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La teta papal

La loba Luperca amamanta a los hermanos Rómulo y Remo desde hace quién sabe cuánto en la Piaza del Campidoglio de Roma. Los pequeños fundadores de la ciudad beben directamente de las ubres de su madre, que parece esperar paciente a que a sus lobeznos les llegue la saciedad a los estómagos. Qué espontánea y despreocupada publicidad la de la estatua. Qué necesidad y qué urgencia.

Hace ya unos días, se reflejaba como noticioso en medios españoles e internacionales el hecho de que el Papa Francisco, durante una ceremonia bautismal celebrada en la Capilla Sixtina, animase a las madres de los niños bautizados a amamantarlos “sin miedo” y “con tranquilidad” en público.

Al parecer, no es la primera vez que el Papa se manifiesta a favor de la libertad de las madres a hacer algo tan natural y sano como amamantar a sus hijos en el lugar que les plazca. O, mejor, cuando y donde sus hijos lo necesiten. En las ocasiones anteriores, los medios también lo consideraron noticia.

En el siglo en el que la comunicación con la otra punta del mundo es instantánea, en el que se sustituyen órganos enfermos por réplicas artificiales, en el que se construyen aceleradores de partículas para estudiar el origen del Universo, el mismo mundo Occidental que hace todo lo anterior, convierte en noticia que el Papa les diga a las mujeres que no pasa nada, que son totalmente libres de dar de mamar si les parece oportuno.

Y la culpa de que esto sea noticia la tenemos todos. Porque a estas alturas no hemos sido capaces de superar el machismo que apuntala a muchas sociedades, en las que la primera connotación de un pecho ha sido siempre y sigue siendo la sexual.

Un pecho “al aire”, cualquiera que sea la circunstancia, es un generador de tensión. Como cuando hay un compañero de oficina que a todo el mundo le cae mal, pero nadie se atreve a comentarlo. Ese tipo de tensión con miradas de reojo entre los que la notan, porque todos notan lo mismo, pero no se puede decir.

Una mujer amamantando a un niño es indisociable de las “miraditas”.

Porque es algo que sólo hace la mujer. Y, al ser algo forzosa y únicamente femenino, pasa de manera automática a ser algo que llama la atención.

A ninguno nos resulta incómodo que un chico juegue al balón en una plaza, porque eso lo puede hacer cualquiera. Es “normal”. Pero si, en esa misma plaza, en ese mismo momento, una chica está amamantando a su bebé, lo más probable es que ese acto natural y necesario tenga el mencionado efecto mágico de las “miraditas”. Y no son “miraditas” asépticas. Son “miraditas” con su propia opinión. A unas les parecerá precioso que esa madre esté dando de comer a su niño. Otras pensarán que bien podría haberse metido al baño de un bar. En todo caso, la acción de esta mujer generará, en la mayoría de los que la vean, o animadversión o ternura.

A pocos dejará indiferente, lo que es ya señal de que su acto no está normalizado. Pocos se fijarán, para bien o mal, en un padre que le da un bocadillo a su hijo en el autobús. También pocos se sentirán ofendidos o enternecidos por una madre sonándole los mocos a su bebé.

Pero por dar de mamar, sí. Claro, ¡es que es una teta!

De ahí que, con este panorama, la permisividad del Papa nos resulte fuera de lo común.

Tiene que ser él -con todo el trabajo atrasado que tendrá, que eso de ser emisario de Dios en la Tierra debe de ser muy cansao- el que lo normalice.  

¿De verdad es esto necesario? ¿No bastaría con legalizar al respecto?

En Inglaterra, por ejemplo, un país al que hemos dado por todos lados por querer “desentenderse” de Europa, la Ley de Igualdad de 2010 declara ilegal el expulsar a una mujer de un espacio público como cafeterías, tiendas o medios de transporte por amamantar a su hijo.

Sin embargo, una encuesta realizada por la Universidad de Swansea revela que un 40% de las encuestadas que dejaron de dar el pecho en los primeros seis meses lo hicieron por la “actitud pública”, y otro 20% por simple y llana vergüenza.

En España no existen normas a este respecto, a pesar de varias iniciativas como la lanzada en Change.org o la proposición no de ley presentada por Compromís hace ya casi un año.

Según la encuesta dirigida por la Dra. Díaz Gómez y desarrollada por el grupo de trabajo español de la Iniciativa Mundial de Lactancia Materna (IMLM), el segundo inconveniente más importante que las madres encuentran a la hora de dar el pecho es el sentirse incómodas al hacerlo en público. En concreto, un 43% de las encuestadas escogieron esta respuesta.

El caso es que necesitamos que el mismísimo Papa Francisco anime a las madres a amamantar en público para que nos parezca que ya, ahora sí, son libres de hacerlo. O al menos para que nos parezca que merece la pena generar debate. A raíz de un comentario de la cabeza de una institución a la que ni siquiera todos damos crédito. Una institución que, además, ningunea a las mujeres y les niega el alcanzar ciertos puestos reservados sólo para sus compañeros hombres. Quizá es porque se parecen más a Dios.

Pero es de aplaudir que el Papa les deje dar de mamar. Es un signo de evolución. Es un Papa que se excede de sus obligaciones. Un Papa “progre”.

A tres kilómetros de la Capilla Sixtina, la loba Luperca amamanta a los hermanos Rómulo y Remo desde hace quién sabe cuánto en la Piaza del Campidoglio de Roma.

Qué espontánea y despreocupada publicidad la de la estatua. Será que se sabe poderosa. Será que se sabe libre.

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