El dragón climático
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El fuego afecta a la Serra d'Espadà y a miles de personas confinadas o desalojadas
Los megaincendios devoran miles de hectáreas, el sentido común de algunos y la credibilidad de otros
Como los míticos dragones, el cambio climático escupe fuego, pero es real. Este verano, las llamas más voraces que puedan existir arrasan miles de hectáreas en l'hexagone y en la península ibérica. Cuando escribo estas líneas, en Francia todavía luchan por controlar el incendio iniciado en Burdeos que ya ha arrasado 42.000 hectáreas y ha obligado a evacuar a 200.000 personas, mientras que en Ávila y Madrid se han levantado los confinamientos que afectaban a decenas de miles de personas. En territorio valenciano, el fuego que se inició en la Vall d'Uixó hace una semana y que ha afectado al parque natural de la Serra d'Espadà permanece activo aunque con la expectativa de controlarlo. Tras haber quemado 9.300 hectáreas, mantiene confinados o desalojados a miles de vecinos de las comarcas del Alto Mijares, el Alto Palancia y la Plana Baixa.
Se trata de megaincendios alimentados por las altas temperaturas, la falta de humedad y el abandono de las tareas rurales como consecuencia de la despoblación. Unos megaincendios que ya desbordan con virulencia lo que denominan los expertos la “interfaz urbano-forestal”, es decir, los límites de contacto de pueblos y urbanizaciones con áreas forestales. Su intensidad, que no para de crecer de año en año en lugares tan distantes como Australia, California o Grecia y que a menudo causa vícimas mortales, como en Los Gallardos (Almería) donde hubo 14 muertos este mismo verano, forma parte del nuevo mundo que se abre paso de la mano inflexible del calentamiento global y da vergüenza que el PP, la derecha española que aspira a gobernar, se acerque a ese negacionismo cutre de los ultras que alegan que siempre ha habido cambios en el clima. Como si el hecho de que vivamos en un periodo interglacial que llamamos Holoceno (la última glaciación fue hace decenas de miles de años y la próxima se espera para dentro de otros miles) pudiera justificar que estemos convirtiendo el planeta en un horno.
“Mientras los incendios forestales golpean Europa, Escocia se esfuerza por salvar un querido parque nacional”, publica The New York Times, que en otra información reflexiona: “El calentamiento del planeta y el abandono de la agricultura han preparado el terreno para los incendios más grandes en el continente”. Supongo que la derecha y la extrema derecha españolas consideran estos enfoques manipulaciones ideológicas. Por si sirve de algo, recomiendo este artículo de José Manuel Vaquero en The Conversation: Próxima glaciación o calentamiento global, ¿en qué quedamos? “Los científicos”, explica, “llevamos décadas diciendo que estamos observando un calentamiento anómalo, no natural. Y hemos encontrado la causa: estamos emitiendo gases de efecto invernadero. Es decir, estamos haciendo un gran experimento con nuestro planeta”.
De la máquina del fango han surgido estos días, aprovechando la catástrofe forestal y humana, otras insidias. Como las que ha denunciado la alcaldesa de La Vall d'Uixó, Tania Baños, que “acusa a la ultraderecha de difundir mentiras para desacreditar las energías renovables tras el incendio de la Serra d'Espadà y advierte de que emprenderá acciones legales contra quienes relacionen sin pruebas el fuego con las placas solares o con el proyecto de una empresa china anunciado por el Ayuntamiento”.
Vemos así cómo las llamas devoran nuestros montes al mismo tiempo que el sentido común de algunos y la credibilidad de otros. Este diario ha publicado estos últimos días tres artículos de opinión sobre los incendios que recomiendo. Tienen enfoques diferentes, pero complementarios, sobre un fenómeno al que hay que prestar la atención necesaria. Me refiero al de Carles Arnal, titulado La culpa dels incendis la té la realitat; al de Julio R. Gómez, Cuando el monte ya arde, y al de Antonio Ariño, que lleva por título De los megaincendios a los incendios globales. Pensar y debatir sobre el asunto con racionalidad es imprescindible.
También lo es poner a cada uno en su sitio. Por ejemplo, deplorando la dejadez de la Generalitat Valenciana, que mantiene desde 2024 sin director el parque natural de la Serra d'Espadà, el segundo espacio natural protegido más extenso de la Comunitat Valenciana, ahora amenazado por el fuego. O haciendo comparaciones. En agosto de 2022, la entonces consellera de Agricultura, Desarrollo Rural, Emergencia Climática y Transición Ecológica, Mireia Mollà, pedía 86 millones para que el Gobierno valenciano del Pacto del Botánico fuera “el primero en invertir más en prevención que en extinción de incendios”. Cuatro años después, el PP y Vox han aprobado reducir un 10% el presupuesto de prevención de incendios en plena ola de fuegos.
Claro que si observamos la actitud del actual presidente de la Generalitat, que se marchó a la final del Mundial de fútbol el fin de semana anterior a que se declarara el brutal incendio de la Vall d'Uixó, tenemos una prueba del nivel de compromiso de su administración. Como explica Sergi Pitarch en un artículo, Juan Francisco Pérez Llorca se fue a la final del Mundial con la mayor parte de la Comunitat Valenciana en riesgo extremo por incendios. Lo mínimo que se puede decir es que se trata de un temerario.
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