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¿Democratizar los hospitales?

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"La organización del servicio es mala. Le faltan a usted hombres y tiempo.

Rieux reconoció que también eso era verdad".

 

En La Peste, de Albert Camus, el Dr. Rieux y sus amigos, de forma titánica, con toda la comprensión, dignidad, humanidad y decisión necesarias, emprenden un combate desigual, casi imposible, contra una forma de enfermedad, digamos totalitaria. Nosotros, sin duda en una posición más favorable, debatimos desde hace decenios cómo mejorar la organización de los hospitales, pero parece que siempre nos vayan a faltar el tiempo y los hombres (y mujeres) necesarios.

Los hospitales son lugares complejos, de arquitectura difícil para extraños, de organización operativa, de estamentos, de tiempos urgentes y otras veces pausados, de esfuerzos, de enfermedad, de sufrimiento, de esperas, de olor a desinfectante y batas blancas.

Este espacio comunitario tan esencial, por efecto de un dominio de los intereses operativos, está marcado por una ausencia, por un defecto, por una carencia democrática.

A veces uno se puede preguntar si es posible imaginar unos hospitales democráticos, si este escenario además de posible es plausible y factible. ¿Es posible llevar la democracia a los hospitales como llegó a las universidades? ¿Pueden quedar a estas alturas de los acontecimientos áreas sociales ajenas al escrutinio democrático?

 

Creo sinceramente que los ciudadanos deberíamos participar más y más directamente en los asuntos que nos atañen

 

Sí, ya sé, me diréis que abrimos y reabrimos una y otra vez la vieja disputa, en el campo democrático, entre liberales y republicanos, entre democracia representativa y directa, entre eficacia y participación, entre dirección y asamblea. Ya sé. No obstante, no sé si será mi imaginación, pero las amenazas a los pilares democráticos están siendo tan enormes que ni Cicerón con todas sus catilinarias, ni Maquiavelo poniendo a punto la milicia florentina, ni Montesquieu con todas sus leyes serían suficientes para detener a ese 1% que con todo su capital está dispuesto a someter al 99% con todo su arsenal de trabajo, ideal y paciencia.

¿No deberíamos pacientemente ir abriendo espacios en todos los ámbitos para la participación, la deliberación y el civismo? ¿No sería imaginable y posible disponer en los hospitales de un director Médico y un director de Enfermería elegidos por los trabajadores? ¿No sería deseable que los jefes de servicio tuvieran que dar cuentas de sus gestiones de forma periódica y se enfrentaran de forma efectiva a una posible revocación de sus cargos? ¿No sería conveniente que los supervisores de Enfermería accedieran a sus cargos según su mérito y capacidad? ¿No sería beneficioso para toda la comunidad ver cómo el Director Gerente da toda clase explicaciones a los representantes de la comunidad reunidos en Comisión de participación ciudadana, sobre los proyectos y la gestión de los presupuestos?

Sí, ya sé que alguien podrá argumentar que todo esto pudieran no ser más que mitos, que ponen en riesgo la efectividad de las acciones. Sin embargo, estos son los mitos en los que hemos cimentado nuestra convivencia y nuestro deseo de una sociedad mejor.

Creo sinceramente que los ciudadanos deberíamos participar más y más directamente en los asuntos que nos atañen. “… Hay que atreverse a examinarlo todo, a discutirlo todo, a enseñarlo todo…”. A ello nos anima ese menos conocido Condorcet que añade además la preocupación por la verdad como herramienta esencial para la construcción democrática.

 

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