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Cultura

Juan Marsé, mientras llega la biografía

Llega el retrato de Juan Marsé determinado a convertirse en su biografía total. 'Mientras llega la felicidad' (Anagrama) de Josep María Cuenca.

Analizamos las claves de la literatura de uno de los autores españoles más importantes del siglo XX.

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Juan Marsé: "Toda novela está basada en hechos reales"

Juan Marsé.

Tras varios años de elaboración y mucho revuelo, llega el retrato de Juan Marsé determinado a convertirse en su biografía total. Mientras llega la felicidad (Anagrama), de Josep María Cuenca, promete un minucioso estudio sobre la personalidad y la vida de un narrador con la complicidad del propio protagonista.

No hay quien no conozca a Marsé, una institución en vida. El autor de Últimas tardes con Teresa, la definición de la España de los sesenta, premio Cervantes, irónico y huidizo, quedará, sin lugar a dudas, como uno de los más importantes escritores españoles del siglo XX. ¿Qué hace de Marsé, Marsé? He aquí algunas de las claves de su obra.

“Soy la imagen del pesimismo, terco y perseverante”, Autorretrato (1988).

La hondura de la obra de Marsé tiene como punta de lanza a un tipo de protagonista rayano muchas veces en el álter ego. El perdedor, el recién llegado, el charnego, se repite desde una mirada en ocasiones realista, a veces vanguardista. El Pijoaparte de Últimas tardes con Teresa (1966), el epítome de un llanero solitario de clase obrera que desea el ascenso social y el paraíso encarnado por la bella rubia de la zona alta, adquirió la categoría de motivo literario por excelencia, y se desarrolla como voz narrativa que juzga, sentencia o perdona en La oscura historia de la prima Montse (1970) o como personaje alucinado en el Juan Faneca de El amante bilingüe (1990).

Pero no únicamente como protagonista, sino como todo y cada uno de los personajes de su literatura: prostitutas, chicos de barrio, pijos venidos a menos, azotadas sirvientas en flor, los humanos que pueblan la obra de Marsé reiteran una y otra vez que no hay salida y que, como dijo el propio autor, que “la vida no es como la esperábamos”.

"Desde la cumbre del Monte Carmelo y al amanecer hay a veces una ocasión de ver surgir una ciudad desconocida bajo la niebla, distante, casi soñada", Últimas tardes con Teresa.

Pasarán las décadas y Barcelona seguirá siendo la ciudad retratada por Marsé. El escritor descuartiza como nadie a lo largo de toda su obra el puzle infranqueable de barrios y territorios prohibidos, marcados por la clase y el sexo, una vez más. El barrio chino y el puerto son los espacios eróticos; el Guinardó, el lugar de la memoria autobiográfica; Sant Gervasi y Pedralbes, los pasteles envidiados cual niño desde el otro lado del cristal. Y entre todos ellos, los pasadizos secretos, las bisagras que permiten cierta, a veces mentirosa, movilidad social.

Barcelona es el personaje total de las novelas de Marsé, desde la posguerra de Rabos de lagartija (2000) hasta la contemporaneidad de El amante bilingüe, el autor desentraña la miseria, pero también las fiestas populares y el cine de barrio. El tránsito por la ciudad, a modo de homenaje a ratos amargo y a ratos enamoradizo, dota al espacio urbano de otro relato que recogerán después hábilmente escritores como Francisco Casavella o Javier Pérez Andújar.

“La memoria lo es todo para mí, tanto recuerdas, tanto vales”, La oscura historia de la prima Montse.

El territorio en Marsé no es únicamente físico, sino que se convierte en el espacio de la memoria entendida como un ejercicio histórico y también personal. Si te dicen que caí (1973), La muchacha de las bragas de oro (1978) y Rabos de lagartija –en realidad, toda su obra– tratan la ciudad que el franquismo quiso desterrar: la urbe republicana, catalanista y laica que quedó aplastada. Así, por las novelas transcurren los barracones, las cartillas de racionamiento, el olor a garbanzos, el remiendo y la infancia miserable, pero también los maquis, las verbenas y la Iglesia tirana, cómplice y perversa que lo tritura todo. Desde el realismo o el fantasma alucinatorio, la memoria es un acto de justicia ante lo callado durante demasiados años.

"¿Qué tenía de especial esa mujer, con sus treinta y ocho años, funcionaria de la Generalitat, separada, liada con otro hombre, un catalufo monolingüe y celoso? ¿Qué tenía él que ver con toda esa gente?”, El amante bilingüe.

Juan Marsé se ha mantenido alejado de lo que él ha denominado “el pesebre político” catalán. Lo cual no quiere decir que su obra no haya transitado la realidad social catalana de alguna manera u otra. Si la memoria es ya en sí un acto profundamente político, algunas de sus obras han supuesto una bofetada a la imposición de cualquier tipo.

El caso más evidente es El amante bilingüe, en la que su protagonista Juan Marés, abandonado por su pijísima mujer por un amante limpiabotas, se hace pasar por un pintoresco charnego para reconquistarla. El juego de máscaras se torna demasiado atractivo para el pobre Marés que acaba siendo fagocitado por su personaje. El discurso escindidor del pujolismo se torna enfermizo y demuestra a una Catalunya psicótica, zalamera, desvergonzada y vergonzante. La sátira le confirmó para siempre como autor non grato para determinado establishment de las letras catalanas.

"Mi primera novela, publicada en 1960, trataba de unos jóvenes de 1949 encerrados con un solo juguete, y ese juguete era el sexo”, Juan Marsé sobre Encerrados con un solo juguete (1960).

El deseo sexual es espacio de salvación y miseria a partes iguales en la obra de Marsé. En La muchacha de las bragas de oro encontramos a un protagonista enfrentado por vez primera a la promiscuidad libre de su sobrina Mariana. En Si te dicen que caí a la realidad de la represión sexual y las miserias de la posguerra. La oscura historia de la prima Montse enfrenta al lector a la pasión desbordada y loca de lo que se anhela y no debe ser consumado. Canciones de amor en Lolita's club (2005) muestra el amor de un desgraciado por una prostituta colombiana esclavizada en un club de alterne. En ocasiones moralista, en otros soñador, el escritor mantiene siempre la constante del sexo como lugar redentor, como fuerza de vivencia. Lo cual no quiere decir que sea garantía de nada más que eso: de vida.

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