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El macho brutal

Hace tiempo que los estudios de género superaron una etapa inicial asociada principalmente al feminismo y los estudios sobre la mujer. Los estudios de género también se ocupan actualmente de la construcción social y cultural de la masculinidad, y de otras formas de identidad de género. La ampliación de la perspectiva no excluye, sino que enriquece, la lucha por la igualdad legal y social entre hombres y mujeres. También el acceso de las mujeres a todos los ámbitos de la vida social, profesional y cultural, sin sesgos ni desigualdades. Sin embargo, en la mayoría de países europeos -y en ámbitos académicos internacionales- los estudios de género han evolucionado más allá del feminismo clásico. Por lo que se refiere a la masculinidad, resulta simplificador - y, en muchos casos, oportunista-, plantearla como contraposición dual a lo femenino. La racionalidad humana ha usado la polaridad como forma de comprensión de la naturaleza desde la Antigüedad, pero no se debe identificar la masculinidad con su arquetipo más brutal: el macho dominador, maltratador y violador. Incluso en una sociedad profundamente patriarcal, ese modelo de macho es una aberración, un signo demasiado frecuente de patología social. La masculinidad es otra cosa en el seno de una sociedad democrática. Sería un grave error entender la lucha por la igualdad exclusivamente como una lucha entre sexos.

Poco han ayudado a clarificar las relaciones de género las banalidades simplificadoras de la sociobiología, cuyas metáforas biológicas reducen la masculinidad a la actualización evolutiva de viejos ancestros del macho dominante, vencedor, agresivo en la lucha por aparearse con la hembra. Identificar la “naturaleza” (ambiguo concepto frecuentemente manipulado) con las sociedades humanas, menospreciando el orden social y los valores culturales resulta grotesco. Ni siquiera basta para explicar esa patología social que es el macho alfa con desvelar las raíces profundas de la tradición patriarcal. Hormonas, genes y creencias tradicionales no bastan para explicar las monstruosidades cotidianas de quienes, amparándose en una concepción perversa de la virilidad golpean, matan, violan y maltratan a cualquiera que no esté de acuerdo con ellos. Especialmente a las mujeres y a sus mujeres.

Los estudios de género deberían esforzarse por explicar las raíces profundas de esta forma perversa de masculinidad destructiva. El macho violador y asesino encarna la brutalidad, la impulsividad, la ausencia de control o empatía, la agresividad, el autoritarismo y la dominación. Esa masculinidad brutal exhibe enfermizas relaciones de dominio cuyo núcleo es el miedo más profundo a la libertad del otro. Es una forma de patología social asociada al maltrato, la tortura, el placer por el dolor ajeno y la falta de empatía. Ese psicópata sádico no es el modelo de masculinidad en nuestra sociedad. Una perversión que va mucho más allá de la construcción social del donjuán o de la épica del conquistador. Ni vivimos en la Edad Media, ni asumimos los valores del guerrero, el caudillo o el macho alfa. Ni nos atraen los trofeos de caza, ni la simbología del toro ni la tauromaquia. Quizá podríamos empezar por entrever un conflicto claro entre tradición y modernidad, entre autoritarismo y respeto a la libertad del otro.

El feminismo, junto con la tecnología, representan actualmente factores esenciales para la transformación ideológica y social. Ambos, en distinto sentido, poseen un gran potencial revolucionario. Por eso, las instituciones más tradicionales, inmovilistas y resistentes al cambio (instituciones religiosas ostensiblemente misóginas, partidos y organizaciones tradicionales donde la mujer desempeña un rol subalterno de sumisión) condenan sin paliativos la que denominan “ideología de género”. Los estudios de género son un poderoso instrumento de transformación social.

Cada caso de violencia de género, cada asesinato machista, cada violación, demandan no solo una condena penal, social y moral contra el macho brutalizado; también requieren analizar los factores que contribuyen a generar esa forma de patología social. Una genealogía del monstruo que tiene que servir para deconstruir, con todos los instrumentos legales, sociales, educativos y mediáticos, la masculinidad brutal, autoritaria e incontrolable. Demasiadas personas, instituciones religiosas y partidos políticos exhiben graves conflictos internos con la sexualidad y con la igualdad entre los géneros. Demasiados poderes están relanzando al macho bruto como arma contra la ideología de género. En demasiados países poderosos el modelo está triunfando. Hay que avanzar en desvelar la genealogía del monstruo, en todas sus dimensiones. Si somos capaces de desentrañar cada uno de los elementos que lo edifican, podremos desmontarlo. La tarea es ardua y genera tensiones. Requiere paciencia para superar resistencias y tiempo para sedimentar los cambios. Por higiene democrática hemos de convertir al macho brutal -antítesis de la Ilustración y la modernidad- en una especie en extinción.

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