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El reto de atender a tiempo el hambre en Etiopía: “No deberíamos esperar a que un niño esté desnutrido para ayudarlo”

Enat, de 13 años de Etiopía, fue obligada a dejar su escuela y a casarse con un extraño para ayudar a su familia, que tenía problemas económicos por la sequía

Maialen Ferreira


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El último informe sobre el hambre en el mundo publicado por Naciones Unidas concluye que, en 2021, un total de 828 millones de personas -el 9,8% de la población mundial- no pueden alimentarse correctamente. La cifra ha aumentado en 46 millones respecto al año anterior y en 150 millones desde que comenzó la pandemia. Las catástrofes medioambientales como las sequías, la falta de producción alimenticia, el aumento del precio de los alimentos importados o los conflictos armados, son algunas de las razones por las que millones de personas no tienen acceso a comida ni agua.

Etiopía es uno de los países más afectados por esta situación, donde cada año 7 millones de personas no cuentan con un apoyo para la agricultura, más de 20 millones se encuentran en inseguridad alimentaria, otros 7 millones necesitan una respuesta nutricional de emergencia y 16 millones requieren servicios de agua. “Vas sumando y es algo inmenso. El gran reto es tener la capacidad de poder anticipar para evitar que haya tantas personas afectadas. Se trata de un país que ha estado desarrollándose muchos años, pero algo ha fallado porque no hemos sido capaces de mitigar lo que estaba ocurriendo”, explica a este periódico Inés Lezama, coordinadora del clúster de nutrición de Unicef en Etiopía.

Aparte de las propias circunstancias del país, actualmente, Etiopía está sumida en una devastadora sequía que afecta a las zonas del sur, este y noroeste del país. Se trata de la peor sequía en años, lo que hace que haya gran número de desplazamientos de población que huye a lugares donde aún hay agua tanto para vivir ellos, como para hidratar a sus animales y sus tierras, ya que muchos cuentan con la ganadería y la agricultura como modo de vida. “Esto hace que se desplacen a otros lugares en malas condiciones y que dependan de la ayuda humanitaria porque no pueden producir sus propios alimentos”, detalla Lezama.

Las ayudas humanitarias les ofrecen acceso a agua, a sanidad, educación y a nutrición, ámbito en el que Lezama está especializada. Según indica, las mujeres embarazadas y lactantes y los menores son la población más vulnerable y quienes desarrollan más desnutrición aguda, que es la que tiene más riesgo de muerte y requiere un tratamiento urgente. Además del contexto propio del país, la invasión de Rusia a Ucrania y la crisis energética afectan sobre todo a la hora de acceder a fertilizantes para poder producir alimentos en temporada de lluvia. “Ahora empieza a llover, pero se calcula que se han perdido cuatro periodos de lluvia consecutivos en los dos últimos años. Se teme que ahora, a pesar de que llueva, no sea suficiente para empezar a producir”, señala Lezama, quien explica que, a raíz de esta situación, en algunas zonas han aumentado los casos de malaria y el riesgo de cólera. 

En los casos de desnutrición infantil, Unicef interviene a través de actividades que fomentan el acceso al agua, con camiones cisterna o habilitando pozos y se realizan iniciativas para fomentar la higiene. Para evitar casos de desnutrición, se realiza un cribado masivo de la población infantil, a la que también se le atiende a través de programas de vacunación, enfermedades y con programas educativos y sociales. Cada año, el equipo de Lezama atiende a más de un millón de niños con problemas de desnutrición. Por lo pronto, han atendido a 300.000, a los que a la mayoría han salvado la vida, pero según confiesa, han tenido que lamentar algunas muertes. “A pesar de que hemos salvado casi a 300.000 niños, porque también hay un porcentaje de niños a los que hemos atendido y han fallecido, sabemos que todavía nos quedan muchísimos por tratar”, sostiene. Uno de los casos que más le han impactado en su experiencia en Etiopía es el de Zahara, una niña desplazada en situación vulnerable. “Nos la encontramos en un centro de salud, estaba recibiendo un tratamiento y no estaba respondiendo bien a él. Muchas veces eso sucede porque llegan muy tarde o por otras razones que no tienen que ver con la calidad del tratamiento. Fue uno de los casos que a mí más me chocó porque aunque lleguemos a dar respuesta a casos tan vulnerables como el de esta niña, hay veces en las que llegamos tarde y podríamos llegar antes. Para mí ese es el mensaje primordial. No hay que esperar a que un niño esté desnutrido o con complicaciones médicas, deberíamos llegar antes para prevenir estos casos”, lamenta.

Para Lezama, el problema de la ayuda humanitaria no es de recursos, sino de saber actuar a tiempo. “No es tanto lo que falta, es cuestión de tiempo. Es de darnos cuenta si estamos actuando cuando debemos actuar o no. Por ejemplo, ahora, sabemos que los llamamientos llegan tarde. Desde mayo estamos viendo un aumento impresionante de niños que están en centros de salud esperando a ser tratados y sabemos que es algo que va a continuar hasta el mes de septiembre. Creo que no estamos anticipando lo suficiente una respuesta adecuada en estos momentos del año. Considero que hay suficiente ayuda y colaboración, pero que debe realizarse a tiempo, para que no lleguemos siempre tarde y que cuando lleguemos al lugar ya sea demasiado tarde para hacer algo”, concluye.

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