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A vueltas con el murciano que (quizá) brilló en el Siglo de Oro

Estreno de 'Claramonte' de María Rodríguez en el Teatro Romea de Murcia el sábado 10 de enero coincidiendo con el 400 aniversario del fallecimiento de este autor

Santos Martínez

18 de enero de 2026 06:01 h

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María Rodríguez salió a la calle pensando en estilometría. Fue en octubre del año pasado, en la Facultad de Letras de la Universidad de Murcia (UMU). El catedrático de Literatura Española Germán Vega vino a Murcia a hablar de este “análisis de estadística léxica” con inteligencia artificial que puede agilizar la investigación que desenmarañe el “lío gordo” de las entre tres y cuatro mil obras del Siglo de Oro que podrían estar mal atribuidas. “Se compara el léxico de un texto con el de otros muchos que hay en un corpus de unas 3.000 obras y la máquina saca conclusiones”, explica Vega, responsable de la investigación junto a Álvaro Cuéllar. “Me impresionó, sobre todo, su eco en la vida, pensar que nos identifica nuestro lenguaje”, sigue Rodríguez, que también salió de Letras con un nombre. Andrés de Claramonte. ¿Les suena? A ella tampoco.

“Hay media docena de autores que podríamos colocar en el escalón inferior a Lope y Calderón —dice el catedrático, traductor y editor Alfredo Rodríguez López-Vázquez. Claramonte sería uno de ellos”. Vega: “Sabemos poco de él, pero fue un hombre singular que tocó todos los palos del teatro, una especie de Shakespeare o Molière español, profesionales de todos los ámbitos del teatro, y que se puede confirmar como un gran dramaturgo”.

El doctor y dramaturgo César Oliva apunta a “un hombre de teatro” que “compraba y rectificaba obras, lo que precisa de un ingenio innegable”. “Un gran empresario y actor que también escribía”, afirma el profesor Rafael Sánchez, que desinfla el globo: “No hablaría de un gran dramaturgo, su dimensión es otra”. Un tipo escurridizo.

“Me gusta saber que era de Murcia y que hacía teatro hace más de 400 años. Calderón o Shakespeare son leyenda, pero Claramonte, en su incerteza, es más real, más parecido a 'nadie', más parecido a nosotros”, explica Rodríguez.

Vuelta a enero de 2026, año en el que se cumplen 400 años de la muerte de nuestro hombre: la dramaturga murciana estrena en el Teatro Romea ‘Claramonte’, una obra en la que juega y cuestiona el misterio que rodea la figura con un fondo de reivindicación.

Estreno de 'Claramonte' de María Rodríguez en el Teatro Romea de Murcia el sábado 10 de enero coincidiendo con el 400 aniversario del fallecimiento de este autor

La chispa que impulsa la trama es el montaje (metateatro, sí, pero no teman) de ‘La estrella de Sevilla’, una obra atribuida a Lope de Vega que la estilometría coloca ahora a Claramonte. La cosa no acaba ahí: Germán Vega vino a Murcia con una bomba. La máquina situaba al murciano como “principal candidato” a autor de ‘El burlador de Sevilla’. ¿Lo notan? Es el canon. Temblando.

El “lío gordo” y un canon dinámico

“Piense una cosa —dice Rodríguez López-Vázquez—: el gran teatro isabelino inglés se compone de 800 comedias y el trabajo de Molière no llega a las 40 obras. El teatro del Siglo de Oro se va a las 13.000”. Muchas obras.

“Había un mercadeo sin derechos de autor, bastaba con que un autor de compañía [un empresario] comprara una obra para que pudiera cambiarla, adaptarla a su compañía y explotarla. Era gente que se subía al escenario y repartía papeles, gente que tenía una compañía y tenía que pagarle, el texto, la literatura era lo de menos y el plagio no se entendía como ahora”, cuenta Oliva, que cree que el “interés por la autoría” viene “cuando la filología entra en escena”.

Vega habla de un “fenómeno exagerado” y de una “pasión enfervorecida” por el teatro popular y una querencia por “cambiar por los textos para colocarlos como nuevos”: “La gente solo iba a ver la obra una vez, se valoraba mucho el texto nuevo, por eso las compañías los cambiaban sin alterar mucho el desarrollo, y eso provoca un movimiento de atribuciones y textos tremendo”. También por eso se solían firmar los textos editados a nombre de los autores “que más vendían”. Añade otra derivada: “Tampoco existía el prurito de originalidad, de no usar tópicos. Los tópicos estaban para explotarlos y eran los propios de cada época”. Otro funcionar.

El canon del teatro aurisecular se conformó en el siglo XIX. Para uno de sus estandartes, el filólogo Marcelino Menéndez Pelayo, Claramonte era “poco menos que un plagiario, refundidor de obras de otros” y un “dramaturgo infame”. No: no le encantaba.

Vega sostiene que esta “recuperación” del Siglo de Oro se hizo “centrando el interés en autores muy concretos”. Rodríguez López-Vázquez se la devuelve: “Su criterio era bastante burdo, venía a ser: si una obra es buena, es de Lope, y si no, es de otro”. “Además —continúa—, en el caso del ‘Burlador’, de atribuírsela a Claramonte estaríamos tocando los privilegios culturales heredados de los frailes mercedarios, que seguirán sosteniendo que el autor es Tirso, se les demuestre lo que se les demuestre”.

Para Rafael Sánchez hay matices: “El hecho de que Menéndez Pelayo le pusiera el sambenito de dramaturgo menor no significa que fuera excelente. Para empezar, en su época no destacó tanto como Lope, Tirso, Calderón, Ruiz de Alarcón o Cubillo. Tuvo su gloria y su apreciación subirá si se le acaba atribuyendo ‘La estrella de Sevilla’, pero su posición no se debe solo a lo que decía Menéndez Pelayo, Claramonte también tenía obras deficientes que no han pasado el filtro del tiempo”. Sí sostiene la necesidad de estudiar el canon “sin anclajes”: “Tenemos que tener una mente científica en esto, cualquier estudio puede cambiar algo que llevábamos años considerando de otra manera”.

Estreno de 'Claramonte' de María Rodríguez en el Teatro Romea de Murcia el sábado 10 de enero coincidiendo con el 400 aniversario del fallecimiento de este autor

“La estilometría incorpora la investigación de atribuciones que considerábamos probadas y eso va a hacer que se recoloque la posición de cada dramaturgo”, cree Vega, que considera que esa “redistribución” puede “descolocar” al público, pero también “estimularle”: “Está el caso de ‘La francesa Laura’, una comedia anónima que se conservaba en la Biblioteca Nacional. En cuanto se supo que era de Lope, aparecieron compañías dispuestas a representarla”. “Si el 30% de las obras del Siglo de Oro están mal distribuidas, es muy fácil que se nos estén escurriendo dos o tres autores de primera línea, eso cambiaría el canon por completo”, apunta Rodríguez López-Vázquez.

¿Hablamos de otros Claramontes, entonces?

“¡Sin duda!”, responde Rodríguez López-Vazquez. Habla de Rodrigo de Herrera: “Existe una obra suya magnífica, recogida en el repertorio de Mesonero Romanos, pero es imposible que tuviera una sola obra. Y hablamos de alguien de mucho nivel”.

Vega se coloca en la misma línea: “Claramonte es un caso descarado porque se le pueden atribuir dos textos muy importantes. Con esa fuerza no, pero hay otro murciano, Gaspar de Ávila, al que le pasa algo parecido: la estilometría dice que pensábamos que eran de Lope o Tirso quizá sean suyas, hay que estudiarlo”. Sánchez no lo tiene claro: “Hay autores con una sola obra, mira a Fernando de Rojas. Eso es jugar a la ruleta. ¿Y si ese poeta se ganaba la vida de otra cosa y solo escribió ese texto? Ese argumento no tiene base”. Para él “es posible que haya un tercio de obras mal atribuidas, pero que aparezca alguien al nivel de Lope o Tirso es muy difícil. Son muchos años y muchos estudios.

Además, los grandes autores son los que están referenciados en el propio Siglo de Oro y es difícil que aparezca alguien desconocido“. Y lanza una pregunta: ”Habría que preguntarse qué significa ser un gran autor: ¿vender mucho en la época o pasar el filtro del tiempo y que su obra se pueda leer con la modernidad con la que se leen las de Lope o Tirso?“. Tiene un ejemplo: ”Otro murciano, Salucio del Poyo, era un autor al que le compraron obras, y fueron representadas y bien recibidas por la gente de la época, pero no han pasado el filtro del tiempo“.

“Un autor de la talla de Molière y con mucha más obra” para Rodríguez López-Vázquez, “un personaje del que aún sabemos demasiado poco” para Vega, un “magnífico actor y autor de comedias que además escribía —según Sánchez—, alguien con un perfil total en el teatro, polifacético como Shakespeare, Molière y nadie más a quien se puede reivindicar sin entrar en que sea un dramaturgo de tercera, segunda o primera”.

Hacia el final de su obra, Rodríguez traza una línea que une la peripecia de nuestro hombre con el papel de las historias. Eso que decía Harry Crews de la montaña de mentiras sobre la que se sostiene una verdad inapelable. “Como pasa en Claramonte, la ficción revela verdades indirectas y profundas. Yo creo que amplía la realidad de la vida”, dice. ¿Y para ella? ¿Quién fue Andrés de Claramonte? “Pues un teatrero del Barroco —contesta—. El teatro está en el escenario, está vivo y eso sí que está claro: Claramonte estrenaba, actuaba y giraba con su compañía. En ese sentido triunfó. Tenía privilegio real, tenía público. No está mal”.

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