¿Teme el PP otro Verín? Las renovaciones forzadas por la cúpula del partido en Ourense tensan la cuerda de la escisión
“Sinceramente, espero que no se den más problemas de este tipo”. En su reaparición al frente del Consello de la Xunta el primer día de septiembre, el presidente del PP gallego, Alfonso Rueda, no restaba importancia a la crisis de su partido en la localidad ourensana de Verín, donde los cuatro concejales abandonaron en bloque el ayuntamiento: “No se lo voy a negar, fue una situación complicada”. Una situación que alcaldes veteranos achacan en parte a “las formas” con las que el presidente provincial, Luis Menor —hombre de Rueda en la provincia tras décadas de baltarismo—, está llevando a cabo la renovación del partido apostando por la “imposición” frente al “diálogo”, una actitud que no deja de agitar el eterno fantasma de una escisión en una demarcación con personalidad política propia desde la Transición. El objetivo final, que el “granero de votos del PP” vuelva a teñirse de azul en las próximas elecciones municipales. Lejos quedan los tiempos en los que casi ocho de cada diez alcaldes de Ourense eran populares. Y lo que es aún más grave para sus intereses: hoy, el dominio que aún mantiene entre los pequeños concellos no llega a las grandes villas.
Al mismo tiempo que Rueda hablaba en Santiago, Menor, desde la Deputación que preside gracias al apoyo de la populista Democracia Ourensana, tampoco ponía tiritas: “El partido está lejos de su mejor momento, a 18 alcaldías del que fue el techo del PP ourensano, que eran 72. Eso es un dato objetivo”. Pero el problema no es sólo el número total: también el tamaño de los lugares donde gobiernan. La provincia tiene 306.000 habitantes de los que más de un tercio (105.000) viven en la capital, que no tiene un regidor popular desde 2019. Sólo hay otros ocho concellos por encima de los 5.000 habitantes y, prácticamente ninguno es de color azul.
“Yo soy el alcalde con más votos que tiene el PP en la provincia de Ourense. Me gustaría no serlo, porque significa que no ganamos en las villas importantes”. Sus palabras en público demuestran que el propio Menor, alcalde de Pereiro de Aguiar (6.500 habitantes, séptimo de la provincia) es una excepción. La otra, de facto, se encuentra en O Carballiño (14.000 habitantes, segundo municipio más poblado). Allí, en una situación inédita, el PSOE —tras perder la mayoría absoluta— selló un pacto con el PP que incluía la cesión del bastón de mando durante el último año de gobierno. Un traspaso que ha necesitado hacerse oficial, ya que la baja del regidor socialista ha convertido desde hace meses al popular José Castro en regidor de la localidad.
El resto del mapa deja alcaldes del PSOE en Verín y O Barco de Valdeorras; en Barbadás –donde al PP se le han ido dos concejales al grupo de no adscritos–, a un exsocialista, apartado del partido por denuncias de acoso, que se deja querer por Democracia Ourensana. También son independientes los regidores de Xinzo –en coalición con el PP– y de Celanova –gracias a los socialistas–. Allariz, por su parte, se mantiene como feudo del BNG desde 1991.
“Algunos no aceptan no pasar de los 300 votos”
Mención especial merece la capital provincial, donde un PP estancado en los 7 de ediles vio como hace tres años el alcalde, el populista Gonzalo Pérez Jácome (Democracia Ourensana), rentabilizaba su acuerdo de gobierno para alcanzar los 10. El candidato, el que fuera regidor Manuel Cabezas, se negó a reeditar un pacto que concedía a los populares la diputación a cambio del bastón de mando y renunció a su acta. Su sustituta, Ana Méndez, ha sido confirmada como próxima cabeza de lista en un movimiento que dejó numerosos descontentos entre la militancia de la ciudad. Antes que ella, sonó con fuerza otra Ana, Ana Vázquez, la diputada, muy conocida por su estilo bronco y sus frecuentes lapsus lingüísticos. Jácome –que recibió la posibilidad en redes con un rotundo “¡Ojalá!”– se quedó con las ganas de lo que hubiera sido un duelo en la cumbre del trumpismo galaico.
Menor descarta cualquier duda sobre la fidelidad de la militancia. “Están completamente equivocados los que dicen lo contrario” y, después de tratar de ceñir la crisis de Verín a lo personal –“aunque podía haber alguna cuestión política”–, insiste en la necesidad de actuar, sobre todo, donde no gobiernan. Allí no lo hacen desde 2015, pero su movimiento de ficha se complicó más de lo que esperaban. Tras la marcha de los cuatro ediles se produjeron siete renuncias en el grupo municipal, alguna después de anunciarse que recogería el acta. Eso obligó a llegar hasta el puesto número 15 –de 17– para encontrarles relevo. Unos días después, trataban de zanjar la crisis confirmando al candidato a la alcaldía, el diputado Víctor Baladrón. “Creo que fue la manera de actuar que la gente esperaba”, diagnosticó Rueda. Pese a su deseo de que no se produzcan nuevas crisis, avanzó que “si se dan, intentaremos solucionarlo de la manera más rápida y eficaz posible”.
“Algunas personas en un momento determinado no aceptan decir: no consigo pasar de los 300 votos y nos hacen falta 500 o 600 para gobernar”, insistía Menor. En esa situación, añadía, a la dirección le quedan dos opciones: “O no me meto en líos y dejo que sigamos perdiendo como siempre o intento hacer algo diferente”. Él eligió la segunda y, en ocasiones, tensando demasiado la cuerda.
“No se puede obligar a nadie a marcharse, hay que negociar”
“Después de tantos años de gobierno, hay un desgaste, sobre todo en las vilas. En los municipios pequeños todo es más fácil pero, en las ciudades, los equipos están cansados y cuando aparecen otros nuevos se producen las discrepancias”. Todo esto lo ve ya de retirada –“estoy en la salida de la autopista”– el alcalde de Muíños (1.400 habitantes), Plácido Álvarez. Centrista en los primeros 90 como la práctica totalidad de los veteranos del PP ourensano, el actual vicepresidente tercero de la Deputación fue la mano derecha de Baltar padre en su última etapa al frente del ente provincial. Aún se le nota. En conversación telefónica con elDiario.es, apenas tarda un par de minutos en citar al autodenominado cacique bueno para asegurar que el partido volverá a apretar las filas cuando toque: “Hay dificultades, pero cuando llega el momento, todos nos ponemos las pilas”.
A sus 68 años, Álvarez no se presentará a la reelección. En abril pasó el testigo a Israel León, un sucesor, elegido “unánimemente” como presidente local y al que tiene intención de ceder también el bastón de mando antes de la cita con las urnas. “Hay que saber estar y hay que saber marchar”, aconseja tras criticar a la actual dirección por “las formas” con las que está pilotando otras renovaciones locales.
“Ya no se lleva eso de decir 'aquí estoy yo', no se puede obligar a nadie a marcharse, hay que negociar”. Para él, el diálogo es “fundamental” porque de las “imposiciones” salen los descontentos y “las candidaturas independientes”, el gran temor de los populares, sobre todo, pensando en conservar la Deputación. Pero no le parece algo nuevo: “Eso siempre pasó” y no cree que haya nada “insalvable” ni que el riesgo de ruptura sea hoy peor que en otros tiempos. “Lo malo siempre se magnifica”, zanja en referencia al caso de Verín.
Habilitado nacional durante los últimos años, Álvarez tuvo su plaza de secretario e interventor municipal en Pereiro de Aguiar, justo donde Luis Menor es alcalde: “Él siempre lo dice, algo tuve que ver en su vuelta desde Santiago”. Por eso, asegura que estas mismas cosas se las dice en persona al presidente provincial: “Lo que le recomiendo es que escuche a todo el mundo, no sólo a un grupo, a los mismos de siempre, los que hasta le ríen los chistes”. Y, después de Baltar, cita a Jordi Pujol –de quien sí señala que “no acabó bien”– para concluir que, tras oír a todos, un presidente toma las decisiones “en soledad”. “Y ahí él hará lo que considere, no se lo voy a decir yo”.
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