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Ponerle puertas a internet

Cuando las empresas tecnológicas regulan las relaciones comerciales y humanas sin ninguna cortapisa legal ganan dinero y destruyen la convivencia

Ponerle puertas a internet

No hay nada nuevo bajo el sol. Ni siquiera una guerra del taxi como la que se vive estos días en las grandes ciudades españolas. Ya en los albores del siglo XX, el mundo del taxi o, mejor dicho, de los coches de punto, vivió su primer conflicto. Ya nadie se acuerda, pero en aquellos momentos, en todo el mundo, el motor de explosión liquidó el aprovechamiento que del 'motor de sangre' de los equinos y otros cuadrúpedos se hacía en múltiples escenarios, desde la mina hasta las calles de una ciudad. Los excedentes bélicos de la I Guerra Mundial dieron la puntilla a la presencia de caballos de tiro en el transporte y miles de equinos tuvieron por único destino el matadero. Y fue un cambio traumático. Los taxis, ahora, que tan airadamente intentan frenar la implantación por empresas cuya base es internet son los mismos que destruyeron el coche de punto, de línea, y tantas otras variantes.

La misma oposición que ahora los taxistas tienen con la introducción de servicios derivados del nuevo paradigma tecnológico fue con la que se recibió a los taxis a motor. Pero ni se le puede poner puertas al campo ni frenar la evolución tecnológica ni decirle al ciudadano dónde tiene que subirse y de qué forma. Del mismo modo que entonces se hizo lo posible para que el taxi a motor no circulara, nada podrá impedir, aunque sí demorar, que servicios que se apoyan en las nuevas tecnologías sean de dominio público en los desplazamientos públicos, valga la redundancia. Es cuestión de tiempo.

Lo que viven ahora los taxistas es lo que vivieron los periódicos, la industria editorial en general, los hoteles, las compañías aéreas, las de telefonía, las agencias de viaje, las compañías de disco o de cine: precios low cost, un servicio de aquella manera pero efectivo, en ocasiones amable, y una gran flexibilidad de acceso acabaron con las industrias clásicas, algo que me imagino que los taxistas debieron pensar que no les afectaría a ellos. Pero les afecta y de qué forma. Han pasado de consumir descargas gratuitas de periódicos, libros y discos en las paradas a ser ahora ellos los descargados. Pero realmente no se acaba nada, si se quiere entender y, como tantas veces antes, lo que empieza es una adaptación a los nuevos hábitos de consumo, que, dicho lisa y llanamente, consisten en que la gente hace lo que le da la real gana. Debieran los taxistas pensar más bien en dar un mejor servicio que en segarle la hierba al vecino.

Esta es sin embargo una guerra peculiar. Desde el punto de vista laboral no se sabe bien si es la defensa del autónomo o un cierre patronal. Pero como planteamiento reivindicativo, con todo la fuerza que lleva encharcar la vida diaria de una gran ciudad, no deja de ser llamativo que la principal reivindicación no sea para con sí, sino para con un tercero. Es decir, se moviliza para destruir la competencia, con las administraciones lavándose una vez más las manos y rechazando la responsabilidad del regulador, responsabilidad que no rechazan en otras muchos ámbitos como el fiscal (callado está dicho). Así que tenemos a empresarios y empleados del taxi arremetiendo contra los empresarios tecnológicos y los empleados de Cabify y Uber (también autónomos y también hipotecados hasta las cejas para cumplir los requerimientos del servicio) sin que nadie proponga adaptaciones, regulaciones para todo el sector ni mucho menos un poco de calma. No hay que olvidar tampoco que la selva bárbara que se vive es consecuencia directa de algo ya habitual estos años: cuando las empresas tecnológicas regulan las relaciones comerciales y humanas sin ninguna cortapisa legal ganan dinero y destruyen la convivencia.

El embrutecimiento del conflicto no servirá para nada. Los taxistas, desde el inicio, ya perdieron la batalla de la opinión pública y a este paso, acabarán como los bancos, que también prestan un servicio, pero a los que nadie aprecia. Regulación, adaptación tecnológica y un buen trato al cliente pueden ser un camino; el recurso de la violencia, nada más que una muestra de miedo y debilidad.

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