Brigitte Vasallo: “Hay una arrogancia extraordinaria desde la izquierda hacia la gente del campo”
La fosa abierta (Anagrama, 2025) es mucho más que un ensayo o un libro de memoria personal de su autora, Brigitte Vasallo (Barcelona, 1973). Es una herida multidimensional e hiperconectada en todas sus vertientes: la emocional, la histórica de todas las personas que han tenido que migrar en el mundo y, sobre todo, la de la memoria de las sociedades rurales, partidas doblemente por el expolio capitalista, a partir de la revolución industrial, y por la expulsión de unos territorios que, siendo esquilmados, ya no permiten la supervivencia a sus habitantes.
La fosa abierta es, así, la crónica sentimental de la España vaciada vista desde el desarraigo que produce la migración en los descendientes, ya insertos en punto de llegada, ese destino final que son los grandes polos industriales europeos, Catalunya entre ellos. Habla desde la subjetividad de la propia experiencia de Vasallo, como catalana descendiente de gallegos, con una difícil situación personal que le dificulta durante mucho tiempo la reconexión sentimental con la parte de la familia que permanece en Chandexa de Queixa, la aldea natal de sus padres en Ourense.
Una reconexión que se antoja vital para poder explicarse a sí misma en tanto que hija de una cultura y una lengua que durante mucho tiempo desconoce, y que a la vez vive en otro idioma y otra sociedad que, aunque siente suyas, no puede reconocer como propias. elDiario.es conversó con Brigitte Vasallo en la sede de su editorial sobre su nuevo trabajo, que la confirma como una de las voces más potentes del panorama ensayístico y narrativo actual.
La fosa abierta visita la aldea ourensana de sus padres y reflexiona sobre las zonas rurales fueron vaciadas en los 60 y los 70 por la migración. Puede asimilarse en este sentido con Retorno a Reims, de Didier Eribon, donde el filósofo francés reflexiona sobre cómo la clase obrera francesa ha terminado votando por el frente nacional.
Sin duda, Didier Eribon es un referente para mí por su análisis de la clase obrera y su desestructuración como comunidad de clase y, en general, todo el trabajo sociológico llevado a cabo en la Francia rural. Pero también me interesan los estudios realizados en la Francia poscolonial, por los procesos de asimilación y las entidades que ello genera. Porque del proceso colonial extraemos la idea del expolio, ya sea de los recursos, ya de los habitantes que ocupan el medio y que son utilizados para trabajar en zonas en las que el capitalismo tiene sus centros de producción industrial.
Este contexto de expolio me sirve también para pensar en las migraciones dentro de España a partir de la idea del expolio. O sea, ver el rural con la perspectiva de un expolio continuado, de un vaciado que empuja a sus habitantes hacia otras zonas para subsistir donde en realidad su capacidad laboral va a ser explotada en favor del capitalismo.
¿Podemos decir que la España vaciada es la historia de un expolio?
Sin duda lo es, porque ya desde la desamortización se ha tendido a la explotación del campo con fines capitalistas. Si pensamos que el ser humano forma parte de ese contexto que habita, el resultado es que se le expulsa, se le obliga a irse para subsistir. Es una explotación que no se ha dado solo en España, sino en toda Europa en general, desde el surgimiento del capitalismo en el siglo XVI, cuando se comienza a cercar las tierras comunales y se apuesta por el ganado extensivo frente a la agricultura.
Y es un proceso que continúa ahora con el expolio de los ríos, del viento y el sol a base de parques de energías renovables en el medio rural, que lo que hacen es arrasar y destruir las formas tradicionales de economía rural, que son también formas de vida.
Esas formas de vida implicaban muchas veces formas de organización social y económica, alternativas a este capitalismo autodestructivo en el que estamos viviendo.
Así es, llevamos siglos perdiendo un fondo de riqueza cultural cuyas dimensiones desconocemos y que tal vez no podamos volver a recuperar. Sin necesidad de idealizar el rural, porque tampoco es un mundo perfecto, sí podemos decir que muchas de las formas de vida milenarias que calificamos de atrasadas, salvajes o ineficientes tenían cuando menos la virtud de no destruir el medio, de ser sostenibles, cosa que no se puede decir del capitalismo.
En este sentido, conservar estas formas de vida que se inscriben totalmente fuera del contexto capitalista –en el que incluso el anticapitalismo está sujeto a este mismo contexto– es un modo de saber qué dirección tomar para poder salvar el planeta, cosa que cada vez parece más difícil.
Sin necesidad de idealizar el rural, porque tampoco es un mundo perfecto, sí podemos decir que muchas de las formas de vida milenarias que calificamos de atrasadas, salvajes o ineficientes tenían cuanto menos la virtud de no expoliar el entorno
También se han perdido, con las migraciones desde el campo español a las grandes urbes a partir de los 60, estructuras sociales en las que las mujeres tenían un peso comunitario importante que las equilibraba con los hombres.
Es cierto, se rompe una red de colaboración que tiene un peso social, pero tampoco debamos creer que el machismo o el maltrato no ha sucedido nunca en el rural; es obvio que es un problema más allá del contexto. Pero, curiosamente, me comentaban medio en broma mis primas en Chandexa de Queixa que la llegada de los tractores, por ejemplo, rompió la igualdad ancestral, porque el hombre se subió a la máquina para hacer el trabajo mientras que la mujer siguió a pie.
Autores y autoras como John Berger o Silvia Federici nos explican que en el campo la diferencia entre el trabajo asalariado y el trabajo doméstico –que está desprestigiado en el mundo urbano– no existe porque todos los trabajos son domésticos, son de supervivencia. En el rural no hay la idea de acumular, sino que todo es para el día a día. En cambio, el capitalismo es un elemento que se demuestra favorecedor de desigualdades de género al introducir las políticas salariales.
Estudiando la economía de las colonias fabriles en la cuenca del río Llobregat, en la provincia de Barcelona, te das cuenta de que se contrataba a familias enteras para vivir a la colonia, y la norma era que la mujer cobrara menos que el marido. Así se establecía la semilla de la dependencia y la desigualdad.
Eribon habla de la ruptura de la conciencia comunitaria obrera en favor de la individualización de las necesidades como del caballo de Troya del capitalismo para vencer la lucha de clases.
Ocurre lo mismo con el rural: cuando se emigra, se pierde esa identidad que entraña la comunidad y las formas de vida originales, se produce lo que yo llamo una mutación a individuos separados de su historia comunitaria. En mi pueblo, cuando decimos “vecino”, no nos referimos a una persona, sino que nos referimos a una casa habitada.
Entonces, si te dicen “En ese pueblo quedan tres vecinos”, pueden estar hablando de quince personas, porque se refieren a tres casas donde viven cinco personas en cada una. Porque la persona no es la unidad mínima de significado, sino que forma parte de un cuerpo social mayor. Esto, como digo, se pierde al migrar a los centros urbanos y se vuelve muy difícil de recuperar.
La derecha se quiere convertir en interlocutor del campo, pero lo que hace es utilizar el conflicto rural para sus propios intereses
Pero muchas veces el malestar del campo, a diferencia del obrero, se percibe como una protesta reaccionaria...
Uno de los grandes problemas que hemos tenido durante el siglo XX en Europa ha sido conseguir una alianza entre el campesinado y el mundo obrero. Yo creo que eso tiene que ver con esto que te comentaba antes de que el paradigma para pensar en ello se ha hecho desde el contexto capitalista, que es un marco de pensamiento distinto. Es algo que ni siquiera Gramsci tuvo en su día en cuenta.
Creo que se le escapó esa cuestión de que estamos planteando desde lo urbano cómo tiene que ser esa alianza con el campo, que básicamente implica hacer entrar al campesinado en un sistema al que en realidad no quiere ni tiene por qué entrar, porque seguramente significará su fin como identidad. En este sentido, creo que desde la izquierda, sobre todo en España, tenemos una profunda deuda de comprensión con la gente del campo, debemos darnos cuenta de que actuamos con extraordinaria arrogancia en esta cuestión.
En cambio, la derecha está captando mucho mejor ese malestar y se quiere convertir en interlocutor del campo, pero en realidad lo que hace, como protagonista que es del expolio capitalista, es utilizar el conflicto rural para sus propios intereses, silenciando el mensaje que en realidad se quiere dar, lo cual es una forma de violencia en toda regla contra el campesinado.
Usted cierra el libro reiterando su crítica a la película As bestas de Rodrigo Sorogoyen, qué ve como una fábula que maniquea sobre la confrontación entre el mundo rural, dibujado como oscurantista, y el mundo ilustrado, retratado por un profesor universitario francés.
Ya escribí en su momento en prensa sobre esta cinta y el hecho de que le dieran tantos premios Goya en su día. Recuerdo que competía con Alcarrás de Clara Simón, que también aborda el mismo conflicto y que no se llevó ningún premio. En cambio, a mí me parece que Alcarrás es una película mucho más realista y honesta, hecha con mucha más cercanía.
Hablar de que la inmigración es la causante del descenso del catalán como argumento para defender la inmersión no es defensa de la lengua, sino más bien otra forma de xenofobia
Otro tema que aborda La fosa abierta es el de la identidad que usted llama “txarnega”. Charnego es un insulto despectivo hacia el migrante en Catalunya, pero usted lo hace suyo en el libro como una reivindicación y una denuncia de ese vaciado del campo tanto humano como cultural.
No tengo demasiado interés en definir lo txarnego como una identidad, no me interesan a estas alturas las identidades, que me parecen una cosa del mundo binario. Pero sí me interesa el concepto de “txarnega”, con “tx”, para provocar la apertura de un debate sobre de dónde venimos las personas txarnegas, de nuestro periplo y de que el trato que hemos recibido en nuestras zonas de destino no ha sido la acogida de la que tanto se ha hablado. Es algo que sistemáticamente silencia lo que algunos se niegan a hablar.
Esto ha sido así en Catalunya, donde nace el insulto de “charnego”, y en Euskadi, por ejemplo, pero también vale para Madrid, la ciudad que dice falsamente que “todo el mundo cabe en ella”, cuando su historia demuestra más bien lo contrario. Y, en general, vale para todas las personas migradas dentro de Europa, como ocurrió con los migrantes del sur de Italia, a los que en el norte se llamaba despectivamente terroni.
En esta conversación a la que refiere, la lengua juega un elemento importante: la que se pierde y la que se gana o se debe de adoptar para convertirse en un ciudadano nuevo e integrado. ¿Cree en este sentido que la política de inmersión lingüística que ha seguido tradicionalmente la Generalitat en Catalunya es beneficiosa?
La filóloga Carme Junyent, que centró sus estudios en la salvación de las lenguas minorizadas y que fue una persona bien poco sospechosa de ser “txarnegofílica” o de cualquier otra cosa que no fuera catalanista, explicaba que cuando colisionan en un territorio dos lenguas, una de ellas está condenada a la desaparición, siempre. Pero que si en ese mismo territorio hay más de dos idiomas, se salvan todos. Si hay tres, se salvan todos. Si hay cinco, se salvan todos...
En este sentido, claro que la inmersión lingüística es útil para integrarnos a todos, pero si lo que queremos es salvar al catalán frente a la extensión del castellano, quizás la fórmula pase por incluir en la enseñanza también las lenguas de origen de las personas migrantes, fomentar su habla para no borrar su identidad y, a la vez, espantar cualquier imagen de que el catalán es una lengua de imposición. Y no digo esto en referencia al castellano, sino también al urdu, el chino, el árabe y cualquier otra lengua que hablen las personas que llegan a Catalunya. Porque, además, hablar de que la inmigración es la causante del descenso del catalán como argumento para defender la inmersión no es defensa de la lengua, sino más bien otra forma más de xenofobia.
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