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Entrevista Ensayista

Nadal Suau, ganador del Anagrama de Ensayo: “La cara de Yung Beef vale más que cien manifiestos de vanguardia”

El doctor en Literatura Contemporánea, crítico literario y profesor Josep Maria Nadal Suau, posa para Europa Press

José Bocanegra

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El escritor y crítico literario Nadal Suau (Palma, 1980), reciente ganador del Premio Anagrama de Ensayo 2023 con la obra Curar la piel. Ensayo en torno al tatuaje, describe esta práctica como “antimoderna”, “política” y “vitalista”. Se trata de un ensayo festivo que, más allá de documentar los avatares del tatuaje desde sus orígenes, ahonda en el uso que hacemos de ellos en nuestros días y trasciende la cuestión para reflexionar sobre los afectos o el modo de relacionarnos en comunidad en el marco de este exhausto capitalismo tardío. De un modo paralelo, la obra muestra también las luchas y los anhelos personales del autor que expone con delicadeza y cercanía al lector algunos momentos de pura vida.

Hace ahora dos años el también crítico literario presentó en el Huerto de Santa Eulalia de la capital murciana —hoy un solar abandonado— El matrimonio anarquista (H&O, 2021), escrito al alimón con Begoña Méndez. Este sábado 2 de diciembre vuelve a Murcia a presentar su flamante ensayo, que resultó galardonado el pasado octubre, en la librería murciana Libros Traperos.

Al reflexionar sobre el título de la obra, Curar la piel, enseguida me di cuenta de que en su aparente sencillez encerraba múltiples significados. Curar la piel es, en sentido literal, lo primero que hacemos cuando nos acabamos de tatuar. No obstante, la palabra curar sugiere aquí connotaciones afectivas; por otra parte, la piel es nuestro órgano más superficial, pero también el más sensible. Y nos protege. Aún hay otro significado más que comentas en el libro, ¿qué es, en el sentido que propones en el ensayo, un curador?

Una persona que se tatúa muchas veces, convirtiéndose en algo parecido a lo que es el comisario en el mundo artístico, que pone en diálogo distintas piezas y con ello crea un discurso propio. Lo que quiero enfatizar con ello es que tatuarse (sobre todo, tatuarse mucho) no solo es una decisión supeditada a los aspectos biográficos, que pueden estar presentes o no, sino al desarrollo de un estilo, de un criterio estético. A los tatuados nos apasiona el entramado de tradición, iconografía y ritual que conforma esta cultura. Ahora bien, el título, como tú apuntas, juega a la polisemia, y también alude al resto de significados.

Entrar en la cultura del tatuaje significa formar comunidad. Los tatuadores guardan una tradición misteriosa y ancestral. En el ensayo pones en valor su figura y nombras a los que más te han marcado.

Esto es algo que probablemente se esté perdiendo con la moda o la normalización, pero, en principio, así debería ser. La perdurabilidad de un tatuaje parece corresponderse con una noción fuerte de los vínculo afectivos, políticos o comunitarios, con la convicción de que ciertas cosas necesitan ser cuidadas. Entre ellas, las lealtades que forjamos a lo largo de los años. En cuanto a los profesionales, no quise meterme en sus zapatos ni asumir su punto de vista, pero sí agradecer de algún modo la importancia que han tenido para mí. Cuando estoy en una sesión, disfruto de observar su técnica, hasta el punto de que las agujas me duelen menos si puedo mirarlas de frente mientras perforan la dermis. Es fascinante que haya personas capaces de mantener el pulso y la precisión gráfica trabajando sobre una superficie viva, es más, que simplemente se atrevan a ello. Aunque, bien pensado, la actitud del cliente no es menos extraña: ¡entregamos el futuro de nuestro aspecto a una sola persona, durante escasas horas!

Tatuarse es un proceso lento, entrar a un establecimiento para decorarse la piel conlleva una hermosa renuncia al tiempo y el sometimiento voluntario a un ritual donde el dolor, si bien dosificado, juega un papel protagonista.

Una de las personas más listas que conozco me decía hace poco que el libro, bueno, quizás mitifica demasiado el papel del dolor en todo el proceso. A fin de cuentas, no nos arrancan un brazo ni podemos compararlo a otros sufrimientos mucho mayores, además de no escogidos. Es cierto, claro, pero la clave radica precisamente en que nosotros escogemos tatuarnos, y con ello ponemos en marcha una puesta en escena, un rito en el que el dolor está, hasta cierto punto, bajo control; pero no del todo. En ese equilibrio ambiguo se produce la magia (la magia natural, quiero decir) del proceso. Ahora bien, a mí me parece mucho más interesante el aspecto del tiempo. Curar la piel es un libro sobre el tiempo: por un lado, sobre cómo lo habitamos sabiéndonos mortales, cómo construimos nuestra memoria. Por otro, sobre cómo la época actual nos obliga a vivir a una velocidad que no es la humana, una velocidad casi totalitaria, asfixiante. A la primera pregunta, el tatuaje responde como lo hace la literatura: puede que seamos Nada, pero vale la pena que intentemos dotar de sentido a esa nada, hasta el último aliento. A la segunda, el tatuaje replica que podemos vivir de un modo más lento, más cercano, y lo digo por el ritmo artesano, local, medio disruptivo que sigue caracterizando a los estudios todavía hoy.

La sociedad occidental estigmatizó durante siglos la práctica del tatuaje. Vista como una práctica exclusiva de gentes marginales, fue despreciada por la masa y romantizada por bohemios incurables, ¿cuál es el sentido de tatuarse en los tiempos que corren?

Hay varios, y ni siquiera me gustan todos (¡anda que no hay quien se tatúa por exhibicionismo, narcisismo o romantización de lo subalterno!). Yo, por ejemplo, lo hago por puro goce estético o artístico; por necesidad de un ritual autoconsciente que me ayude a remarcar distintos hitos autobiográficos; por juego; etc. Pero me gustaría comentar que aquel viejo estigma era un prejuicio de clase. Esto es importante, porque la reciente normalización del tatuaje, siendo una gran noticia en líneas generales, también ha tenido algo de 'apropiación indebida' por parte de las clases media y alta, que tras décadas de despreciar una marca fundamentalmente proletaria ahora resulta que les encanta y contribuyen a encarecerla sometiéndola a precios altos y criterios de calidad y sanitarios homologables. A mí me gustaría recordar y respetar el origen de esta disciplina, eso sí, sin pretender hacerme pasar por lo que no soy.

A pesar de su expansión en las últimas décadas, el tatuaje aún tiene enemigos que lo denuestan, con odio o condescendencia. Refieres una oleada de puritanismo transversal y reaccionarismo.

Un amigo me decía hace poco que los enemigos del tatuaje son, sobre todo, gente que teme la libertad ajena porque le recuerda a su propia libertad, que no ejercen. Puede ser. No lo sé. Desde luego, yo veo una ola reaccionaria colándose por todos lados: en la añoranza de un supuesto pasado puro que jamás existió, en el miedo a la fluidez identitaria, en el puritanismo. Ojo, yo no creo que el tatuaje sea moderno, sino más bien “antimoderno”, en el sentido de contrario a la velocidad por la velocidad, a la desmemoria por la desmemoria. Pero antimoderno no significa reaccionario, y el tatuaje tiene una gran ventaja para nosotros: es una práctica primigenia, sí, pero que casi no ha estado presente en la historia moderna de occidente, de modo que tiene algo de lienzo en blanco que permite dibujar en él constelaciones de significado desprovistas de nostalgia o rencores.

Incluso entre la amplia parte de la sociedad que a día de hoy los aprueba, los tatuajes en el rostro siguen causando un fuerte rechazo. Al respecto, declaras que «todo lo que jode a la normalidad biempensante cuenta con mi cariño. Lo que boicotea y desprecia la gentrificación, la normalización de aquello que jamás aspiró a ser normal».

Claro. Para tranquilidad de mi madre, es poco probable (no digo “imposible”) que me tatúe la cara o el cuello, pero solo puedo sentir simpatía por quien lo hace, porque su gesto empuja la frontera límite del tatuaje un poco más allá, adonde el “sentido común” sigue siendo incapaz de aceptarlo. El rostro es un tabú todavía, la superficie clave del aspecto que mostramos al mundo. La industria musical y la moda han hecho intentos por rentabilizar rostros tatuados, a veces con éxito, pero el salto a la normalización no se ha producido. Recordemos que la Iglesia Católica condenó durante siglos la ornamentación perenne de la piel por considerarla una afrenta a la obra de Dios, y algo de eso persiste en esa reticencia a las facciones alteradas. La cara del trapero Yung Beef me parece más valiosa que cien manifiestos de vanguardia.

Escribes dirigiéndote directamente a los lectores, a quienes apelas a menudo, en un tono muy cercano a la vez que íntimo. Más allá de las consideraciones en torno al tatuaje, el libro me parece una invitación a la vida: como los tatuajes, la vida aflora a la superficie llena de significado. Bailar y disfrutarla en comunidad es más deseable que hundirse en la soledad.

Hay una voluntad de cercanía en el estilo, sí. Yo sabía qué libro quería escribir: juguetón, que alterne tonos y estilos y estructuras, que salte de la crónica a lo narrativo y de ahí al aforismo, luego al testimonio pasando por lo lírico, etc. También quería hacer calas de profundidad. No he renunciado a nada de todo eso, no he calculado para buscar más lectores que aquellos que de forma natural pueden sentir complicidad con una literatura así. Ahora, sí que me esforcé por ser inteligible ante esos lectores, y por incitarlos al diálogo. Por otro lado, estoy totalmente de acuerdo en que el libro defiende que tanto los tatuajes como la literatura son exaltaciones vitalistas, y no porque no existan la muerte o la desesperanza, sino porque sí existen y cabe combatirlas hasta un segundo antes de que, inevitablemente, venzan.

El relato en primera persona, la exposición de momentos de gran intimidad, el duelo por la muerte del padre, la ruptura sentimental… Toda una serie de motivos tatuables están expuestos en su tinta en estas páginas conformando una obra que me parece de un humanismo apabullante.

En el epílogo acabo por decir que el libro me parece un tatuaje que ha desbordado la piel. No es que sea una metáfora brillante, de hecho tira a previsible… ¡Pero yo no la tenía prevista en absoluto, lo juro! Al cerrar la escritura del ensayo, sentí genuinamente que esa imagen traslada cierta verdad. ¿Sabes?, mi intención inicial consistía en vadear la primera persona tanto como fuese posible. Pero la enfermedad y muerte de mi padre, lo mismo que la separación, estallaron en medio del proceso de un modo casi imposible de omitir. Y, aun así, de haberlo considerado necesario, creo que habría sido capaz de dejarlas fuera del texto. Lo que ocurrió fue que, de golpe, resultó de lo más natural su intervención en un libro que, recordemos, habla de tiempo y memoria y rito.

Confiaba en leer un texto lúcido, ingenioso, divertido… pero no imaginé hasta dónde llegarías con un ensayo en torno al tatuaje. Curar la piel es una obra de pensamiento diferente, es sabrosa y festiva, alumbra, ilustra y conmueve. ¿Qué significa para ti el premio de Anagrama? ¿Cómo estás viviendo la recepción de obra? ¿Hay traducciones a la vista?

Traducciones, ya veremos: cabe la posibilidad, dejémoslo así. Por lo demás, el premio ha sido una fiesta enorme, aunque confieso que el verdadero subidón consistió en publicar en Anagrama. Es difícil sustraerse al peso del sello para alguien de nuestra generación. Soy crítico literario, he reseñado anagramas y seguiré haciéndolo, así que sé que nadie es infalible, pero el marco en que aparece un libro es muy importante, tiene implicaciones significativas en la mirada del lector. Y no hablo de “prestigio” (que probablemente, también), sino de las coordenadas desde donde te leerán. Todo lo ocurrido con Curar la piel me alegra muchísimo.

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