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“Ni de aquí ni de allí”: la dificultad de las personas adoptadas en el extranjero para construir su identidad

La documentalista Jenifer de la Rosa en 'Hija del volcán'.

Juanjo Villalba

5 de marzo de 2026 22:08 h

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Una tarde cualquiera, en mitad de una conversación trivial, alguien nos pregunta: ¿de dónde eres? Para la mayoría de nosotros no es una pregunta complicada de responder, pero para aquellas personas que nacieron en un país extranjero y que posteriormente fueron adoptadas y criadas por familias españolas, la respuesta puede tornarse muy complicada. 

Otras veces, el conflicto puede llegar en forma de un intento de cumplido, que quizá nace con buena intención, pero que resulta demoledor: “Hablas muy bien español. No tienes nada de acento”. Para aquellos y aquellas que pasaron por un proceso de adopción internacional, la identidad, la raza o la pertenencia, no suelen ser temas sencillos, sino un auténtico campo minado que tienen que atravesar antes o después.

El fenómeno de la adopción internacional vivió su época dorada en nuestro país a principios de siglo. En torno al 2000 se producían unas 3000 adopciones al año, particularmente procedentes de países como China, Rumanía o Colombia. Poco a poco las cifras se han ido reduciendo por cambios en las políticas de estos países y, según datos del Ministerio de Juventud e Infancia, en 2024 solo llegaron a nuestro país 188 niños. Muchos de aquellos niños son ya adultos y se hacen muchas preguntas. ¿Cómo se sienten? 

Desde fuera, muchos ven el tema de adopciones internacionales como una historia de éxito: el encuentro con una nueva familia, la llegada a una nueva casa, a un nuevo colegio, a una nueva vida. En definitiva, el relato feliz de la integración. Pero rara vez se piensa en lo que puede llegar después: las preguntas que aparecen en la adolescencia o incluso antes, la incomodidad de sentirse diferente incluso en la propia casa, la presión terrible del racismo en nuestra sociedad, o la necesidad (o no) de buscar el origen y nombrar la pérdida de los orígenes sin que eso se interprete como ingratitud a la nueva familia.

Piezas que no siempre encajan

En su casa, la historia estuvo clara desde el principio. Leyao Rovira, estudiante y activista antirracista, conocida en redes como @nomellameschinita, recuerda que supo que era adoptada antes incluso de comprender el alcance de la palabra: “Fui consciente antes de tener uso de razón”, comenta, “porque al final son cosas que se pueden percibir fácilmente por las miradas de la gente, por las dudas o por los silencios”.

La manera en la que se cuenta la historia de una adopción influye mucho en cómo se integran esos orígenes en la vida de la persona adoptada

Eva Gisbert psicóloga especializada en adopciones

Su madre le explicó su historia con sencillez y cariño, tanto a ella, como a su hermana, también adoptada en China: “Me dijo que la mujer que me tuvo en la barriga no podía tenerme y me dejó en buenas manos, en un sitio donde los bebés que no tienen familia, que no pueden ser atendidos ni cuidados, podían ser recogidos y así formar parte de otras familias”. Lo asumió enseguida y sin dramatismos: “Ah, vale”, dijo, y siguió jugando. En su casa no hubo secretos ni revelaciones traumáticas.

Jenifer de la Rosa, cineasta, autora del documental sobre su propia adopción Hija del volcán, vivió algo parecido: “A mí me contaron desde que tengo uso de razón que había nacido en Colombia, y directamente me enseñaron el álbum de fotos que habían hecho cuando estuvieron en Manizales, que era la ciudad donde estaba el orfanato”. La adopción se incorporó así de forma directa a la historia familiar, aunque el entorno no siempre acompañaba. “En el colegio, cuando lo contaba, no era algo normalizado. Y por eso empecé a sufrir bullying”, confiesa.

La forma en la que Leyao y Jenifer conocieron la historia de sus adopciones respectivas es la ideal, según la psicóloga Eva Gispert, experta en adopciones y también adoptada. En su opinión, “la manera en la que se cuenta la historia de una adopción influye mucho en cómo se integran esos orígenes en la vida de la persona adoptada. No es que evite que puedan surgir problemas pero sí permite que se sientan más acompañados en las emociones que pueden ir apareciendo”.

Entre los conflictos más habituales, la psicóloga cita los siguientes: “En consulta veo muchos casos de chicos y chicas adoptados que lidian con la ansiedad, una baja autoestima e incluso la depresión”. Y añade: “Hay también muchos episodios de autoexigencia excesiva, de relaciones conflictivas con sus vínculos más cercanos, de desorganización interna, poca tolerancia a la frustración y miedo al fracaso, entre otros”. 

Toda una serie de problemas que se agravan debido al racismo. “Vivimos en una sociedad racista”, afirma Gispert sin dudar, “y eso impacta en el desamparo y el miedo a la separación que sufren algunas personas adoptadas. Aunque depende mucho de cada individuo”.

El cuerpo como frontera

Rovira explica cómo vivió el racismo desde pequeña. “Empecé a notar esta diferencia de manera directa y explícita en primaria”, recuerda. “Es complicado entrar en un sitio en el que nadie se parece a ti. En mi caso, enseguida aparecieron los microrracismos. Siempre que alguien me decía algo, aparecía, aunque fuera de manera sutil, la connotación racial”. 

Es complicado entrar en un sitio en el que nadie se parece a ti. En mi caso, enseguida aparecieron los microrracismos

Leyao Rovira (@nomellameschinita) activista antirracista

Incluso si la insultaban. “Si me llamaban fea o inútil, le ponían el ‘chinita’ delante”, explica. “Y no se corregía en clase, además. Hoy en día creo que se sigue hablando de bullying a secas cuando se debería hablar de bullying racista. Creo que sería necesario dejarlo claro”.

En el caso de De la Rosa, la racialización también fue automática: “Mi aspecto físico siempre me ha extranjerizado, hasta el día de hoy”, asegura. “En el colegio la forma de insultarme en el patio era llamarme ‘china de mierda’, porque siempre he tenido los ojos rasgados. O sea, ni siquiera me situaban como latina. Y ya de adolescente, empezaron a sexualizarme y exotizarme y eso dura hasta el día de hoy. A la gente no le basta que les diga ‘soy de Valladolid’, necesitan ubicarme. Y no pueden entender que en algunos momentos no tienes ganas de explicar más”.

Rovira indica que además tardó en identificar lo que estaba viviendo. Por eso no lo contaba en casa: “Relacionaba el racismo con la migración y la negritud”, confiesa. No se reconocía en esa definición. “Es decir, dentro de esa ecuación ni la adopción ni el ser una persona asiática entraba. Entonces yo pensaba que lo mío no era racismo, eran como bromas hechas desde el cariño y que no tenía motivo para quejarme, que estaba siendo exagerada o demasiado sensible”. El punto de inflexión llegó al escuchar en Internet a otras personas racializadas hablar de estas situaciones: “Dije: vale, yo también quiero empezar a hablar”.

Ni de aquí ni de allí

Estos sentimientos pueden desembocar en un conflicto irresoluble en el que las personas adoptadas se quedan como flotando entre dos mundos: ni se sienten totalmente españolas, ni tampoco de su país de origen. Para Chandra Kala Clemente, doctora en Antropología Social por la Universitat Autònoma de Barcelona y autora de Volver a los orígenes. Una etnografía de la adopción transaccional (Bellaterra, 2022), la identidad para una persona que ha pasado por una adopción transracial (ella misma nació en Nepal y fue adoptada en España), no se construye en un único plano: “Nuestra identidad se conforma por diferentes capas y diferentes niveles que hacen que seamos un yo”, afirma. “En el caso de las personas adoptadas, por mucho que la familia se esfuerce y obtenga herramientas para poder acompañarte, hay cosas que no van a poder sustituir nunca, por ejemplo la historia de origen. Hay una parte de nosotros que viene de antes y eso también es parte de nuestra identidad”.

Ese conflicto aparece pronto fuera del hogar. “La escuela y los amigos son un punto en el cual se construye y se percibe la propia diferencia y cómo se negocia la identidad en sociedad”, señala. “Tú te concibes de una forma, pero la gente te está leyendo de otra, y esa racialización forma parte de la identidad”. 

Rovira lo describe como una tensión constante: “No sentirse ni de aquí ni de allí. Sentía que tenía que escoger entre una cultura y otra”. Incluso dentro de la familia: “Mi madre me decía que yo era más española que asiática, porque de asiática solo tengo el físico”. 

Esto provocó que durante años Leyao rechazara todo lo que tenía que ver con China: “Mi madre nos preguntó a mi hermana y a mí si queríamos aprender el idioma, yo dije que no. De hecho, no quería ni estar cerca de algunas amistades que tenía de rasgos asiáticos. Relacionaba China con el motivo de discriminación”. Hoy la mirada es distinta: “Gracias al activismo, he sanado el racismo que he vivido y hoy en día guardo un cariño especial a China. No reniego de mis orígenes”.

Por su parte, De la Rosa se siente atravesada por esa dualidad: “Me siento una persona migrante y extranjera. Para muchas personas, la integración perfecta exigiría olvidar; decir que eres española y aquí se acaba el tema. Pero eso no es así, nos acompaña una relación con nuestro país de origen que tiene que ser sana y no podemos olvidar que las adopciones internacionales provienen en muchos casos de situaciones de conflicto”. 

Hoy en día, De la Rosa mantiene un vínculo activo con su país de origen: “Colombia es para mí el país del que orgullosamente procedo y forma parte de mi identidad. Nací allí y mis orígenes están allí. He crecido y vivo en España. Pero me encanta regresar a Colombia, ya he ido cinco veces, y me gusta saber moverme, conocer las ciudades, entender las palabras (porque allí se habla colombiano, no español). Poder orientarme y sentir que también soy de allí es bellísimo”. 

Nuestra identidad se conforma por diferentes capas y diferentes niveles (...) por mucho que la familia se esfuerce y obtenga herramientas para poder acompañarte, hay cosas que no van a poder sustituir nunca, por ejemplo la historia de origen

Chandra Kala Clemente doctora en Antropología Social

Buscar (o no) a la familia biológica

Otro de los temas recurrentes cuando se habla de adopciones, sobre todo en las internacionales, es la necesidad que surge, especialmente cuando llega la edad adulta, de buscar a la familia biológica. 

No responde a una falta de amor hacia la familia adoptiva, sino a algo más profundo: el deseo de comprender la propia historia con todas sus piezas, incluso aquellas que duelen o que quizá nunca lleguen a encajar del todo.

La psicóloga Eva Gispert señala que durante la infancia predomina la adaptación: “Lo primero que quieres es ser de esa familia que te ha tocado, sobrevivir y adaptarte”, la pregunta por el origen queda en segundo plano durante esos primeros años. 

La búsqueda de identidad aparece sobre todo en la adolescencia o, más tarde, en la edad adulta, cuando algunas personas inician procesos terapéuticos y empiezan a entender “de dónde les viene toda la ansiedad, los miedos y las dificultades. También puede activarse ante momentos vitales importantes como la muerte de los padres adoptivos. En las adopciones racializadas”, añade, “la diferencia visible suele acelerar estas preguntas, aunque la inquietud suele existir desde antes”.

Entre las entrevistadas, el caso más evidente de esto es Jenifer, cuyo proceso de búsqueda se convirtió en documental. Su historia tiene un punto de partida tan brutal como concreto: la erupción del volcán Nevado del Ruiz el 13 de noviembre de 1985, una de las mayores tragedias de la historia de Colombia, que causó la muerte de más de 23.000 personas y borró del mapa el pueblo de Armero. Jenifer fue uno de los niños que sobrevivieron y acabaron siendo dados en adopción fuera del país. Llegó a Valladolid con un año y medio.

A los treinta, motivada por la posibilidad de que su madre biológica siga viva, decidió volver. Hija del volcán recoge ese viaje, “la búsqueda de mis orígenes, la experiencia que me ha hecho madurar y comprender qué significa la adopción y esa necesidad de buscar, de encontrar”, explica. En la película quiso dejar claro lo que a menudo se omite en los relatos sobre adopción internacional: “Necesitaba narrar de una forma muy cercana cuál era mi situación y lo frustrante que es buscar, llamar a una puerta y a otra y que te den largas”. El propio proceso de contarla también la transformó: “Me ha enseñado mucho, me ha hecho madurar. Ha sido una experiencia irrepetible y muy necesaria para mí”.

Leyao todavía lo vive como una posibilidad abierta: “Recientemente, me he planteado investigar sobre mi familia biológica”, reconoce. “No es una necesidad como tal, pero sí un deseo genuino. Tengo miedo, nervios… Pero sobre todo tengo ganas, muchas ganas”. No obstante, también teme la reacción que podría llegar a tener su familia biológica o “encontrarme algo que me sorprenda o que yo preferiría no haber sabido”.

No podemos olvidar que las adopciones internacionales provienen en muchos casos de situaciones de conflicto

Jenifer de la Rosa directora de 'Hija del volcán'

Más que una historia familiar

Según los datos del Ministerio, desde 1997, han llegado a España más de 56.000 personas adoptadas en el extranjero. Un colectivo numeroso y heterogéneo pero que, como hemos visto, comparte una serie de preocupaciones comunes. Y está claro que estas no pueden reducirse simplemente a lo íntimo o a lo doméstico. 

Chandra, la antropóloga, insiste en que, como sociedad, todavía estamos lejos de encajar y entender esta situación. “La adopción internacional no es solo una forma de crear familias”, explica, “es una práctica social que involucra políticas internacionales, sistemas legales diferentes, desigualdades económicas y culturales”. 

En ese entramado, señala, también se decide quién queda fuera del relato: “¿Quién tiene acceso a la familia? ¿Quién queda invisibilizado? ¿Cuántas veces hemos oído hablar de las madres o de las familias de origen? Todo el mundo sabe que hay una familia antes, pero pocas veces se habla de eso”.

Para ella, incluso las palabras condicionan lo que el grueso de la población piensa sobre la adopción. “Expresiones como rescatar o dar en adopción a alguien a una nueva familia simplifican mucho la experiencia”. Frente a ellas propone otras que deberíamos implantar como sociedad: “Hablar más de separaciones, de pérdidas, de desvinculaciones” y reconocer “la agencia de las personas adoptadas, que en su momento no decidimos ser adoptadas, pero ahora utilizamos esa agencia para hablar desde nuestra perspectiva”.

Revisar nuestra actitud hacia la adopción internacional obliga también a revisar el contexto histórico que la ha hecho posible. “Hace falta una reflexión social colectiva sobre la dimensión histórica de la adopción internacional, de dónde venimos”, afirma. 

En definitiva, parece necesario reevaluar cómo se ha tratado hasta ahora la adopción internacional, una realidad compleja atravesada por el afecto, la pérdida, la adaptación, el racismo, la pertenencia y los silencios. No todas las experiencias son traumáticas, pero tampoco todas son bucólicas. Las vidas de las personas adoptadas internacionalmente no caben en un relato único, son complejas y así debemos reconocerlas, tratarlas y, sobre todo, escucharlas. “Me gustaría que cuando se hable de adopciones internacionales se ponga el foco en las personas adoptadas y en nuestras voces”, explica Leyao. “Y que no haya una romantización de la adopción ni en lo positivo ni en lo negativo”.

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