eldiario.es

Menú

eldiarionorte Cantabria eldiarionorte Cantabria

De confederaciones y municipalismo: una mirada más allá [de lo local]

Lo panlocalista no tiene vocación unificadora, no es un rodillo que nos iguala sino una orquesta afinada tocando jazz

- PUBLICIDAD -
Manifestantes en la Puerta del Sol durante las protestas del 15-M en 2011(Juan Luis Sánchez)

Manifestantes en la Puerta del Sol durante las protestas del 15-M en 2011(Juan Luis Sánchez)

¿Qué organización?, ¿qué democracia?, ¿qué participación?, ¿qué movimientos sociales?, ¿qué autogobierno?, ¿qué contrapoder?  Reflexiones sobre estas cuestiones y otras han copado la agenda municipalista desde hace tres años, situando como hito las elecciones de 2015 y la proliferación de candidaturas y colectivos locales con referentes comunes en el estado español.

No dejamos de darle vueltas a las formas más adecuadas de autogestionarnos, de generar tensiones suficientemente transformadoras para cambiar las políticas en nuestros municipios. Hay quienes, agotados por el ciclo institucional, cuelgan las corbatas de representantes públicos, decididos a volver a las calles. Y hay quienes creen/creemos que los espacios de lucha dentro de las instituciones no han sido explorados desde las perspectivas adecuadas, bien por desconocimiento, bien por una visión naif de la política o bien por las lógicas que nos desgastan entre kilos de burocracia y fatalismo estructural de unas instituciones caducas que no representan la realidad de una sociedad compleja y en permanente cambio.

Pero hay algo que no dejamos de tener en mente aquellas que nos situamos en la posición de seguir investigando los límites: si el municipalismo no se sitúa en “lo global frente a lo local” este ciclo de luchas tendrá una más que probable disolución en la historia de lo que “quiso ser y no pudo”. El aislacionismo en nuestros municipios, intentando resistir frente a las oligarquías locales y las limitaciones del autogobierno, acaba con los colectivos agostados. Es en esa mirada más allá de nuestras fronteras, individuales y comunes, donde nos reconocemos y nos apoyamos. Aumentamos nuestras capacidades y recursos, al ser compartidos. Y podemos forzar en ámbitos supramunicipales reivindicaciones que pudieran parecer menores si las reducimos a un solo municipio.

¿Tienen más potencia de convocatoria las reclamaciones de una legislación sobre apartamentos turísticos y lo que subyace –turistificación y gentifricación de los territorios – si se hacen desde Bilbao o si son más de cincuenta municipios los que reclamamos una solución global? ¿Es más efectiva la lucha por los derechos de los migrantes desde un municipio de Huelva o desde la mitad del Estado? Son preguntas retóricas que tiene una respuesta obvia: “el todo es más que la suma de las partes”.

Y como tal, el nivel de plurirepresentación de ese todo opera como una hidra de mil cabezas, en la que cortando una de ellas, surgen otras dispuestas a continuar. Cada colectivo municipalista es una célula de resistencia, que se representa a sí misma y a otras similares, que dada la multiplicidad de voces y capacidades, nunca depende de un único referente. Oponemos lo horizontal y diverso, frente a lo vertical y autoreferencial. Portavocias múltiples y poliédricas a imagen de las candidaturas: plurales, abiertas, participativas. Lo panlocalista no tiene vocación unificadora, no es un rodillo que nos iguala sino una orquesta afinada tocando jazz.

Es en esa construcción igualitaria, cerca de las lógicas feministas, sin líderes ni falocracias, donde creemos que debemos situar el municipalismo del siglo XXI. Partiendo desde lo local pero con alma internacionalista. Ese planteamiento huye también de la sobrerrepresentación de las ciudades más grandes; esos centros neurálgicos de la política que se resumen en un “si no pasa en Madrid, es que no ha pasado”. Todas debemos tener, en un espacio de debate horizontal y participativo, la misma capacidad de decisión, participación y representación. Estando de acuerdo en que las problemáticas de las grandes urbes y las de las zonas rurales a veces distan mucho de ser comparables, es bien cierto que compartimos muchas más necesidades de las que a priori pudiera parecer. Por eso, una confederación de municipalistas independientes, con las lógicas tensiones que se darán en el seno de una casa tan grande y una familia tan compleja, solo puede empujar el movimiento del municipalismo hacia cotas de representación más altas.

Debemos preguntarnos todas, desde la sinceridad, si lo que queremos es seguir siendo oposición, o gobernando en nuestro pueblo o ciudad, con todo lo que ello significa, o bien queremos que el municipalismo sea la piedra de toque que cambie el régimen del 78. Debemos plantearnos si desde nuestros pequeños nichos de poder, adscritos a la democracia representativa, podemos oponer suficiente resistencia o bien podemos usarlos como laboratorios de democracia participativa. Porque si desde lo municipal no se puede, no se podrá. Debemos repensarnos, cuestionarnos, aprender.

Desde una perspectiva realista y quizás un tanto pesimista de nuestro peculiar ecosistema municipalista, repleto de diferentes especies políticas con sus peculiaridades y rarezas, un observador omnisciente asistiría con perplejidad a los intentos de confederar semejante amalgama de ideas y planteamientos. Demasiado complicado, diría. Pero si ese observador dejase de lado su escepticismo existencial, es probable que acabase pensando que no nos queda otro remedio que el optimismo, vital y algo irreflexivo.  Intentarlo es la única opción posible; el resto, ya lo conocemos.

- PUBLICIDAD -
- Publicidad -

Comentar

Enviar comentario

Enviar Comentario

Comentarios

Ordenar por: Relevancia | Fecha