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GALICIA

"Hay que entender la transición hacia el postcapitalismo como una oportunidad para vivir mejor"

Emilio Santiago acaba de publicar No es una estafa, es una crisis (de civilización) y Rutas sin mapa. Horizontes de transición ecosocial, en los que analiza los mecanismos para abandonar las sociedades basadas en el petróleo y el consumo.

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Emilio Santiago Muíño

Emilio Santiago Muíño Daniel López García

Emilio Santiago Muíño (Ferrol, 1984) acaba de publicar No es una estafa, es una crisis (de civilización) (Enclave, 2015) y  Rutas sin mapa. Horizontes de transición ecosocial (Los Libros de la Catarata, 2016), en los que desgrana los mecanismos para abandonar las sociedades basadas en el petróleo y en el consumo. Doctor en Antropología Social, en su tesis -defendida el pasado mes de enero- analizó la (obligada) transición hacia una sociedad post-petróleo en Cuba tras la caída de la URSS. Es miembro, además, del Grupo de Investigación Transdisciplinar sobre Transiciones Socioecológicas, y formó parte del grupo promotor del manifiesto Última Llamada.

Aunque nacido en la ciudad naval, se marchó muy joven con sus padres a Móstoles, donde vive. Tiene amplia experiencia en movimientos sociales y es, por ejemplo, uno de los fundadores del colectivo de investigación y transformación social Rompe el Círculo, principal impulsor del paso dado hace unos meses por la urbe madrileña, que se ha unido al movimiento de Ciudades en Transición. Emilio Santiago Molino, completando el retrato, es autor de dos poemarios y forma parte del grupo de rap Punto de Fuga y escribe letras para la formación Las órdenes de mayo.

A pesar de su juventud, se he convirtido en una de las voces españolas más respetadas entre el ecologismo social y la defensa de una transición hacia una sociedad postcapitalista. Estuvo este miércoles en Ferrol presentando sus dos obras más recientes. Hablamos con él.

Titulas uno de tus libros, de forma provocadora, No es una estafa. Es una crisis. ¿En los últimos años, en el marco de la crisis económica, los recortes y de la contestación social que provocaron, hemos olvidado en parte la base del problema?

El lema No es una crisis, es una estafa tiene cierto encanto político, porque nos ha permitido reactivar la lucha de clases, lo que siempre está bien. El problema es que este lema, que puede tener cierto atractivo político, peca a la vez de un error grave de diagnóstico, que es pensar sobre todo en la estafa -que sí la hubo, en la medida en que asistimos a una operación beligerante por parte de las élites para cargar sobre las clases populares la parte más gruesa de esta crisis- y creer que esta opera en un sistema económico sano. En realidad estamos funcionando sobre la mayor disfuncionalidad de la historia del capitalismo. Si nos quedamos únicamente con el lema de la estafa es fácil que lo que resulte sean propuestas de volver a un escenario social que ya es imposible. Si los movimientos sociales y de contestación no afinan un poco más su diagnóstico de época, es posible que surja un movimiento que lleve a una frustración terrible. El lema moviliza algo importante: el hecho de encontrar responsables, pero hay que reflexionar algo más allá de eso y ver que por debajo de la operación de socialización de pérdidas nos estamos enfrentando a un problemón histórico para el cual no tenemos referentes que nos indiquen qué hacer.

¿Es ya tarde para poder llevar a cabo un cambio ordenado hacia una sociedad post-petróleo? ¿O todas las salidas pasan ya por cambios que tendrán efectos traumáticos en la sociedad?

Es tarde, sí. La oportunidad la perdimos en los años setenta. La de los setenta es una década muy especial; en el futuro se entenderá que en ella había una serie de elementos que habrían facilitado una transición ordenada y menos traumática hacia sociedades sostenibles. Ahora estamos en un escenario completamente distinto, que es un escenario de aterrizaje de emergencia. De lo que se trata es de salvar los muebles y de minimizar el daño que sí o sí vamos a sufrir. Es un tanto descorazonador, porque es difícil construir y activar un movimiento social se dices claramente que lo mejor que puede pasar es empatar y mal. No se puede ganar en este tema. Pero no deja de ser estimulante el intentar ese fracasar mejor, como dice Jorge Riechmann en un de sus libros. Perdimos hace tiempo la ventana de oportunidad de hacer una transición ordenada y tampoco nos queda mucho margen para que ese aterrizaje de emergencia logre adquirir un rostro humano. Tenemos muy poco tiempo y las inercias sociales nos están empujando cada vez más hacia el peor de los escenarios posibles.

¿Por donde pasan las soluciones para conseguir este aterrizaje de emergencia? ¿Es suficiente con cambios a nivel personal, de hábitos, son necesarias grandes decisiones políticas y colectivas, un cambio radical de cultura...?

La solución pasa por todos estos caminos. Pero creo que conviene desmontar algunos relatos que en los últimos años se han hecho muy fuertes. Hay que decir, primero, que el cambio individual es insignificante si consideramos los retos que tenemos que enfrentar. No digo que no tenga su valor, pero la transición pasa por cambios en la vida colectiva. Habría mucho que discutir sobre prioridades y tareas. En un de los libros hago un pequeño croquis de tareas a abordar en el siglo XXI, y las clasifico en tres grandes ejes de trabajo: uno que tendría que ver con la reconversión de todo nuestro metabolismo energético y material, el modo en que intercambiamos energía y materiales con los ecosistemas. Otro eje tiene que ver con la transformación de nuestros sistemas socio-económicos y politico-jurídicos, porque aunque esa especie de reconversión eco-eficiente se llevara a cabo estaría destinada a fracasar si no conseguimos vivir en sociedades que no hagan del crecimiento su condición de posibilidad; esto nos lleva al tránsito hacia sociedades post-capitalistas, lo que es una tarea inmensa.

Y un tercer eje, también imprescindible, que tiene ver con el cambio en el paradigma cultural, que está relacionado con nuestras cosmovisiones pero también con nuestros valores y con la idea de felicidad que nos gobierna. Hago mucho énfasis en la cuestión del deseo: si no somos capaces de construir un movimiento que haga del descenso energético y material una aventura de vida excitante, si no somos capaces de inventar otra idea de felicidad que nos permita vivir bien o mejor con menos, es muy probable que fracasemos y que lo que surja de nuestros sistemas sociales sean soluciones eco-totalitarias o eco-fascistas.

¿En que medida estos debate están presentes en el debate político y en la agenda social? Es la izquierda más permeable que antes de la crisis a estas ideas? Hace dos años se publicó el manifiesto Última Llamada, con una importante presencia de líderes políticos y sociales, pero da la impresión de que no se ha avanzado mucho por ese camino...

No se ha avanzado nada. Y todos estos temas, además, están completamente fuera del debate político en España. Es muy significativo que en el debate a cuatro de la última campaña electoral -que coincidió con la celebración en París de la Cumbre del Clima- no hubo una sola mención a la lucha contra el cambio climático; ya no hablo de poner en tela de juicio la filosofía del crecimiento sino de hacer referencia a un relato oficial, que estaba convocando a toda la gobernanza mundial. Y creo que la izquierda sigue siendo igual de impermeable. El manifiesto 'Última llamada' es interesante como signo que nos habla de una época, con sus contradicciones. considero que fue masivamente firmado porque refiere a un ámbito, el de la sostenibilidad, que suena bien dentro de una cierta corrección política. El problema llega cuando profundizamos un poco y debatimos las implicaciones de esta sostenibilidad.

Creo que hay dos grandes obstáculos para que este tema entre en la agenda política, incluso de la izquierda. El primero es que se trata de un programa completamente incompatible con las bases de funcionamiento de nuestro sistema. En ese momento algunas voces próximas a Podemos comentaron algo como “hablando de decrecemiento no se ganan elecciones, por lo tanto es imposible colocarlo en el centro del debate público”. A lo que se le podría responder: “y ganar las elecciones para no enfrentar ese problema, ¿de que sirve?”. Claro está que esto es un problema real, porque para ganar las elecciones tienes que jugar con estrategias para grandes mayorías y eso, para hacerlo en poco tiempo, tienes que hacerlo con los mimbres discursivos existentes.

El segundo obstáculo tiene que ver con la propia inteligencia colectiva de nuestras sociedades, que están sufriendo un profundo proceso de degeneración, que hace que un tema llegue en un momento, ocupe el centro del debate y la atención social por un breve tiempo, y se diluya rápidamente. Nos estamos convirtiendo en una especie de banco de pescados sin memoria, que es uno de los síntomas más claros de nuestra propia crisis de civilización: nuestra incapacidad para priorizar los asuntos importantes y darles respuesta.

Quería que me explicaras brevemente la experiencia que lleváis años impulsando a través de Rompe el Círculo y que ahora está siendo puesta en práctica desde el propio Ayuntamiento de Móstoles. ¿Es exportable, por ejemplo, a entidades locales gallegas?

Nuestra experiencia comenzó en 2003, con una serie de personas que veníamos del movimiento libertario, que tomamos conciencia del tema del pico del petróleo y que entendimos que eso lo cambiaba todo. Comenzamos a hacer un trabajo de intervención social, desde lo local y desde el barrio. En el 2011 el 15M multiplicó el alcance de nuestra actividad y este año el Ayuntamiento de Mostoles ha aprobado una declaración oficial, que de momento no deja de ser un papel que todavía hay que concretar en acciones concretas y en proyectos prácticos en la ciudad. La experiencia de Móstoles es extrapolable a otros lugares sólo en parte. Compartimos una mismo paisaje social, hay un desencanto de época que se alimenta de la crisis socio-económica, pero no sólo. Pero también hay que tener en cuenta singularidades: Móstoles tiene un tejido de movimientos sociales muy fuerte y, además, se había conseguido un ambiente de entendimiento entre las distintas tendencias políticas de la izquierda. Además, hay que tener en cuenta que un grupo de personas, muy concienciadas con el tema del peak-oil, llevaban casi una década trabajando muy intensamente en este tema, no es algo que apareciera de pronto. Nos costó cuatro años de trabajo llegar a un diagnóstico compartido por las fuerzas sociales mostoleñas del ámbito del anticapitalismo. Ahora tenemos el reto, que es un reto enorme, de salir de la esfera de influencia de los movimientos sociales y llegar a la ciudadanía que no se moviliza.

¿Cómo se consigue esto? ¿Qué estrategias se pueden poner en marcha?

Además de la difusión y de la divulgación, es importantísimo trabajar con las prácticas. La izquierda ha sobrevalorado el papel de la conciencia en los cambios sociales, cuando en realidad la gente cambia más cuando el cambio le ofrece soluciones prácticas a sus problemas. No se trata tanto de difundir como de generar las alternativas que le sirvan a la gente. Además, creo que es importante trabajar al mismo tiempo dentro y fuera de las instituciones; al mismo tiempo que negociamos proyectos con las administraciones, no dejamos de hacerlos fuera de la institución, porque entendemos que el camino institucional tiene límites. También llegamos a la conclusión de que tenemos que partir de un marco común, y desde ahí ir dando pasos moderados. Tú no puedes ir con un discurso que sea diametralmente opuesto a lo que la gente percibe y siente.

Hay una serie de cosas -que habría que esforzarse más en detectar- que ya están en nuestro marco cultural, y que hacen que la gente desee otro tipo de vida que la sociedad de consumo no les puede dar. Tenemos que trabajar con una idea de abundancia de tiempo, de relaciones personales densas, de otro modo de felicidad basado en vidas más sencillas... Eso ya está ahí, eso no hay que construirlo. Y eso es lo que nos está permitiendo llegar más a la gente. Hay que entender la transición como una oportunidad para vivir mejor, una oportunidad de vivir bien con menos -lo que llamamos 'lujosa pobreza'-, aunque eso nos lleve a minimizar en el relato los enormes costes sociales que necesariamente va a tener. Pero si vas con un discurso basado en el coste social y en el sufrimiento, te das con un muro de impermeabilidad. Hay que encontrar un equilibrio entre la responsabilidad de decir la verdad de lo que pasa y la capacidad de enamorar o de ilusionar con el cambio que viene.

¿Que lecciones podemos aprender, salvando las distancias, de la experiencia cubana durante el Período Especial, en la que el país tuvo que funcionar con muchos menos recursos?

Podemos aprender muchas cosas. Eso sí, primero quiero decir que la imagen que tenemos de la transición en Cuba está profundamente idealizada. La cosa fue mucho más compleja y mucho más dura de lo que a veces se cuenta. En cualquiera caso, se consiguieron logros que yo califico de históricos. El problema es que fue una transición forzada por las necesidades, y en ningún caso operó ningún cambio antropológico que hiciera al pueblo cubano desear eso. Por eso ahora estamos asistiendo a una readaptación del metabolismo cubano a las coordenadas globales que está haciendo retroceder muchos de los logros que se consiguieron en esa época. Cuba nos enseña que es posible esa transición y nos da pistas sobre algunos ingredientes claves que no pueden faltar, pero al mismo tiempo nos muestra los grandes límites que tenemos: hasta que los cubanos no deseen desengancharse de la sociedad de consumo -y actualmente no lo desean, todo el contrario- esa transición tiene los pies de barro.

Mi investigación tuvo por lo tanto un resultado agridulce: al tiempo que constatas que hubo cosas concretas que funcionaron muy bien -desde la agricultura urbana hasta ver como la agroecología puede alimentar una nación con pocos químicos- ves también que el pueblo cubano no quiso enfrentar esa transición, y en el primero momento que hay la posibilidad de acercarse a la sociedad de consumo se lanzan a por eso. El socialismo dibujó un paisaje social que facilitó algunas cosas y dificultó otras, pero la sociedad cubana es en esencia una sociedad profundamente moderna en la que el consumo de mercancías sigue siendo un elemento central, que le da sentido a las vidas. Y mientras eso siga siendo así, va a ser muy complicado que la gente quiera voluntariamente decrecer. De nuevo encontramos el problema cultural: si no somos capaces de querer vivir mejor con menos, va a ser imposible que no derivemos en sociedades eco-totalitarias que nos harán pelear por los últimos recursos que queden en el planeta.

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