El partido más exitoso de todas las democracias está en Japón y es un rodillo electoral desde hace casi siete décadas
La sólida victoria electoral de Sanae Takaichi en las elecciones a la cámara baja del domingo ha vuelto a confirmar una de las reglas históricas de la política japonesa: el PLD siempre gana. Fundado en plena Guerra Fría, el Partido Liberal Democrático nipón ha gobernado de forma prácticamente ininterrumpida desde 1955, con apenas dos periodos en la oposición (14 meses entre 1993 y 1994, más el trienio 2009-2012). Su extremo pragmatismo, sus enmarañadas y bien lubricadas redes clientelares —favorecidas por un sistema electoral enrevesado— y, cuando la ocasión lo requiere, el apoyo más o menos disimulado de EEUU, han alimentado este dominio histórico.
“Es el partido más exitoso de todas las democracias desde el fin de la II Guerra Mundial. Más incluso que el Congreso Nacional Africano de Sudáfrica [tras el fin del apartheid]. Es impresionante”, señala a elDiario.es Robert Pekkanen, director del programa de estudios sobre Japón de la Escuela de Estudios Internacionales Henry M. Jackson, ligada a la Universidad de Washington.
Especializado en el análisis de los sistemas electorales, Pekkanen señala que el partido nace de la fusión de otras dos formaciones de derecha por un cálculo meramente electoralista. El sistema de voto, que se mantuvo sin alteraciones significativas hasta los 90, incentivaba que candidatos de la misma formación tuviesen que competir entre sí porque, en lugar de listas electorales, los votantes solo podían apoyar a un único candidato por cada circunscripción, aunque estas tuviesen múltiples diputados asignados. Y esa competencia entre compañeros “solo puedes hacerla a través de las redes personales y el clientelismo, porque no vas a disputar sobre cuestiones políticas con un aspirante de tu mismo partido”, explica Pekkanen.
Es el partido más exitoso de todas las democracias desde el fin de la II guerra mundial. Es impresionante
Esta especie de caciquismo oriental lleva a que el político esté en permanente campaña, empeñado en caer bien al potencial votante en su entorno inmediato. “Koenkai es la palabra sagrada que define a las redes clientelares, que explican que en la Dieta [la cámara baja parlamentaria] se repitan generación tras generación los mismos apellidos, muy vinculados a determinados territorios. Esos diputados van religiosamente, con mucha frecuencia, a bodas, bautizos y funerales. Hay una relación muy estrecha, que engrasan de manera constante”, explica Fernando Delage, director del Departamento de Estudios Internacionales de la Universidad Loyola y exdirector de Casa Asia en Madrid.
A esto se suma el centralismo fiscal nipón, que permite escasa autonomía a los responsables locales para asignar los recursos, que se reparten desde Tokio. “Si eres un político joven y con ambiciones y vives en una zona que necesita que se construya un puente, vas a tener que acabar afiliándote al PLD, aunque no te caigan especialmente simpáticos, porque son los que deciden dónde va el dinero”, pone por ejemplo Pekkanen.
“El denominado 'sistema de 1955' otorgaba al PLD, de facto, una preponderancia sobre el resto de partidos que era conveniente en el contexto de la Guerra Fría, y que gracias al denominado 'triángulo de hierro' de la política japonesa –con el PLD, el sector empresarial y la burocracia– dio lugar al milagro económico japonés hasta la década de los 90”, relata Oriol Farrés, analista del centro de investigación en relaciones internacionales CIDOB especializado en la región de Asia-Pacífico.
?Koenkai' es la palabra sagrada que define a las redes clientelares, que explican que en la Dieta [la cámara baja parlamentaria] se repitan generación tras generación los mismos apellidos
“Era un partido extraordinariamente pragmático que coincide con el grueso de una sociedad étnica y culturalmente homogénea y también muy inclinada al mantenimiento del statu quo”, apunta Delage, en clave sociológica. Esa flexibilidad programática explica, por ejemplo, que el Japón industrial de los años 70 diese pie a unas de las legislaciones medioambientales más restrictivas de la época, a medida que la conciencia ecologista calaba en la población. “Había episodios frecuentes de intoxicación por mercurio o cadmio, era peor que la China contemporánea”, relata Pekkanen. “Pero aprobaron reglas medioambientales muy estrictas porque, aunque prefiriesen ser más conservadores, lo que más les importaba era ganar”, añade.
El amigo americano y la izquierda
Las diferencias en el eje izquierda-derecha en Japón no remiten tanto a cuestiones como la política tributaria o los servicios públicos, sino que están fuertemente ligadas al fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando el país se ve ocupado por EEUU. “No recupera realmente la soberanía hasta las elecciones de 1955, pero está condicionada a la firma de un tratado de seguridad que implica la permanencia de tropas estadounidenses”, explica Pekkanen.
La posibilidad de abandonar la alianza militar empieza a plantearse en los años 60, una década de ebullición izquierdista, en las que la principal formación opositora, el Partido Socialista, aspira a salir de los bloques geopolíticos. “Quería que Japón fuese Suiza”, describe Pekkanen. El debate parte a la sociedad, que tiene el recuerdo de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki y el bombardeo incendiario de Tokio todavía en la retina.
La división se resolvió en favor del aliado estadounidense, que no se había quedado cruzado de brazos esperando acontecimientos. En la década previa había apoyado activamente la fusión de los partidos que dieron lugar al PLD y maniobrado para rehabilitar a figuras vinculadas al Japón imperial que veía útiles en la lucha contra el comunismo. Uno de ellos era Nobusuke Kishi. Ministro durante la guerra, pasó tras la contienda por la cárcel como sospechoso de crímenes de guerra, pero acabó reincorporándose a la vida política. Fue uno de los fundadores del PLD y primer ministro (1957-1960), como después lo sería su hermano, Eisaku Sato (1964-1972) y su nieto, Shinzo Abe (2006-2007 y 2012-2020).
La influencia de EEUU era tal que el jefe de estación en Tokio de la CIA entre 1974 y 1976, Horace Feldman, llegó a decir, según recogió el periodista Tim Weiner en Legado de Cenizas, donde repasa la historia de la agencia: “Gobernamos Japón durante la ocupación y lo hicimos de una manera diferente en los años posteriores a la ocupación. El general MacArthur tenía sus métodos. Nosotros teníamos los nuestros”.
Reforma electoral y primeras grietas
El final de los 80 trajo a Japón una crisis económica que se extiende hasta la actualidad. En 1993 el PLD salió por primera vez del Gobierno tras una escisión interna que dio pie a un gobierno de coalición en el que participaron por primera vez los socialistas. La experiencia duró poco. “Se unen todos menos el PLD y los comunistas, pero se viene abajo, no tenían nada en común”, relata Pekkanen.
En esos años se cambia la ley electoral. “Es lo que se identifica como la principal fuente de corrupción, que es del sistema en sí, por esa carrera por conseguir recursos, más que por la voluntad el enriquecimiento personal”, plantea Delage.
El PLD se rehace y vuelve al Gobierno en solitario en 1996, tras una efímera experiencia de cohabitación con los socialistas de la que la izquierda sale muy perjudicada. Desde entonces y hasta 2009 pasan otros 15 años en el poder, hasta su primera derrota real ante el Partido Democrático, de centroizquierda. Influye definitivamente en este revés el efecto de la gran recesión y un cierto abandono de la base rural del PLD, tradicionalmente afín, según Pekannen.
Pero la alternancia no dura más de una legislatura. El primer ministro Yukio Hatoyama trata de limitar la presencia militar de EEUU en la isla de Okinawa y se encuentra con el rechazo de la burocracia nacional, muy proclive a la gran potencia. “Era una situación imposible: enfadas a los estadounidenses y decepcionas a los isleños”, apunta el experto electoral, que agrega que la estocada definitiva fue el accidente de la central nuclear de Fukushima, provocado por un terremoto. “Se les culpó por no responder adecuadamente, ellos que ni siquiera eran partidarios de la energía nuclear”, indica.
El PLD vuelve a ganar en 2012 con Abe y el Partido Democrático languidece hasta acabar disolviéndose en 2017. La gobernanza vuelve a ser un juego interno del PLD, ahora con la participación ocasional de partidos minoritarios. Su último aliado, el Komeito, de inspiración budista, decidió romper amarras con el PLD ante la retórica derechista de Takaichi y unirse al Partido Constitucional Democrático, de reciente creación, para constituir la Alianza Reformista de Centro. La maniobra no logra desbancar a una primera ministra que hace valer su popularidad.
“Que sea una mujer es relevante, más en un partido que hasta los 90 no tenía ni una sola diputada”, apunta Pekkanen, que señala su popularidad entre los jóvenes, pero duda de que la actual primera ministra pueda aumentar el gasto militar, como promete. “Japón es la sociedad más envejecida del mundo, por lo que tienen un gasto muy elevado en pensiones. No sé si se puede reducir la deuda, bajar los impuestos y gastar más en defensa al mismo tiempo”, plantea.
“Enfrentarse a China por Taiwan puede ser popular, pero crea una serie de problemas”, advierte Delage, que también tiene dudas de que Takaichi sea capaz de llevar adelante “las reformas estructurales de la economía en las que Abe, que fue su mentor, fracasó”. Si su figura pierde brillo, en el PLD no van a faltar recambios.
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