Edema óseo, qué debes saber de este dolor difuso y constante

Edema óseo que provoca dolor en la cadera

Los huesos son flexibles y duros gracias en gran parte a que contienen calcio, fósforo y fibras de colágeno. Pero esto no significa que sean indestructibles y que no puedan lesionarse si, por ejemplo, ejercemos mucha presión sobre ellos, como el edema óseo, un problema que puede tardar en resolverse.

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¿Qué es el edema óseo?

A grandes rasgos, los huesos están formados por dos tejidos distintos: el hueso cortical, formado por un material duro y compacto que rodea la capa exterior del esqueleto; y el hueso trabecular, un tejido más esponjoso que forma el material esquelético interno y en el que existe una importante cantidad de vasos sanguíneos.

El edema óseo es un proceso inflamatorio que suele aparecer en este hueso trabecular, o lo que se conoce como la parte esponjosa interna de los huesos. Es como si apareciera un moratón o cardenal dentro del hueso, como cuando nos damos un golpe en la pierna y después aparece el hematoma, pero en lugar de ser en los tejidos blandos es en el hueso.

El principal síntoma, por tanto, es el dolor localizado, difuso y constante, en la estructura ósea: aumenta con la actividad y suele disminuir cuando baja la presión o la carga. Cuando la lesión no se interviene de la forma adecuada, el dolor puede llegar a sentirse incluso en reposo. En ocasiones pueden aparecer cambios térmicos y de coloración en la zona.

Cuáles son las causas de un edema óseo

Un edema óseo suele aparecer por varios motivos. Algunas de las causas son mecánicas, como sobrecargas deportivas o movimientos repetidos como los que se producen al correr. También pueden tener su origen en alguna lesión degenerativa, la presencia de traumatismos, lesiones de cartílago, fracturas, osteoporosis transitoria, etc. 

Lo que ocurre es que se acumula un exceso de líquidos inflamatorios y sangre dentro de un hueso. Los huesos más propensos a sufrir edema óseo son los de la rodilla, el tobillo, el hombro, la muñeca, la tibia, la cadera y el pie.

¿Cómo se diagnostica?

Uno de los problemas de este tipo de lesión es que no es visible en una radiografía tradicional. Es necesaria una resonancia magnética o una gammagrafía ósea para que el médico pueda tener una idea del nivel de líquido que se ha acumulado en el edema.

Mediante esta prueba se generan imágenes de protones, que normalmente están contenidos en moléculas de agua (de ahí el nombre “edema”). Esto ayudará a saber qué tratamiento debe seguirse. En la mayoría de los casos de edema óseo suelen observarse traumatismos, aunque también pueden ser una respuesta a lesiones degenerativas u otras patologías.

La aparición en la resonancia magnética de una mancha brillante en el interior del hueso significa que hay más líquido de los normal, producto de una contusión. 

El edema óseo, ¿se puede tratar?

Aunque se trata de un problema que suele remitir de manera espontánea, en la mayoría de los casos puede requerir varios meses para que se cure (el tiempo puede comprender entres las 12 y las 24 semanas). Y, si no se trata bien, esta lesión puede llegar a doler incluso estando en reposo.

La manera cómo evoluciona la lesión depende de factores como su naturaleza, el momento del diagnóstico o el tratamiento terapéutico aplicado. Debe tenerse en cuenta que, cuando los osteoblastos, las células que trabajan para formar hueso y que participan en la reparación de la lesión por sobrecarga, no pueden ejercer su función, puede producirse una fisura en el hueso, que se conoce con el nombre de fractura por estrés, una lesión más grave que el edema óseo.

El principal tratamiento es el reposo, que permitirá recuperar los tejidos dañados. En algunos casos puede ser necesario el uso de algún tipo de órtesis para compensar el apoyo, como muletas. Según la evolución, puede ser necesario aplicar técnicas de fisioterapia musculo-esquelética, con ejercicios terapéuticos y drenaje linfático.

Cómo prevenir el edema óseo

La prevención pasa por tomar medidas sobre todo al realizar una de las actividades más frecuentemente asociadas con este problema: correr. Se trata de una actividad física de gran impacto que requiere utilizar el calzado adecuado, que proporcione estabilidad y amortiguación. Esto ayudará a la regeneración ósea. 

Otras pautas que pueden ayudarnos a prevenir este tipo de lesiones son:

  • Llevar una alimentación equilibrada, que sea rica en calcio y vitamina D, ayudará a fortalecer los huesos.
  • Empezar a correr de manera paulatina y aumentar gradualmente el tiempo, la velocidad y la distancia. 
  • Variar las actividades para evitar sobrecargar un área concreta del cuerpo. alternar un deporte de alto impacto con otros menos agresivos para los huesos, como la natación el ciclismo.
  • Añadir ejercicios de fuerza al entrenamiento. Incorporar pesas, bandas de resistencia o el propio peso corporal es una buena manera de prevenir la fatiga muscular temprana y la pérdida de densidad ósea. 
  • Parar la actividad si sentimos dolor o hinchazón y descansar unos días. 

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