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Pongo, cantante de kuduro: "Mi música es una trinchera desde la que defenderse del mundo"

La cantante de kuduro, Pongo

Poco después de cumplir los ocho años, Pongo (Luanda, 1992) y su familia emigraron a Portugal huyendo de las condiciones de vida de una Angola devastada tras 25 años de guerra civil. Atrás quedaron amigos, familia y una sólida cultura nativa que sobrevivió sin apenas mestizaje a cuatro siglos de colonialismo y esclavismo portugués. Pero la vida en Europa no resultó ser nada fácil para una familia migrante con pocos recursos. Aterrizaron en Lisboa en el año 2000 y vivieron en primera persona el trato injusto de la segregación racial. Como la mayoría de angolanos en la capital portuguesa, se instalaron en un barrio pobre cerca de su gente. Allí se quedaron varios años en un piso con dos habitaciones para seis personas, pero cerca de la comunidad que, todavía hoy, mantiene viva la cultura angolana en la diáspora.

Los recuerdos más antiguos de Pongo están ligados a la danza. Aunque siempre quiso ser bailarina profesional, no fue hasta los 15 años cuando encontró un espacio en el que poder expresarse libremente con su cuerpo. Aquel lugar era la estación de tren de Lisboa donde, por casualidad, conoció a otros bailarines con los que compartía cultura y generación. En aquella escena underground encontró su lugar y muchas amistades que le ayudarían a llegar a ser quien es hoy: una de las referentes que está revolucionando la música afro-portuguesa.

¿Qué queda de aquella infancia en Angola en la Pongo de hoy?

Absolutamente todo. Aunque más adelante fui entendiendo que el contexto político y social en el que me crié no era idílico, los recuerdos que guardo son todos hermosos. Son los recuerdos de una niña feliz rodeada de su gente, de su tradición, de su cultura. Aquellos recuerdos son lo más bonito que guardo en mí y son los pilares sobre los que hoy me sostengo como persona y como artista. La visión que tengo de la Angola de aquel momento es que era mi tierra, el lugar donde quería estar. 

La realidad de Angola en el momento que os fuisteis era muy diferente a la europea.

El cambio fue muy difícil. No solo por tener que abandonar nuestras vidas de allí, sino porque la integración aquí también resultó ser dura. No fue nada fácil entrar en la cultura y en la sociedad portuguesas. Aunque siempre fui una niña extrovertida y amigable, en la escuela sufrí bastante discriminación. Quería hacer amigos, pero muchos de aquellos niños solo me hablaban para llamarme negra. Se creían que en mi tierra la gente iba en taparrabos. Fue bastante duro hasta que me adapté. No recibí nada de ayuda por parte de los profesores. Les contaba lo que vivía pero no hacían nada. Así que empecé a defenderme sola y a la fuerza. Les intentaba explicar la realidad de Angola, los juegos que sabía, mi cultura, pero ellos no demostraban ningún interés y seguían con el acoso. A partir de ahí, cuando me llamaban negra, les soltaba una bofetada.

¿Por miedo a esa exclusión tu familia decidió seguir viviendo dentro de la comunidad angolana de Lisboa?

Lo cierto es que no había mucho mestizaje en ese contexto y quizás por eso también me costó más integrarme. Crecí gran parte de mi adolescencia cerrada en aquella comunidad. Mis padres querían seguir esa vida y yo y mis hermanas la vivimos junto a ellos. El lado bueno es que aquel contexto vital, un poco nostálgico, me hizo seguir viviendo el ambiente de mi tierra. Marcó en mí, más todavía, la voluntad de volver a Angola y mantener viva nuestra cultura.

El punto de partida de tu carrera fue en 2007, cuando tuviste la oportunidad de conocer a la banda Buraka Som Sistema. ¿Cómo llegó una joven de 15 años a ser vocalista de la banda más representativa del kuduro de aquel momento?

Fue un cúmulo de casualidades. Un día, paseando por Lisboa, me crucé con un grupo de artistas que bailaban en la estación de tren. Cuando los vi no me lo podía creer, estaban bailando kuduro. Para mí, aquel momento fue un antes y un después. Había encontrado mi mundo. Eran personas de mi edad, angolanas y que estaban viviendo la misma situación que yo. Fui junto a ellos, me invitaron a bailar y ese mismo día me acogieron como parte del grupo. Se podría decir que ahí empezó todo.

Además de bailar, en este grupo también cantaban para acompañar el movimiento. Cada vez que nos salía una música nueva, tenían por costumbre enviársela a Buraka Som Sistema porque alguno de ellos conocía a uno de los integrantes de la banda. Un día los acompañamos a un estudio de los suburbios del barrio lisboeta de Amadora y se dio la casualidad de que uno de los vocalistas no había podido venir a la sesión. Entonces nos invitaron a cantar unos coros para llenar un poco la grabación. Yo no era cantante, pero me gustaba mucho el kuduro y, por supuesto, también lo cantaba. Al día siguiente, bailando en la estación, canté un par de versos mientas bailábamos. Alguien lo grabó y, sin yo saberlo, se lo enviaron a los Buraka. Pasado algún tiempo, recibí una llamada de la banda diciendo que habían escuchado mi música y mi voz y que les encantaría que yo cubriese a la vocalista que había dejado el grupo.

Fue entonces cuando compusiste la canción que te catapultaría como cantante.

Sí. Entré a formar parte de la banda y en los primeros días ya les presenté el Wegue Wegue, que luego acabo por convertirse en uno de los temas más conocidos de la banda, con millones de reproducciones en internet. El día que se lo presenté en el estudio estaba bastante nerviosa y tímida, pero canté y les gustó. Desde ahí, me aprendí todo el repertorio de la banda para poder hacer la gira que tenían prevista y para la que se habían quedado sin vocalista. Nos hicimos Portugal de norte a sur a la vez que seguíamos desarrollando la canción que había compuesto.

Esa canción, titulada Kalemba, se estrenó en el 2008 y fue una explosión total en la red y fuera de ella. ¿Qué significó para aquella joven Pongo todo ese éxito?

Acababa de empezar mi carrera musical con 16 años y la primera canción que hice había tenido un éxito enorme. Como todos los adolescentes, era bastante ingenua. No entendía bien el alcance de todo aquello. Pero aunque todavía no conseguía entender bien mis sentimientos ni a mí misma, tenía una fuerza con la que me sentía capaz de todo a nivel profesional. Pero fuera de la escena, todo era diferente. En mi casa seguíamos teniendo necesidades y, encima, mi padre era una persona muy violenta.

En ese momento, yo seguía creciendo, pero tenía saudades de Angola, de mi familia, de mi tierra. Toda aquella unión, todo aquel amor que tenía guardado se iba deshaciendo por lo que vivía en casa. La danza y la música se convirtieron para mí en un refugio en aquel momento de mi vida. Quería ayudar a mi familia con aquella oportunidad que tenía de trabajar con Buraka, pero al poco tiempo, me dejaron de lado por cuestiones que nunca me llegaron a explicar.

Hubo un lapso de tiempo bastante grande desde que te echaron de la banda hasta que emprendiste tu carrera en solitario. ¿Qué fue lo que pasó?

Entonces tuve que enfrentarme a muchísimos problemas de mi vida. Económicos, familiares y académicos. Me vi envuelta en un bucle muy grande de tristeza que me dejó sin ganas de nada. Pero desperté y me puse a trabajar mucho por mi proyecto en solitario, por hacer mi música. Al mismo tiempo tenía que criar a mis tres hermanas estando sola. En cierto modo, no pude vivir plenamente mi adolescencia. Eso sí, todas esas experiencias me volvieron mucho más fuerte y capaz. Por suerte conseguí sacar el lado bueno de todo y no bajar los brazos. No quiere decir que no tenga mis demonios del pasado, pero he aprendido a mantenerlos a raya. Pero mira, después de 10 años de trabajo duro, con muchos robos y engaños de por medio, he conseguido ser quien soy.

¿Ha habido tantos engaños en tu camino?

Te contaré el más grave. Estuve años luchando por mis derechos sobre la canción más exitosa de Buraka. En ese sentido, tuve que aceptar que el éxito de aquella canción se lo llevasen otros y yo me quedase en el anonimato. Mi canción estaba girando por le mundo entero, pero yo seguía en mi casa de Lisboa sin que nadie supiese que había sido yo quien la había compuesto.

¿Cuáles son las principales influencias de tu música en solitario?

Una de las grandes inspiraciones que tengo para crear mi música es aquella vida de joven en Angola y todo el ambiente que seguí viviendo en mi comunidad ya en Lisboa. Todo aquello que guardo en mi memoria es el principal motor que me ayuda a seguir creyendo en mí misma y en lo que hago. Vivir vale la pena y el kuduro es la trinchera desde la que lucho. Aunque mi lucha empezó dentro de casa, el mundo de afuera es todavía más hostil.

En cuanto a referencias más estrictas, mi educación musical está muy ligada a las músicas tradicionales de Angola: el zouk, el semba… No se puede entender Pongo sin esa mezcla de sonidos de mi tierra. Luego, en mi propio camino, también sigo de cerca el R&B y el rap old school. En parte, veo al rap y al kuduro como historias paralelas. Dos músicas que crecieron en guetos, uno en América y otro en África, pero marginales los dos.

El kuduro nació en Angola entre finales de los ochenta y principios de los noventa en un contexto muy diferente del que vivimos hoy en Europa. ¿Qué es lo que mantiene tu música de todo aquello?

Principalmente, la esencia y el flow. Las variaciones y la dinámica del estilo. Pero entre todo, creo que la actitud y cómo nos enfrentamos a la música es uno de los factores más importantes que hacen del kuduro lo que es, una música con la energía de una revolución. Incluso desde nuestra escena abordamos temas sociales con danza, fuerza y alegría. Aunque sea para hablar de problemas. Cuando bailamos felices sobre nuestros problemas, quiere decir que los aceptamos y ese es el primer paso para que seamos capaces de lidiar con las dificultades de nuestras vidas. 

Entonces, contra lo que se puede leer de algunos críticos, ¿hay mensaje en el kuduro?

El kuduro para mí es mensaje. Si tenemos que oír todo aquello malo que nos pasa en un contexto oscuro, el shock es mayor y despierta en nosotros sentimientos tristes que nadie quiere sentir. Nosotros hacemos kuduro de lamento, que es un subgénero dentro del kuduro. Contamos cosas tristes, pero con una energía que no te permite derrumbarte. Las personas lo entienden, saben que hay una historia tras aquella mujer que les canta desde el escenario. El kuduro es humano y al escucharlo es imposible no sentirlo.

En el panorama internacional, se puede apreciar que la música afro-portuguesa va cogiendo cierto protagonismo más allá de los países lusófonos. Está llegando tan lejos que usted llegó a tocar en el Palacio del Elíseo delante del presidente francés, Emmanuel Macron.

Sí y pasaron cosas muy divertidas. Que conste que, para mí, un concierto es un concierto, ya sea cantando en los suburbios de Lisboa o delante del presidente de Francia. Pero aún así, estaba en Palacio del Elíseo y eso imponía. Poco antes de salir al escenario, me dijeron que Macron quería conversar un poco conmigo y, la verdad, fue todo muy natural. Hasta le enseñé a la primera dama, Brigitte Macron, unos pasos básicos para bailar kuduro. También intenté enseñarle al primer ministro a pronunciar la erre de kuduro, pero no lo conseguí (risas). Toda la familia Macron bailó y para mí fue un honor, una experiencia única. Si no fuese por la pandemia, habríamos ido a Angola en mayo de 2020 al encuentro del presidente Macron con el primer ministro angolano, João Lourenço. Yo iba a ser la encargada de la presentación entre uno y otro, pero todo se truncó por culpa de la COVID.

A propósito del coronavirus, ¿cómo lidiaste con la pandemia a nivel profesional?

Fue extremadamente complicado. Llegué a deprimirme mucho. Llevaba luchando mucho en los años antes de la pandemia para forjarme una carrera y esto fue un golpe muy duro a todo mi trabajo, a todo mi esfuerzo. Acababa de lanzar mi último single, UWA, con un videoclip increíble grabado en Senegal. Tenía la intención de volver a mostrar, una vez más, la cultura africana al mundo a un nivel altísimo. Pero apareció la pandemia y todo se fue al traste. Todos los conciertos cancelados justo cuando mi carrera empezaba a coger fuerza.

Se me generaron muchas dudas y de hecho creo que fue un punto de inflexión. Viví una metamorfosis personal por el shock que nos tocó vivir. Perdí mucho peso, me costó mucho levantar el ánimo. La gente estaba confinada en casa y yo tenía que adaptar mi show a esas condiciones, pero necesitaba el directo, necesitaba el escenario. No puedo vivir sin esa energía que me transmite la gente a la que le canto: todo lo real. Fue difícil trasladarme a lo virtual, pero una vez más hubo que levantarse y adaptarse a las circunstancias.

Este año, tu próxima visita a España será el 28 de agosto en el festival Sons da Canteira, en O Porriño (Pontevedra). ¿Qué vamos a encontrar en el concierto? ¿Se puede escuchar un concierto de kuduro sentado en una silla?

Claro que sí, la gente va a tener que bailar, no se va a poder resistir. Aunque sea desde la silla. Cuando salga al escenario, voy a dar todo lo que a mí me gustaría recibir. Las personas que vayan sé que, sentados o no, van a llenarse con la energía que les vamos a mandar desde el escenario. Vamos a divertirnos, a bailar, a sentir amor y a compartir la buena energía. Todos necesitamos esperanza y yo intento aportar algo de eso en estos momentos tan duros. No es saludable que hayamos tenido que estar tanto tiempo con esta energía tan triste. Es preciso coraje para salir de esta jaula en la que estamos encerrados. Coraje para crecer y abrazar la esperanza. Volveremos a nuestras vidas normales. Con kuduro y con energía.

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