Modistas, sastres y costureras: el trabajo migrante sostiene el oficio en los barrios madrileños
En una habitación de Vallecas, una máquina de coser suena mientras hierve el té. Sobre la mesa, unos pantalones esperan a que alguien ajuste el bajo. Adel Fahmeh observa la tela con atención y niega con la cabeza. Desde el salón, su mujer Rowaida se ríe y le da la razón: no entienden por qué en España la gente deja que los pantalones arrastren por el suelo.
“Siempre hay que arreglar la ropa cuando se puede”, dice. A sus 72 años, este sastre de Jaramana (Siria) lleva más de seis décadas cosiendo. Unas calles más abajo, Angélica Marlene Silvais, modista de 53 años nacida en El Torno (Santa Cruz, Bolivia), enseña costura y patronaje a un grupo de vecinas del barrio. Es un proyecto autogestionado que ha puesto una máquina de coser en medio de un local compartido, donde varias personas aprenden a dar sus primeras puntadas.
A pocos kilómetros, en Lavapiés, Mariya Kulikovska apenas levanta la vista de la pila de ropa que se acumula sobre la mesa. Ajusta la goma de la cintura de una falda mientras atiende a una clienta que entra y sale con prisa. La modista de Ternopil (Ucrania), de 62 años, se despierta cada mañana a las seis para abrir su taller en el número 2 de la Calle Miguel Servet. “Cada vez es más difícil vivir de la costura en Madrid”, resume. Entre estas complicaciones, se vislumbra una realidad estructural: muchas de las personas que hoy sostienen el oficio en los barrios son migrantes.
Al cierre de abril de 2026, el número de afiliados extranjeros en España alcanzó un nuevo máximo histórico de 3.248.247 empleados, según el Ministerio de Inclusión y Seguridad Social. La industria manufacturera, donde se engloba la industria textil, de confección y del cuero, marcó un hito en 2025 con un repunte destacado del 9,2%, colocándose entonces como uno de los nuevos motores de la ocupación para la población inmigrante. Este año, el crecimiento interanual general de la afiliación extranjera se ha estabilizado en torno al 7,9% a nivel nacional, según los datos del mes de marzo. Mientras la mano de obra foránea sigue aumentando en sectores más cualificados, especialmente en Telecomunicaciones y Programación, el grueso sigue concentrándose en los pilares tradicionales de la construcción y la hostelería.
Pese al incremento de la ocupación extranjera, la afiliación de la industria textil, de la confección y del cuero y el calzado ha caído en las últimas décadas. Actualmente, suman 124.314 personas afiliadas, nacionales y extranjeras, según los últimos datos de Seguridad Social. En 2005, superaban las 230.000. La tendencia es un descenso anual, en los últimos cinco años el sector ha perdido cerca de 5.000 empleos. Sin embargo, en medio de esa caída general, el trabajo autónomo es la única fórmula que crece. Actualmente, 23.338 personas trabajan por cuenta propia en el sector, casi una quinta parte del total. Una transformación que apunta a un cambio de modelo: menos empleo estable y más pequeños talleres sostenidos por una sola persona, como el de Mariya.
El cambio también tiene un marcado componente de género. La confección sigue siendo un ámbito claramente feminizado: más del doble de quienes trabajan en este segmento son mujeres –29.671 frente a 12.776 hombres–. Las cifras dibujan así una transformación silenciosa. El sector no desaparece, pero cambia de forma: pierde empleo en empresas y fábricas y se reorganiza en torno a encargos puntuales, negocios de proximidad y el aumento del autoempleo como única salida.
Aprender el oficio de la costura
A los nueve años, Adel cambió la carnicería en la que trabajaba por el hilo y la aguja. Jan Belanji, un sastre armenio del barrio que se había refugiado en Siria huyendo del genocidio, le enseñó el oficio y le regaló su primera máquina de coser. Con el tiempo abrió su propio taller en Jaramana: Al-Anik (“el elegante”). “La sastrería era entonces un oficio respetado”, recuerda. Hoy cose en una habitación de su casa.
Mariya aprendió en el colegio y en casa, con revistas de patrones que su madre le compraba cada mes. A los 12 años ya cosía sola. Más tarde trabajó en una fábrica textil cortando ropa interior. Llegó a coser por las noches mientras sus hijas dormían. Angélica empezó de forma parecida. Tenía 10 años cuando le dijo a su madre que quería dedicarse a la costura. Sin telas en casa, aprendió descosiendo los vestidos más viejos que encontraba. Con el tiempo estudió en una academia y trabajó durante 16 años en una fábrica de ropa vaquera. Entraba a las seis de la mañana y salía a las seis de la tarde. “Era un trabajo durísimo, pero saqué adelante a mi familia”, cuenta. Era una de las tres mujeres en un taller con más de 60 trabajadores.
Los tres aprendieron el oficio en sus países de origen y los tres migraron a España con la intención de seguir cosiendo. Adel llegó a Madrid como refugiado en 2017. Sin hablar español, recorrió las tiendas de la capital con un currículum que le escribieron sus hijos hasta que encontró trabajo en una tienda vintage del centro. Tras la pandemia, el local cerró.
En Vallecas, Adel se ha convertido en “el sastre del barrio”. Sus vecinos acuden a él para arreglos pequeños, ajustes o remiendos que realiza desde su habitación, con una máquina de coser rescatada de un viejo almacén de una iglesia. “No es rentable. La gente prefiere comprar ropa nueva. Es más barata. Si se muere esta profesión en España es porque los sastres no pueden competir con las grandes empresas”, cuenta.
Angélica intentó vivir de la costura a jornada completa, pero no lo logró. Migró a España en plena crisis de 2007. “Había muchos talleres en sótanos. Las condiciones eran muy duras, al principio estaba peor que en mi país”. Durante años cosió para grandes cadenas en jornadas de hasta 17 horas. Le pagaban por prenda: “20 céntimos por pieza”. Sin contrato y sin papeles, llegó a cobrar menos de 500 euros al mes. Lo dejó cuando una compañera sufrió un accidente laboral y fue despedida sin indemnización.
Situaciones como la que describe no son casos aislados. En abril de 2026, la Policía Nacional desmanteló un taller textil clandestino en Camp de Túria (Valencia) donde trabajaban 25 personas sin contrato ni alta en la Seguridad Social, la mayoría migrantes en situación administrativa irregular. Cumplían jornadas de más de 60 horas semanales por salarios en torno a los 1.000 euros mensuales, en un sistema que operaba para empresas del sector bajo apariencia de legalidad.
“Cuando cruzas el charco no hay vuelta atrás, aunque te duela”, dice. Desde entonces Angélica trabaja en el empleo del hogar y los cuidados. La costura quedó en un segundo plano, pero nunca la abandonó del todo. Hace arreglos para vecinas y amigas. Y ahora también enseña.
Mariya ha conseguido vivir de la costura. Migró a España en el año 2000 por motivos económicos. Como muchas mujeres, empezó en el trabajo del hogar y años después regresó a su oficio.Lleva dos décadas levantando la persiana del mismo taller. Cuando los antiguos dueños se jubilaron, ella tomó el relevo. Desde entonces, trabaja sola y apenas le alcanza para ahorrar. “Antes comprabas una cremallera por menos de dos euros. Ahora cuesta casi cuatro”. Como ella, más de 500.000 personas extranjeras son trabajadoras autónomas en España, según el Ministerio de Trabajo y Economía Social. En la costura, esto se traduce en talleres de una sola persona, ingresos inestables y escasa capacidad para contratar.
En este escenario, el proceso de regularización extraordinaria permitirá a miles de personas migrantes acceder al empleo formal, también como autónomas. Según estimaciones de la Unión de Profesionales y Trabajadores Autónomos (UPTA), alrededor del 14% de las personas regularizadas optaría por emprender, lo que podría traducirse en unas 70.000 nuevas altas en el régimen de autónomos. En sectores como la costura –donde predominan los pequeños talleres y el trabajo individual– esta vía puede resultar clave.
Un futuro incierto desde los barrios
El diagnóstico es compartido: el oficio está cambiando. “Antes se hacían trajes. Ahora se arreglan”, afirma Adel. “La ropa es de peor calidad. Y la gente prefiere comprar otra antes que arreglarla”, añade Mariya. La transformación responde a un cambio más profundo. El auge de la moda rápida ha abaratado los precios y reducido la calidad de las prendas. El resultado es una paradoja: nunca ha habido tanta ropa, pero cada vez hay menos profesionales que la repare.
Mariya lo ve en su día a día. Ha conseguido mantener una clientela fiel, incluso de antiguos vecinos que ya no viven en el barrio expulsados por la gentrificación. El boca a boca sigue funcionando, ahora también a través de internet. Según el Consejo Intertextil, el 85 % de las empresas textiles tienen menos de 10 trabajadores y casi la mitad (46,8 %) no tienen ninguno. Son negocios de una sola persona, como el suyo.
“Cuando me jubile, el taller cerrará. Nadie quiere ser costurera”, afirma. “Es un trabajo muy duro y la gente no quiere hacerlo. También faltan lugares para aprender”, sostiene.
Angélica, en cambio, ha conseguido sacar tiempo para enseñar costura y patronaje en el Nodo de Producción de Vallekas. Un proyecto de autogestión vecinal vinculado a la Despensa Solidaria e impulsado principalmente por mujeres migrantes y vecinas. “Primero aprenden a hacer su propio patrón. Hay más interés que antes. Pero no hay relevo real”.
Coser, mientras no falte pan y mantequilla
Adel vuelve a su máquina. El té se ha enfriado. Hace años fotografiaba cada prenda que terminaba. Ahora ya no, pero sigue cosiendo. El oficio exige algo que no se enseña rápido: “Tienes que entender el cuerpo. La forma de los hombros, la barriga…”, explica.
“Hay que ver los defectos de las personas, pero no decirlos nunca”, añade Mariya entre risas. Después de toda una vida cosiendo, le quedan tres años para jubilarse. El cansancio se acumula en la espalda, en la vista y en las manos. “Me da pena cerrar el taller. Pero ya no puedo más”. Aun así, hay algo que permanece: “Cuando veo a alguien por la calle con ropa que he arreglado, me hace sentir orgullosa. Mientras no falte pan y mantequilla, seguiremos cosiendo”.
Cada vez más talleres cierran, falta relevo y las condiciones laborales dificultan que nuevas generaciones se queden. Hoy, la costura aguanta silenciosa, sostenida en gran parte por manos migrantes que trabajan en los márgenes de la economía, entre la precariedad y la falta de reconocimiento. Un oficio que durante décadas vistió a la ciudad sobrevive ahora en habitaciones, pequeños locales y proyectos vecinales. Y que, si desaparece, lo hará sin hacer ruido.
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