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CASTILLA Y LEÓN

OPINIÓN

El hueco que deja Podemos en Castilla y León

Los resultados de Podemos en Castilla y León han supuesto una auténtica debacle. Pero perder casi el cien por cien de sus procuradores y buena parte de los concejales de toda la Comunidad no solo podemos verlo desde la óptica interna de quienes nos hemos dejado la piel en este proyecto los últimos cinco años, sino desde la percepción de la sociedad en su conjunto. No solo es que la ciudadanía haya optado por otras formaciones políticas, es que el hueco político dejado por Podemos tras su casi desaparición tiene unas consecuencias de largo alcance para toda la sociedad.

Desde dentro, a nadie con un mínimo de conexión con la realidad, le puede haber sorprendido demasiado un resultado con el que Pablo Fernández consigue bajar de 10 a 2 escaños. El erial en el que se había convertido la formación desde hacía un tiempo tenía que haber servido como señal de alarma. Pero en lugar de eso, se continuó con la dinámica de orillar a todos aquellos que pensaran diferente, dejando que camparan a sus anchas los seguidistas, encerrándose la ejecutiva autonómica en una especie de solipsismo agudo, donde se premiaban los halagos y mirar para otro lado. Círculos vacíos, actos cada vez con menos gente, consejos municipales que a duras penas conseguían conformar listas, primarias en las que caía una y otra vez la participación. Todo ello estaba ahí, pero la única explicación era hablar del ataque mediático y de las cloacas. Nadie parecía recordar ya que Podemos nació precisamente con todo, absolutamente todo, en contra.

Desde fuera, de las pocas cosas que hubiesen podido salvar este fracaso anunciado era el hecho de que Podemos representaba la tercera fuerza en las Cortes, con diez procuradores. Un grupo parlamentario que se dejó la piel día tras día, pero cuya labor fue desdeñada y torpedeada desde el primer momento. La nefasta coordinación, entendida más bien como fiscalización y censura, la ausencia total de liderazgo, las trabas a la iniciativa personal por miedo a perfiles que pudieran hacer sombra, el centrarlo todo en una única figura, y el ninguneo, a menudo por desconocimiento, de las posibilidades de acción comunicativa que da la acción parlamentaria, han sido los errores fundamentales que se han producido.

Todo ello seguramente influyó en el hecho de que el discurso fuese constantemente fluctuante, estridente a veces, desconectado de la comunidad en la que vivimos. La denuncia por la denuncia no puede ser nunca una estrategia. El tono bronco y agresivo acaba cansando y deja más bien una sensación de vacío en el oyente. Guiarse por los megusta de un vídeo de Facebook es un disparate. En cuanto el PSOE asumió el vocabulario de “la nueva política”, Podemos solo supo escorarse cada vez más hacia la izquierda manida, centrado en mantener su identidad. Pero tampoco se quiso en ningún momento desde Castilla y León hablar con acento propio. Más bien, el mismo seguidismo que se promocionaba por aquí, se practicaba al acudir a Madrid.

De este modo, las varias campañas, todas iguales, consistentes únicamente en promocionar una cara recorriendo miles de kilómetros de la geografía castellano y leonesa, resultaron no solo inútiles, sino también reveladoras del vacío que ya habitaba en Podemos. Y, aunque algunos comentaristas y compañeros cayeron en la cuenta de que se estaba copiando el estilo de la Izquierda Unida de legislaturas anteriores y de que se apelaba en exceso a los ya convencidos, y poco o nada al resto, de nuevo se achacó todo al ataque mediático y se repitió el formato en una campaña electoral donde no se sabía si había candidatos en cada una de las provincias o si era el mismo dividido entre nueve.

El caso de Valladolid es paradigmático. Abandonada a su suerte por la ceguera y la inacción del comité autonómico, se permitió que el sectarismo de unos pocos tirase por la borda el excelente trabajo que venían haciendo tres concejales de los que dependía el ayuntamiento más importante de la Comunidad. De este modo, se llegó al ridículo máximo cuando el mismísimo secretario general autonómico declaró no reconocer a sus concejales y mostró su apoyo al candidato de Izquierda Unida como auténtico valedor de los valores de Podemos, para después no confluir con esa formación. Todo esto probablemente no hizo más que aumentar la desconfianza de los vallisoletanos y su recelo, puesto que, por un lado, veían con buenos ojos esa marca blanca que en el ayuntamiento estaba impulsando un cambio tras veinte años de gobierno del PP, mientras por otro, asistían a los espectáculos de lapidación y quema de herejes que día sí y día también montaba la dirección local con la aquiescencia de la autonómica. La ausencia absoluta del diputado por Valladolid en el Congreso y su desprecio por la política local tampoco ayudó a frenar el descrédito. Finalmente, el fiasco de unas primarias en las que el número uno renunció al ámbito local para marcharse a la lista de las Cortes, provocando que el número seis fuera colocado a dedo como cabeza de lista, terminó de rematar el hartazgo de la gente. Un cabeza de lista, que dicho sea de paso, resultó un perfecto desconocido, salido de la nada, deslenguado y poco afortunado en sus opiniones, que hizo una campaña basada en dos temas: el insulto a la antigua marca blanca y el soterramiento, lo cual situaba a Podemos más cerca del PP que de postulados rogresistas, más como una fuerza «encabroná», como vino a decir su candidato, que como gente con una idea de ciudad. No es de extrañar, por eso, que se haya pasado de tener un diputado, dos procuradores y ocho concejales a no tener nada.

Por eso, el hueco que deja Podemos más allá del Psoe, es un hueco cavado a conciencia por la actual ejecutiva, visto desde dentro. Seguramente de manera inconsciente y no malintencionada. Pero si lo miramos desde fuera, es un desierto gigantesco que se abre ante todos aquellos que teníamos la esperanza de mejorar la sociedad.

En la política, como en la vida, impera el principio de que las cosas son como son, no como nos gustaría que fuesen. Así las cosas, los dos escenarios que se abren durante esta travesía por el desierto son la refundación o la disolución. La primera debe contar con un análisis pormenorizado del momento que cristaliza con el cierre de este ciclo electoral, que básicamente puede resumirse en que la etapa del 15M se cerró y cualquier movilización o estrategia para reilusionar deberá hacerse superando Podemos, enraizándose en la singularidad castellano y leonesa y buscando una gramática política transversal a toda la ciudadanía, con una auténtica dirección y sin sectarismos.

En cuanto a la disolución, sería una pena tener que llegar a algo así. Pero tampoco resulta descabellado si asumimos la falta de gente y no se corrige el actual rumbo que lleva irremisiblemente hacia la consagración de Podemos como la nueva Izquierda Unida.

En cualquiera de los dos casos, haber tirado por la borda las ilusiones y esperanzas de buena parte de la gente, en un momento histórico de oportunidad única, es una responsabilidad que cada uno de los que hemos colaborado en esto tendremos que asumir y digerir en la medida que nos toque, desde el más militante hasta el más dirigente. Solo así, con honestidad y crítica, podremos evitar que la debacle se convierta en trauma.

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