Paco Rabal y la Cuesta de Gos: en busca del zagal que quiso ser actor
De Águilas a su pedanía la Cuesta de Gos se tarda media hora en coche. Media hora: rotondas, guiris perdidos a dos por hora, un John Deere dibujando estelas de barro en tres cuartos de carretera con la trajilla a 45 grados, curvas, rampas y desfiladeros que atragantan el motor de un Ford Fiesta. Silencio. Si se escribe 'Paco Rabal' en Google y no se tiene prisa, uno llega a sitios como un encuentro digital de Carlos Boyero con lectores de El Mundo. 15 de junio de 2006. Preguntado por el actor, Boyero suelta: “No me parecía un buen actor cuando era joven, pero aprendió muchas cosas buenas con Buñuel. Envejeció admirablemente, sacando lo mejor de sí mismo. El Rabal de Truhanes, de Los santos inocentes, de Juncal, es un prodigio de la humanidad. Me acuerdo muchas veces de Paco. Siempre con una sonrisa”. Si uno arquea una ceja y sigue sin prisa, pronto llegará a otra frase del crítico sobre el aguileño: “Siempre poseyó el instinto depredador del que emerge de las sombras para buscar su lugar en el sol”. Es una buena frase. Puede venir a la cabeza cuando se suelta aire después de adelantar al John Deere. Embrague, tercera. El que emerge de las sombras para buscar su lugar en el sol.
En su ruta sierra arriba, la carretera separa el camino que lleva a las casas y los restos de la explotación minera de la ermita de la Cuesta de Gos. A unos palmos de la puerta se levanta la estatua del actor. Un Rabal sentado que mira la colina en la que nació. A sus pies, un texto: “Lo tengo bien pensado, amigos míos, un día me sentaré, la cara al viento aquí junto al mar que vi de niño y aquí bajo este sol, bajo este cielo y oyendo vuestros pasos por mi lado me dejaré dormir un largo sueño...”. Un almendro sobrevive a cuatro palmos del asfalto. Junto a su tronco se acomodaron las cenizas del actor un año. Luego se llevaron al cementerio de Águilas. La gestión de un mito es compleja.
“Saqué las cenizas de allí a petición de mi madre [Asunción Balaguer] tras el empeño del marqués de Águilas [Alfonso Escámez] en plantarle encima una estatua que nadie le pidió —explica el hijo menor del matrimonio, Benito—, así que las cenizas de mi padre y de mi madre están en el cementerio, en el mismo nicho y con una botella de moscatel, dos copas y la campanilla que usaba mi padre cuando se quedaba sin voz”.
A un siglo de su nacimiento, da la sensación de que Águilas no sabe muy bien qué hacer con Paco Rabal. La Casa de la Cultura dedica media planta a una exposición permanente que repasa su vida y la asociación Milana Bonita, que nació para “mantener vivo el recuerdo del actor español más internacional”, cumple ahora 24 años, pero es difícil encontrar en el municipio huellas de ese espíritu que emergió “de las sombras para buscar su lugar en el sol”.
La calle que lleva su nombre, 58 lóbregos metros frente a un descampado, dan más cuenta de la papilla urbanística del Levante que de otra cosa. Hace esquina, eso sí, con la calle Cassola. Allí se levantaba el Ideal, el cine en el que Rabal descubrió un millón de vidas posibles. Pero ya: ni media placa. Una camarera del chiringuito Mi barquito se encoge de hombros. En 2017 cogieron el antiguo bar Felipe, parada habitual del actor, y le cambiaron el nombre. “Dicen que le gustaba la plaza”, comenta, señalando con la barbilla el rectángulo que mira al puerto por encima de cuatro filas de coches. También se sentaba en los bancos que rodean la Pava de la balsa, en el centro de la plaza de España. Podría venir de la panadería El Perula o del bar El Andaluz. Ninguno existe ya.
En la media hora que separa Águilas de la Cuesta de Gos pueden surgir muchas preguntas: ¿es demasiado pedirle a un pueblo de la costa mediterránea de este país que conserve algo reseñable de la vida de hace menos de un siglo? ¿es esta una pregunta capciosa? ¿no es lo que convierte a Rabal en mito la posibilidad de que cada uno se acerque al puerto y trague aire salado y se lo imagine pegando berríos, saludando y despachando chatos de tintorro con el meñique en ristre? ¿es esto una explicación o una justificación? La estampa de la ermita, las casas acodadas en la ladera y los retos de la mina no responde, pero sugiere. Si hay un lugar del que rascar el espíritu que emergió “de las sombras para buscar su lugar en el sol” es este.
Auge y caída de La Reina Mining
Benito Rabal bajó a la mina por primera vez a los diez años. Ya le había dado tiempo a quedarse huérfano y criar cabras en Ramonete. Aprendió a leer y escribir con unos almanaques. Teresa Valero era hija de un molinero de Águilas. Nunca aprendió a leer y escribir. Llegaron juntos a la Cuesta de Gos, que vivía años de esplendor minero desde que el Gobernador Civil concedió a la empresa de capital británico La Reina Mining la apertura de varias explotaciones en 1881. La cosa venía de décadas atrás: a mediados del XIX se empezaron a explotar las antiguas escombreras romanas y a abrir otras galerías. Era la fiebre de la plata, aunque luego apareció hierro.
El caserío de la Cuesta de Gos marcaba el centro del núcleo minero al sur de la sierra de la Almenara. Comprendía el monte Tinajón, Pinilla y el extremo occidental del Lomo de Bas. Allí se instaló la primera farmacia de Águilas y un cinematógrafo. Allí, Benito y Teresa, dos de las 200 personas que llegaron a vivir en la pedanía, tuvieron a sus tres hijos. Para cuando nació el mediano, Francisco, apenas quedaba mineral. “Los mineros dejaron de trabajar con la empresa, con su jornal, y empezaron a hacerlo como aparceros, ganando en función de lo que sacaban”, explica el hijo del actor.
“Pienso que tuve una infancia feliz (...). Había en la Cuesta de Gos mil formas de divertirse; especialmente, con los animales. Me gustaban las tortugas: tenía unas cuantas en una poza y les daba de comer campanillas (...). Era divertido perseguir a las cabras monte arriba, buscar caracoles tras los escasos días de lluvia... Y por supuesto, los perros, siempre los perros”, explicaba Rabal en Si yo te contara. Poco después relata los episodios que le pusieron “ante los ojos la realidad de la muerte”: la herida que fulminó al Sevillano, “un burro hermoso, africano, blanco y peludo que servía para los recados pero no estaba acostumbrado al trabajo duro” y el sacrificio de su perra Laura, supuestamente intoxicada tras comer gallinaza.
Se dice que heredó de su familia paterna la curiosidad. Aunque solo se podía ir a la escuela a partir de los seis años, acompañaba a su hermano mayor, Damián, y lo esperaba bajo un carro. También se dice que su habilidad imitadora le viene de los Rencos, el clan materno. En concreto, de su chache Paco 'El Renco', experto en 'hacer el paso'. Con él también descubrió el cine. La familia se trasladó a Águilas cuando Benito se fue a Barcelona a buscarse la vida. Quién le iba a decir a aquel minero de Ramonete que su hijo ya hablaba de ser actor.
Culminación de una peripecia
Para cuando el padre volvió a por su familia y se la llevó a la sierra pobre de Madrid, donde trabajó en la construcción del ferrocarril Madrid-Burgos y en Cuelgamuros, Paco Rabal ya llevaba clavados en el pecho los puntales que sostuvieron su personalidad. Fue a la escuela gracias a las misiones pedagógicas, hizo un trato con un cura para que le enseñase cultura general —cultura general por labores de monaguillo, en concreto—, vendió al peso papeles, cristales, huesos, la lana que quedaba enganchada en las alambradas, revistas porno a militares, fue aprendiz de bombonero, conoció a los clásicos gracias a Dámaso Alonso, que vivía cerca de la familia y a quien su abuela se cameló, el cura, Maximiano Sardón, volvió a aparecer y le ayudó a entrar en los estudios Chamartín como electricista.
Luego ese zagal que perseguía cabras y devoraba las colinas de la Cuesta de Gos y lloró a su burro y a su perra y aprendió a imitar y entró a un cine en Águilas mientras a sus padres no les salían las cuentas, el criajo que le vendría a la cabeza al actor contrastado cuando habló de ser “comunista por biología”, consiguió un papel. El resto lo sabe todo el mundo.
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