendetes, donde se ubica el IVO (si bien técnicamente es Campanar, su distancia con el barrio de Les Tendetes lo integra de facto en este último), aunque esto es imposible porque se extinguió en 2025 e inactivo desde la pandemia, un símbolo más, de que nuestros barrios mueren y presentan dificultades para recuperarse de las adversidades que afronta la sociedad.

El barrio de Les Tendetes

Analizar en datos el barrio de Les Tendetes es tarea compleja, y ello porque sus datos socioeconómicos aparecen englobados dentro de los del distrito de Campanar. Sin embargo, basta pasear por sus calles para darse cuenta que este barrio nada tiene que ver con las calles de Nou Campanar, como tampoco sus habitantes. Se trata de un barrio humilde, y quizás por esa falta de identidad administrativa propia, olvidado, pues su realidad queda eclipsada por la de otros barrios que conforman el distrito de Campanar.

Hoy en día, el barrio de Les Tendetes, es de todo menos lo que su nombre indica, un barrio de tiendecitas. Actualmente, el barrio está compuesto por una manzana que alberga el centro comercial de Nuevo Centro, junto con un hotel, otro nuevo en construcción, el edificio administrativo de Delegación del Gobierno y el IVO. La siguiente manzana la vuelven a ocupar dos hoteles, la estación de autobuses (en teoría a extinguir), el IVO, un centro de formación profesional privado, y algún que otro establecimiento del sector terciario. Seguido a continuación del parque Gregoria Gea y las oficinas del PROP.

Por lo que se refiere al parque inmobiliario, está compuesto en su mayoría por Viviendas de Protección Oficial, construidas en los años 60-70, muchas de las cuales no cuentan con ascensor, y que están habitadas principalmente, por gente mayor que las adquirió en aquel momento, o por trabajadores de escasos recursos, los cuales no pueden permitirse vivir en un edificio con ascensor.

En cuanto a la vida del barrio, este es un barrio de contrastes. Basta con pasear por sus calles por la mañana, para ver el bullicio de coches y personas que acuden a las distintas Administraciones, al centro comercial, la estación de autobuses o al IVO. De ello se derivan retos para los residentes como el aparcamiento. Si muchos de los edificios no tienen ascensor, ni pensemos en garajes.

No obstante, cuando la tarde acaba, sus calles se llenan de una realidad muy diferente. Las zonas ajardinadas como las de la Calle Ricardo Micó, pasan a ser zonas de acampada para personas sin hogar, en parte por la falta de concurrencia de personas en el barrio. Este, es solo el sinhogarismo que se ve, pero hay otro, invisible a simple vista: el de los más afortunados, los jóvenes que al menos pueden seguir viviendo en casa de sus padres o gastando una gran parte de su salario en una habitación de alquiler.

La problemática

Estos jóvenes del barrio enfrentan otra realidad, la de tener que abandonarlo por el imposible acceso a la vivienda. Pongamos que un piso medianamente decente en la zona, con alguna reforma a realizar y con más de una habitación (pues suponemos que queremos que en el futuro formen familias y sus hijos jueguen en el Gulliver), cuesta 250.000 euros. Si el banco te concede una hipoteca al 80% y a lo que se debe añadir unos 30.000 euros de gastos en impuestos, gastos de notaría y registro etc. quiere decir, que debes contar con 80.000 euros ahorrados. Y todo ello tirando por lo bajo.

Sobran datos para reflejar esta realidad. Solo a modo representativo, según el Consejo de la Juventud de España, la tasa de emancipación de jóvenes en España es de 14,8%, la más baja desde 2006 (tiempos similares a los actuales), el precio del alquiler medio de una vivienda mediana es de 1.072 euros al mes, y el salario medio de los jóvenes es de 1.048,19 euros.

Por otro lado, la ampliación del hospital, se prevé que atraiga a nuevos residentes, trabajadores del propio hospital como de los negocios que se puedan desarrollar a su alrededor, y frente ello no hay nada que objetar, pues es una oportunidad para rejuvenecer y devolver la vida a un barrio que se apaga poco a poco. No obstante, ello conlleva una serie de consecuencias, como el aumento del precio de la vivienda en la zona, si es que hay suficiente, por lo que esos 80.000 euros que necesita un joven ahora mismo, probablemente acaben convirtiéndose en 100.000 o 120.000 euros. Todo ello, en una ciudad que no ha querido declararse zona tensionada.

Paralelamente al problema del acceso a la vivienda de los más jóvenes, aparecen los problemas de los más mayores, no solo la accesibilidad a su propia vivienda, sino la falta de comercios y servicios que cada vez se alejan más a barrios como el de Marxalenes o la Zaïdia, barrios de los que Les Tendetes se ha convertido en un satélite. Como se ha señalado, la asociación de vecinos desapareció, no tiene un colegio público (los más cercanos están en Campanar, El Carmen, Marxalenes y la Zaïdia), tampoco tiene biblioteca pública, la ha de compartir con otros barrios, como Marxalenes, cuyo tamaño es bastante limitado, ni con mercado municipal, siendo el más cercano el de Benicalap.

A todo ello cabe añadir que, con una renta media por persona, según datos del propio Ajuntament de València de 12.959 euros, es complicado abordar obras de mantenimiento de edificios o acondicionamiento para su accesibilidad por parte de sus vecinos. Sobra narrar una vez más la historia que últimamente se repite una y otra vez: edificios que se vuelven inhabitables, fondos que los adquieren y los rehabilitan, y que más tarde los venden a un precio mucho mayor, al que ni sus antiguos inquilinos, ni probablemente sus hijos, puedan acceder. Dicho de otro modo, especulación, gentrificación y turistificación.

Por desgracia, la historia de este barrio es la historia de muchos otros barrios de València y de España, barrios que se apagan y que renacen, no como un lugar más habitable, agradable y al servicio de sus vecinos, sino como un lugar desconocido, ajeno, que deja atrás todo un hilo de historia y de tejido colectivo.

El barrio de Les Tendetes ha tenido una oportunidad para construir infraestructuras que le devuelvan su comunidad. En su lugar, el Ajuntament de València, ha decidido convertir un parque ya existente, en un parque más ostentoso y atractivo visualmente.

La solución

La solución es simple, abandonar el urbanismo de lo visual, de lo elitista, lo rentabilizable, por el de lo pragmático, lo habitable y lo social. Y esta es una decisión política que deben hacer realidad las Administraciones Públicas. Si bien el Ajuntament no financia las obras del Gulliver, es el Ajuntament el que decide en qué se gasta un dinero cuyo fin sí es público, y se ha posicionado.

Entre las numerosas prioridades que se han mencionado a lo largo de este texto, se ha escogido construir un parque emblemático por sus dimensiones y atractivo visual.

Quedan atrás entonces prioridades que la Fundación del IVO, y como su nombre bien indica, fundación, sin ánimo de lucro, podría haber llevado a cabo sin el objetivo de enriquecerse económicamente, sino de aumentar el bienestar del barrio que le ha acogido y hacer un uso real de la Responsabilidad Social Corporativa.

Entre estas se encuentran las de constituirse como agente promotor para realizar obras de accesibilidad en los edificios que lo rodean, el de construcción de vivienda de protección oficial, o incluso de vivienda privada cuyos importes no se inflen por la necesidad de obtener un beneficio, marcando criterios para su acceso como la renta y la edad, para aquellas personas que no cumplen con todos los requisitos para acceder a la vivienda pública, pero cuyos salarios no aspiran a poder adquirir una vivienda o financiar un alquiler, una horquilla en nuestra sociedad, cada vez más amplia.

Se podría haber negociado la construcción de aparcamiento con reserva de plazas para residentes, pero sobre todo, la construcción de infraestructuras que miren hacia el corazón del barrio, como la de bibliotecas y centros culturales, mercado, o incluso financiar en suelo dotacional compartido, un colegio público. Por ejemplo, un espacio donde albergar negocios, no solo el comercio tradicional que albergan los mercados municipales, sino una alternativa para todos aquellos establecimientos que hoy en día se enfrentan a los altos precios del alquiler, entre otras razones, porque los bajos se van convirtiendo poco a poco en viviendas turísticas o franquicias. Por un lado, esta solución hubiese implicado una oportunidad para los habitantes del barrio, para sus opciones de trabajo y crecimiento económico a la vez que se prestan servicios, y por otro lado, el Ajuntament podría haber obtenido un ingreso derivado del canon de las cesiones de este espacio, a reinvertir en seguir manteniendo este u otros barrios, vivos, lo que constituye, a su vez, una forma de distribución de la riqueza.

Dicho de otra forma, centrarse en mejorar los primeros lugares (la vivienda) o terceros lugares inexistentes y que llenen de vida y de comunidad al barrio, frente a la tendencia cada vez más individualista y solitaria de nuestra sociedad, que la Organización Mundial de la Salud identifica como epidemia de la Soledad Urbana.

A principios de año, se anunciaba un proyecto similar en el municipio de Picanya. La Federación Empresarial Metalúrgica Valenciana (Femeval) construiría un centro de formación propio en el municipio de Picanya, y en contraprestación a la cesión del suelo, la Federación construiría un aparcamiento municipal y colaboraría con el Ayuntamiento en la construcción de un tanque antitormentas, entre otras acciones entre las que destacan programas formativos con impacto en el municipio. Este mismo Ayuntamiento, ha actuado como agente promotor para la rehabilitación de edificios y facilitar dotaciones de accesibilidad en edificios privados en deterioro, descargando a sus ocupantes de gran parte de la carga administrativa, pues no solo se trata de ampliar el parque inmobiliario, sino de rehabilitar el que se tiene para hacerlo habitable. Por lo tanto, tampoco hay que alejarse mucho para encontrar casos de prácticas ejemplares de colaboración público-privada en el ámbito urbanístico, sólo era necesario decidir invertir los recursos en hacer un poco de política comparada para lograr el mayor impacto social (positivo).

Otro ejemplo se publicaba la semana pasada en El País Semanal. El artículo “Madrid y los terceros lugares: la lucha de los vecinos por preservar los espacios que son para todos” escrito por Luisa Arditi, en el cual exponía ejemplos de recuperación de los terceros lugares y su importancia para la recuperación de los barrios, como crear nuevos espacios de encuentro entre los que se incluyen peatonalización de calles o los mismos bares “de toda la vida”. En este mismo artículo, se hace referencia al libro de Antes todo esto era ciudad (Debate 2026), de Pedro Bravo, donde se analizan prácticas de recuperación de las ciudades, o más bien prácticas a evitar para acabar convirtiéndose en mero objeto de mercantilización. Una fuente más entre tantos de aprendizaje e ideas útiles, que el Ajuntament ha decidido ignorar.

La idea de un parque que una barrios sería elogiable, si primero se invirtiera en mantener esos barrios. Pero quizá tampoco interese dedicar los recursos a que las personas encuentren espacios de calidad para la conversación, el intercambio de ideas y la organización, que les permitiese defender sus intereses, en definitiva, de gobernanza.

Para finalizar, una última reflexión ¿qué niños jugarán en el parque del Gulliver? Parece ser que los de un barrio abocado al abandono no, quizás lo hagan los visitantes y residentes temporales de un barrio fantasma, descosido de los lazos que un día tejieron su sentimiento de pertenencia, de compañía, y de amabilidad. Si bien este artículo no sirva para replantear este proyecto, ni el ritmo del urbanismo actual, al menos, servirá para dejar constancia en la memoria de que los barrios lucharon por mantenerse vivos.

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