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Entrevista

Mar Cabra, la periodista que ganó un Pulitzer pero renunció a vivir para trabajar: “Sentí el vacío y la soledad”

Mar Cabra, autora de 'Vivir a jornada completa'.

Juanjo Villalba

19 de marzo de 2026 22:03 h

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Un día todo dejó de tener sentido. Mar Cabra había llegado a lo más alto del periodismo. Formaba parte del equipo internacional del ICIJ que había destapado los Papeles de Panamá, una de las mayores investigaciones periodísticas de la historia. Pero lo que debía ser la culminación de una carrera laboral se convirtió en otra cosa. Algo que no encaja en el relato del éxito que nos han contado.

Durante años, Cabra encarnó la frase: “Si trabajas en lo que te apasiona no sentirás que trabajas ni un día de tu vida”. Hoy, revisa esta frase con una enorme distancia crítica. “Siempre digo que esa expresión es tramposa porque solo es medio verdad, le falta una parte que a alguien se le olvidó incorporar que es ‘pero no olvides cuidarte en el camino”.

En su caso, que explica ampliamente en su último libro Vivir a jornada completa. Un camino hacia una forma más sana de trabajar (Temas de Hoy, 2026), esa segunda parte de la frase nunca llegó. O lo hizo demasiado tarde. Era joven, su trabajo le apasionaba y sentía que estaba haciendo historia. “Trabajaba 16 horas al día durante semanas seguidas, sin fines de semana y porque yo quería. El trabajo era mi vida y mi vida no tenía nada más que trabajo”, recuerda.

Su cuerpo empezó a enviar señales. Ella no supo leerlas. En 2014, tras una investigación previa a la de los Papeles de Panamá, LuxLeaks, la periodista acabó ingresada en un hospital de Filipinas, donde finalmente perdió un ovario. 

A principios de 2015, tras acabar el trabajo de los Swiss Leaks, pudo irse unos días de vacaciones, pero con graves problemas de tiroides. “No sabía interpretar todas esas señales”, reconoce. “Creía que simplemente era mala suerte”. 

Pero tras publicar en 2016 las investigaciones sobre los negocios de la firma de abogados panameña Mossack Fonseca, que destaparon una red global de sociedades opacas usadas por políticos y grandes fortunas, la vida de Mar comenzó a tambalearse de verdad. 

Trabajaba 16 horas al día durante semanas seguidas, sin fines de semana y porque yo quería. El trabajo era mi vida y mi vida no tenía nada más que trabajo

“Cuando llegué a la cima sentí el eco del vacío y la soledad, y me dije, ‘wow, esto no era lo que yo esperaba’, yo esperaba sentir una felicidad plena”. Pero no fue así. La depresión y un intenso síndrome del burnout le hicieron abandonarlo todo porque no podía más.

Dejar el periodismo implicó atravesar un duelo complejo. “Salí con muchísima frustración y tristeza del ICIJ”, recuerda. Pero la decisión era una necesidad: “Sentía que lo estaba haciendo empujada por la necesidad de sobrevivir”.

Cómo se construye el burnout

El relato de Cabra es un ejemplo perfecto de cómo se instala el agotamiento en quienes viven volcados en su trabajo. El burnout no aparece de golpe, sino que se va construyendo poco a poco, durante meses o, a veces, años.

“Es estrés cronificado durante un tiempo largo”, define la autora. Y enumera algunas de sus señales: agotamiento extremo, desconexión emocional y una sensación persistente de ineficacia. “En mi caso, notaba que tareas que antes me llevaban diez minutos empezaban a alargarse hasta dos horas, y no dejaba de preguntarme por qué algo que antes me resultaba tan sencillo ahora me costaba tanto”.

También aparecen otros síntomas más difusos como pensamientos acelerados, tensión física, irritabilidad, confusión, fatiga, conductas tóxicas o impulsivas... El aislamiento o la dependencia de la tecnología son muy comunes. “Todas estas son señales de que estás bajo demasiado estrés”, explica.

El problema es que muchas de estas alertas se han normalizado en determinados entornos laborales. En el periodismo, por ejemplo, beber alcohol o trabajar fuera de horarios y fines de semana han sido durante años casi parte del salario. “El alcoholismo se ha mitificado en el periodismo como algo inherente de nuestra profesión”, señala la autora.

Vivir de cuello para abajo

Una de las propuestas centrales de Vivir a jornada completa consiste en recuperar esa conexión perdida entre cuerpo y mente. “Deberíamos empezar a aprender a vivir de cuello para abajo, no de cuello para arriba”, plantea.

“La clave no es evitar los momentos de intensidad laboral extrema, sino centrarse en la recuperación después”, apunta. “A nivel físico, los deportistas esto lo tienen muy claro. Tienen espacios de descanso antes de las competiciones y de recuperación después de las mismas, pero en el caso de los trabajadores del conocimiento, que pasamos el día sentados delante del ordenador, esto no es así”.

Aunque abandonó el periodismo, el trabajo de Cabra se parece externamente al que hacía antes. Tras cerrar su etapa en el ICIJ, cocreó y ahora dirige The Self-Investigation, una fundación que promueve la salud mental en el trabajo a nivel global. 

Está demostradísimo que tener un mundo opuesto a nuestro trabajo es una forma de alejar el 'burnout

Trabaja en casa, y también se pasa el día sentada frente a un ordenador. El cambio está en los pequeños gestos. Por ejemplo, “a veces, entre reunión y reunión, friego los platos para conectar con el sentido del tacto”, confiesa. “Pueden hacerse muchas cosas. Hay gente que juega con sus animales o realiza cualquier otra actividad que active sus sentidos. Hacer esto nos trae al momento presente y hace que volvamos a centrarnos, que retornemos a nuestro cuerpo”.

No se trata de eliminar la intensidad, sino de equilibrarla. “Está demostradísimo que tener un mundo opuesto a nuestro trabajo es una forma de alejar el burnout”, defiende. “En mi caso, practico danza contemporánea, pero cualquier otra actividad podría estar bien y, a la larga, nos hace mejores profesionales”.

La trampa de la hiperconexión

Si hay un elemento que atraviesa el burnout contemporáneo es la tecnología. Y casi todos podemos reconocernos en él. Cabra lo sitúa como uno de los principales culpables de lo que le ocurrió. El punto de partida para reconstruirse fue precisamente recuperar la atención.

“Me di cuenta de que mi burnout tenía mucho que ver con la hiperconexión”, explica. “Me pasaba el día mirando el móvil, especialmente el correo electrónico y el WhatsApp. No tenía ningún sentido. Entonces, traté de reconectar con la tecnología de una manera más intencional. Creo que es el primer punto por el que tendríamos que empezar para evitar que el trabajo nos consuma, porque no nos damos cuenta de la hiperactivación que nos genera estar todo el día conectados”.

“Hemos validado la falsa creencia de que un buen profesional al más alto nivel tiene que estar siempre conectado o conectada, y eso no es así” sostiene. De hecho, la evidencia científica apunta en la dirección contraria: más conexión implica más estrés, más errores y mayor riesgo de agotamiento. “Es lo que se ha bautizado como tecnoestrés”, precisa la autora. “Una persona que quiera rendir al más alto nivel tiene sí o sí que tener una relación muy intencional con la tecnología”. 

Hemos validado la falsa creencia de que un buen profesional al más alto nivel tiene que estar siempre conectado o conectada y eso no es así

Teams, Slack, correo… Todas estas aplicaciones dinamitan nuestra jornada laboral y son una de las principales causas de tres males contra los que Cabra nos invita a luchar: la interrupcionitis, la urgentitis y la reunionitis. Tres dinámicas cuyo nombre las caracteriza y que fragmentan nuestro tiempo, aumentan la presión laboral y reducen la productividad real.

La propuesta de Mar pasa por introducir límites conscientes a nuestro uso de la tecnología. Reducir interrupciones, chequeando por ejemplo nuestros mensajes solo unas pocas veces al día; evitar la multitarea o cuestionar la idea falsa de que todo es urgente. 

Esto último pasaría por desarrollar lo que denomina “empatía digital”. Para definirla, pone un ejemplo: “Cuando recibimos un mensaje solemos pensar que es más urgente de lo que realmente es”. Ante eso, propone explicitar siempre los tiempos de respuesta. Decir, por ejemplo: “Te mando un audio, pero no es urgente”.

Trabajar mejor, no más

Cuando se habla de burnout, la responsabilidad suele recaer casi siempre en quien lo sufre. Se le pide que aprenda a gestionar mejor el estrés, que ponga límites, que descanse. La solución se plantea como un ejercicio individual. Pero la experiencia de Mar Cabra apunta en otra dirección.

“En mi caso”, explica, “no solo es que yo no tuviera las herramientas para ser resiliente, gestionar el estrés y aguantar el ritmo, sino que mi trabajo, mi entorno y mi empresa tampoco tenían las estructuras para sostenerme”.

El problema, por tanto, no empieza ni termina en la persona. Tiene que ver con cómo se organiza el trabajo en las empresas. Con los plazos imposibles, las plantillas ajustadas, la presión constante y la falta de recursos. Tiene que ver con culturas laborales que premian la disponibilidad total y penalizan cualquier intento de poner límites. “Lamentablemente, hay muchas empresas que no hacen esa reflexión y si te quemas te dan su apoyo pero no cambian nada”, señala Cabra.

En los últimos años, algunas grandes compañías han intentado entender qué hace que un equipo funcione. Cabra menciona el Proyecto Aristóteles de Google, una investigación interna que analizó durante años a los equipos más eficaces de la empresa californiana. La conclusión fue tan sencilla como incómoda: lo más importante no era el talento individual, sino el clima.

“Se dieron cuenta de que lo más importante era la seguridad psicológica, que pudieras levantar la mano y decir: 'Oye, necesito apoyo, no me encuentro bien’. O que pudieras discrepar sin temor a ser excluido o reprendido”, explica.

Para lidiar con la actual epidemia de salud mental tenemos que cambiar la manera en la que trabajamos y eso tiene que ocurrir desde el centro de las empresas

La idea cuestiona uno de los pilares del modelo laboral dominante. Frente a la lógica del rendimiento individual, emerge la necesidad de construir entornos donde el cuidado colectivo no sea una excepción, sino una condición de partida.

Eso implica cambios concretos: menos reuniones innecesarias, más claridad en la comunicación, expectativas realistas. Espacios donde el error no se castigue de inmediato. Medidas que no solo mejoran el bienestar de los trabajadores, sino que también aumentan la productividad.

Otra forma de éxito

Hoy, diez años después de la publicación de los Papeles de Panamá, la vida de Mar Cabra sigue siendo intensa. Dirige una fundación, trabaja con empresas y desarrolla nuevas metodologías para trabajar mejor. Pero hay una gran diferencia: cómo gestiona esa intensidad.

“He descubierto que estar conmigo misma es más divertido de lo que yo pensaba”, confiesa. Ya no rehúye los momentos de pausa. Conseguido esto, sus metas van más allá.

“Tengo dos objetivos”, apunta, “el primero es que me lean muchos hombres. Porque las mujeres cuidamos más de nuestra salud mental, pedimos ayuda y ponemos remedio, pero muchos hombres no”.

“En segundo lugar”, continúa, “me gustaría que muchas de las prácticas que propongo se implementen en empresas. La mitad del libro está diseñado para que cualquiera pueda ponerlo en práctica en su lugar de trabajo. Creo que para lidiar con la actual epidemia de salud mental tenemos que cambiar la manera en la que trabajamos y eso tiene que ocurrir desde el centro de las empresas”. 

“Gran parte del sufrimiento que nos causa el trabajo es fácilmente prevenible”, afirma. “Todo lo que podamos hacer será bienvenido, porque vivimos en un mundo que ya está lleno de problemas muy complejos como para crear problemas adicionales”, concluye.

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