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El partido más anticonstitucional

Tras la sentencia del Tribunal Supremo sobre el 'Procés' es obvio que Vox es el partido menos constitucional de todos los que existen en España. Pablo Casado e Inés Arrimadas harían bien en leer la sentencia detenidamente

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El número tres de Vox al Congreso por Madrid, Iván Espinosa de los Monteros; el candidato de Vox a la Presidencia del Gobierno y presidente del partido, Santiago Abascal; el número dos de Vox al Congreso por Madrid, Javier Ortega Smith; y la presidenta de Vox Madrid, Rocío Monasterio, celebran los buenos resultados obtenidos

Espinosa de los Monteros, Abscal, Ortega Smith y Monasterio Ricardo Rubio / Europa Press

Tras la sentencia del Tribunal Supremo de 14 de octubre de 2019, en la que se califica a la declaración de independencia de Catalunya de una entelequia, de una ensoñación, carente de la más mínima consistencia, es obvio que Vox ocupa el primer lugar entre los partidos menos constitucionales de todos los que figuran en el Registro de Partidos del Ministerio de Interior. Si la independencia es un espejismo, los partidos nacionalistas catalanes y vascos son plenamente constitucionales en el sentido de que sus programas encajan perfectamente en la Constitución. Tienen la ilusión de que Catalunya y País Vasco puedan ser algún día Estados independientes del Estado español en el marco de la Unión Europea. Pero tener ilusiones no es anticonstitucional.

No ocurre lo mismo con Vox, cuyo programa es una enmienda a la totalidad a la Constitución. Vox no es anticonstitucional, porque la Constitución permite que existan partidos cuyo programa está en radical contradicción con la Constitución, siempre que respeten los procedimientos de reforma de la Constitución que están previstos en el Título X.

La aplicación del programa de Vox supondría el fin del sistema político definido en la Constitución de 1978, como la aplicación del programa de Alternative für Deutschland supondría el fin de la República Federal de la Ley Fundamental de Bonn, o como la aplicación del programa del Frente Nacional supondría el fin de la Constitución de 1958 en Francia.

Estos son los únicos partidos que se autodefinen  como partidos antisistema, que están radicalmente en contra de lo que ellos denominan el "consenso progre" que ha dominado la democracia europea occidental desde el final de la Segunda Guerra Mundial, aunque en España tuviéramos que esperar hasta 1978.

Esta es la novedad más importante de los últimos decenios en el universo político europeo. Hasta el momento no se ha expresado en la forma de destrucción del sistema democrático, pero sí ha supuesto una erosión considerable del mismo. La pérdida de solidez de la democracia como forma política está directamente relacionada con el crecimiento de los partidos de extrema derecha. 

Así ha sido entendido en los países con mayor tradición democrática en el continente europeo. Ya no es la alternativa comunista la amenaza de la que hay que defenderse, sino la alternativa autoritaria de la extrema derecha. En las primeras elecciones presidenciales francesas tras la retirada del General De Gaulle en 1969, Pompidou acabó compitiendo en la segunda vuelta contra el senador comunista Duclos. En el siglo XXI han sido dos miembros de la familia Le Pen los que han participado en la segunda vuelta en unas elecciones presidenciales.

Tanto el candidato comunista como los dos del Frente Nacional fueron derrotados estrepitosamente como consecuencia de la confluencia contra ellos de todos los demócratas en torno a Pompidou, Chirac o Macron.

En la Europa del siglo XXI es la extrema derecha la que amenaza la democracia. Dicha amenaza se acreciente en España por el rechazo frontal del Estado de las Autonomías por parte de Vox. La singularidad más importante de democracia española definida en la Constitución es lo que Vox pretende suprimir.

Esta fue la posición inicial de la mitad de AP en el proceso constituyente y fue parte de su programa electoral en las elecciones generales de 1982 y 1986. Hasta el Congreso de refundación de AP como PP en 1989 no se aceptó el Estado de las Autonomías. Aparentemente todo el PP lo aceptó. Ahora sabemos que en su interior había reservas muy importantes contra la descentralización política. Eso es lo que representa Vox, que no es propiamente un nuevo partido, sino una escisión del PP. Es la vieja AP la que se recompone y se presenta autónomamente ante los ciudadanos con un programa que conecta con lo que en su día se denominó el "franquismo sociológico".

Porque, como dice Iñaki Gabilondo, Vox es franquismo. Viví, decía Iñaki, más de treinta años bajo el Régimen de Franco y reconozco el franquismo en cuanto lo veo. Y Vox es franquismo. AP nació para proyectar el franquismo en la nueva Constitución. Tuvo poco éxito y tuvo que refugiarse en un PP, que no podía ser solamente eso. Pero el franquismo no desapareció del todo. Por eso se ha incorporado con tanta fuerza en tan poco tiempo. Es el pasado que revive y  conecta con corrientes de extrema derecha  que están haciendo acto de presencia en el continente europeo, como ocurrió en la década de los treinta del siglo pasado. Entonces la derecha española conectó con el fascismo y el nacional-socialismo. Hoy conecta con sus herederos.

No hay nada más anticonstitucional que esa reaparición de la extrema derecha. Solamente desde la desvergüenza más absoluta se puede aceptar que Vox pueda ser considerado un partido constitucional. En anticonstitucionalidad gana de lejos a todos los demás.

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