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Murcia y aparte es un blog de opinión y análisis sobre la Región de Murcia, un espacio de reflexión sobre Murcia y desde Murcia que se integra en la edición regional de eldiario.es.

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Desde la silla

Archivo | El exportavoz de Vox en la Asamblea Regional de Murcia, José Ángel Antelo (d), que este miércoles pasa al grupo mixto tras ser expulsado del partido, ocupa su nuevo escaño. EFE/Marcial Guillén

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Hace unos días me encontré con una imagen que no he podido dejar de mirar. Una mujer sentada en una silla bailando flamenco. No necesitaba levantarse para bailar desde allí.

Es La Chana, una de las grandes bailaoras de la historia del flamenco. Su cuerpo, sus manos, sus pies, su gesto, todo parece desafiar la lógica de aquella silla que, en principio, debería limitar el movimiento. Y pensé en las sillas: en las que nos permiten sentarnos, en las que nos ayudan a movernos y en las que llevamos buena parte de nuestra vida buscando.

Porque estar sentado no significa estar inmóvil. Para muchas personas con movilidad reducida, una silla de ruedas representa una herramienta de autonomía: una forma de desplazarse, de participar, de salir, de llegar, de estar. El problema no está necesariamente en la silla, sino en cómo construimos alrededor de ella: una acera demasiado estrecha, una escalera, una puerta que no se abre, un transporte al que no se puede acceder, arquitecturas que todavía no han entendido que las personas y sus necesidades cambian.

No es la persona la que no puede moverse. Es el mundo el que no se mueve.

Un movimiento que también se dirige desde las sillas de los despachos, los sillones de los altos cargos y las butacas reservadas. Sillas que no tienen ruedas, pero sí poder, desde las que se decide sobre la vida de quienes ocupan otras.

En Murcia tenemos estos días un ejemplo cercano. En la Asamblea Regional, la nueva regulación del Grupo Mixto ha convertido la portavocía en una silla rotatoria entre sus integrantes. No es una silla cualquiera: desde ella se habla, se ordenan tiempos y se participa en decisiones de la Cámara. Pero la verdadera importancia de esa silla está también fuera de ella: con el PP a dos diputados de la mayoría absoluta, los dos ex de Vox pueden resultar decisivos en algunas votaciones y, por tanto, tener capacidad para negociar. Lo curioso de las sillas de poder es que rara vez se discute por la silla, sino por lo que se permite hacer desde ella.

Hay sillas que sirven para sentarse y sillas que sirven para mandar.

El juego de la silla se parece demasiado a la vida adulta. Hay más personas que sillas. Suena la música, damos vueltas y, cuando se detiene, hay que sentarse. Crecemos aprendiendo que esto es lo normal: que alguien tiene que quedarse fuera.

Pero en vez de preguntarnos quién consigue sentarse, yo me pregunto por qué decidimos poner menos sillas.

¿Y qué me dicen de las sillas que están colocadas antes de que lleguemos? Está la silla familiar, la social, la económica, la profesional; la silla que parece corresponderte, la que otros han elegido por ti o la que las circunstancias han puesto delante y terminas ocupando porque no parece haber otra. Y nos sentamos. Pero ¿quién decide dónde y cuándo debo sentarme? ¿Hasta qué punto somos libres de elegir silla?

En ocasiones, necesitamos levantarnos para encontrar nuestro sitio. Pero no todo el mundo puede levantarse con la misma facilidad, ni parte del mismo lugar ni tiene las mismas oportunidades. Ni siquiera todas las sillas están a nuestro alcance.

Hay quien lleva años buscando un sitio donde sentarse, quien nació sentado, quien se ve obligado a depender de una silla y quien tuvo que pelear para que le reconocieran una. Hay quien se aferra a la suya porque sabe lo que significa perderla y quien pasa la vida intentando descubrir si la que ocupa es realmente la que quería.

Pero una silla no tiene por qué ser el lugar donde termina el movimiento, sino el lugar desde el que comienza. La Chana está sentada y, sin embargo, llena un espacio vacío, crea movimiento y abre nuevas vías de expresión, presencia y existencia. Su silla no la inmoviliza; desde ella comienza a suceder algo.

No siempre necesitamos levantarnos para que algo se mueva. A veces necesitamos que el lugar en el que estamos cambie con nosotros; que la sociedad y los espacios se transformen para adaptarse, que las reglas se revisen y que algunas sillas dejen de estar reservadas para unos pocos, mientras otros espacios siguen siendo inaccesibles para quienes también tienen derecho a ocuparlos.

Porque moverse también es crear, transformar, participar, cuestionar, avanzar. El tiempo pasa y nosotros pasamos con él. Todo se mueve, incluso cuando permanecemos sentados. Lo verdaderamente estático no es quien está en una silla, sino aquello que deja de ser dinámico mientras la vida continúa.

Por eso me interesa aquella imagen de La Chana: no porque esté sentada, sino porque desde su silla consigue que algo se mueva. Y pienso también en todas las sillas que ocupamos nosotros: las que necesitamos, las que elegimos, las que nos toca ocupar y las que otros han colocado delante de nosotros.

Desde una silla podemos movernos, participar, crear, decidir, mandar. Podemos incluso hacer que otros se muevan. Se trata de no esperar siempre a levantarnos para transformar aquello que nos rodea.

La Chana está sentada. Baila. El tiempo pasa y la vida sucede.

Y esto me hace preguntarme: ¿Qué movemos nosotros desde la silla?

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