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De la crisis de los cayucos, a los sueños hechos realidad en Senegal

El centro cultural Sunu Xarit Aminata, situado en el municipio de Gandiol, revela un modelo autóctono para convencer a la juventud de que "Europa no es el Dorado" e intentar frenar la "migración clandestina" que desangra África  

"Buscamos la participación de los jóvenes del pueblo. Hay que aprender a conocer nuestra comunidad y a través de eso, conocer el mundo", apunta Mamadou Dia, que en 2006 se embarcó en un cayuco rumbo a Canarias, pero finalmente volvió a Senegal para explicar que "el cambio tiene que salir de nosotros mismos"

Mamadou Dia, junto a un cayuco, similar al que le llevó a las isla canaria de la Gomera en 2006.

Mamadou Dia, junto a un cayuco, similar al que le llevó a las isla de la Gomera en 2002.

El centro cultural Sunu Xarit Aminata, situado cerca de la costa que baña el municipio de Gandiol, a unos 150 kilómetros de la capital Dakar, es un sueño compartido hecho realidad. Eso es Senegal a día de hoy: un país con 15,1 millones de ciudadanos que sueñan de manera compartida un presente diferente. Tal vez porque sobre el futuro es mejor no detenerse mucho tiempo.

Tal vez lo temerario sea intentar pintar un cuadro como el de la "migración clandestina" en Senegal en apenas una semana, cuando un maestro de este oficio como Ryszard Kapuscinski vivió y viajó por todo el continente desde 1957 y tuvo la decencia de asegurar que África era un continente "demasiado grande para describirlo". Dijo de él que era "un océano, un planeta aparte, todo un cosmos heterogéneo" y añadió: "Sólo por una convención reduccionista, por comodidad, decimos 'África'. En la realidad, salvo por el nombre geográfico, África no existe".

Pero... ¡vaya si existe! Habrá aún gente en España que recuerde la crisis de los cayucos de 2006: cuando estos barcos diseñados para adentrarse en el mar con artes de pesca -y no para trasladar carga humana negra hacinada- arribaron con 31.678 sueños en esas embarcaciones de madera con el colorido que recorre Senegal entera y todo el continente africano. Las imágenes diarias emitidas por las televisiones de mujeres embarazadas, niños desfallecidos y, en general, adultos al borde del colapso junto al impoluto traje de faena de unos miembros de Cruz Roja con mascarillas y guantes de protección eran un aldabonazo diario a las conciencias. Sobre todo cuando los cuerpos quedaban varados inertes en las playas del archipiélago canario. Demasiado para la Europa del bienestar que aún ni se olía la crisis que se le venía encima.

Los funcionarios de las vetustas instituciones comunitarias siguen pensando que el desafío de la inmigración se arregla con una chequera llena de dinero. Es lo que pusieron en marcha en marzo de 2016 con Turquía ante la mayor crisis humanitaria migratoria vivida en Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Las autoridades españolas ya lo habían ensayado diez años antes, y, a partir de 2009, inyectaron anualmente en Senegal y Mauritania un total de 168,21 millones de euros, la mayor parte para el control de fronteras (123,5 millones) y el resto fue para cooperación al desarrollo, según datos oficiales suministrados por el propio Ejecutivo en junio del pasado año. Senegal obtuvo casi 60 millones para políticas de seguridad y solo 24,8 fueron para cooperación al desarrollo.

Uno de los espacios comunitarios del centro cultural Sunu Xarit Aminata, en Gandiol (Senegal).

Uno de los espacios comunitarios del centro cultural Sunu Xarit Aminata, en Gandiol (Senegal).

En el centro cultural Aminata, el sueño de la joven cooperante vizcaína Nerea Pérez-Arrospide fallecida en septiembre de 2015 en un accidente de moto, corre esta mañana una brisa sanadora. Las sillas de colores se han llenado de cooperantes, jóvenes del barrio, periodistas y representantes de las diputaciones de Bizkaia y Gipuzkoa que, más que supervisar sobre el terreno los proyectos de cooperación aprobados en sus despachos, aprenden 'in situ' del espíritu que irradian las mujeres, los jóvenes o cualquier "colectivo vulnerable" que busca su sitio en el nuevo Senegal. El que preside Macky Sall, un dirigente que fue alzado al poder en 2012 tras el 'reinado' de Abdoulaye Wade gracias a los jóvenes (muchos de ellos agrupados en el movimiento Y'En A Marre) y que deberá revalidar mandato en las elecciones presidenciales del próximo año. En plena segunda vuelta de aquellas elecciones históricas, el propio Sall dejó para la historia una frase, recogida en el documental de obligado visionado para entender la evolución de los últimos años en Senegal, 'Incorruptible': "No serán los franceses o los británicos los que desarrollen nuestro país. Seremos nosotros, los senegaleses. Tengo ese deseo patriótico para mi país".

Para llegar hasta el centro cultural hemos conducido por las buenas carreteras que unen la capital con San Louis, un precioso municipio colonial reclamo de turistas y de sueños rotos. El último tramo es un continuo vaivén en el autobús para 'toubabs' -blancos en wolof, el idioma nacional, aunque el francés siga siendo lengua oficial porque Francia, en realidad, nunca se ha ido de Senegal- entre arena, agujeros y sudor. Pero nos regala una estampa impagable: la de las mujeres (casi) más bellas del mundo recogiendo sal en enormes cuencos a pleno sol del día con una dignidad que lo llena todo.

Mujeres recogen sal en un salina cercana al pueblo pesquero de Gandiol, en Senegal.

Mujeres recogen sal en un salina cercana al pueblo pesquero de Gandiol, en Senegal.

Mamadou Dia, de familia de pescadores, también tuvo un día un sueño. Y en 2006, en plena crisis de los cayucos en España, se embarco en uno de ellos para cruzar el Atlántico. No había artes de pesca en su interior. Tenía poco más de 20 años. Antes, en 2002, había intentado en dos ocasiones obtener el visado para ir a Francia a terminar sus estudios. Las dos veces obtuvo una cruz de color rojo en su solicitud. "Quería vivir Occidente, ver con mis propios ojos lo que llamaban desarrollo, civilización. Todas esas palabras que oímos en los medios y no sabemos qué significan", explica en un castellano de la RAE.

Junto a las otras 84 personas que le acompañaban en el cayuco llegaron ochos días después a la isla de la Gomera. Una de ellas murió en la travesía. Lo cuenta todo en su libro '3.052, persiguiendo un sueño'. El dígito representa los kilómetros que separan Dakar de Murcia, la ciudad española donde recaló tras llegar a la Gomera y pasar por un Centro de Internamiento de Extranjeros (CIES). Después, en Murcia, vivió siete años y se integró en la sociedad española como pudo. No fue nada fácil. "He vivido situaciones muy duras; el viaje fue muy duro, claro, pero lo duro fue sobrevivir donde no tienes papeles, ni nada", confiesa este joven que convive ahora con Laura, una cooperante gallega entregada al centro cultural . Tienen dos hijos bien pequeños. Están enamorados... y también del centro Aminata y de Senegal.

Volvió a Gandiol, un municipio de 28 pueblecitos desperdigados, para dar testimonio de que "Europa no es El Dorado" y que muchos de los problemas a los que se enfrentan los jóvenes en España son similares a los que encara la juventud senegalesa. Lo revolucionario del mensaje de Mamadou en Senegal es que es un activista en su país en favor de una migración con papeles, visados y, sobre todo, con retorno. "Las mafias que operan en Libia o Marruecos son el problema de la migración clandestina y cada vez que Europa pone barreras y levanta muros los políticos europeos incentivan esas mafias", censura.

Cayucos de pescadores listos para salir al mar, junto a un mercado en Dakar (Senegal).

Cayucos de pescadores listos para salir al mar, junto a un mercado en Dakar (Senegal).

Nerea, arquitecta de profesión, a buen seguro que puede ver desde donde esté la vida que tiene hoy lo que un día solo fueron diseños garabateados sobre el papel en 2013. El sueño que compartió con Mamadou. "Estamos preocupados por el desarrollo comunitario de nuestro pueblo Gandiol y sus habitantes. Nos sobra motivación, y tenemos ideas; lo que nos hacen falta son más medios para fomentar una idea básica: la participación de los jóvenes del pueblo. Hay que aprender a conocer nuestra comunidad y a través de eso, conocer el mundo. Aprender haciendo, porque el cambio tiene que salir de nosotros mismos", resume Mamadou.

"Buscamos la participación de todos estos jóvenes del pueblo que vienen aquí. El cambio tiene que salir de nosotros", reitera Mamadou. Y en eso están en su organización Ha Ha Tay, con la ayuda de la Diputación de Bizkaia, de la Agencia de Cooperación al Desarrollo de Andalucía y de otras instituciones. La diputada Teresa Laespada, que tuvo unas sentidas palabras de recuerdo para Nerea durante la visita al centro, aprovechó para anunciar más fondos para el programa de intercambio que envía a jovenes senagaleses a pasar una temporada a Euskadi con jóvenes vizcaínos. "Habéis sacado el proyecto, no sé quien irá, pero sigue adelante", dijo, entre aplausos y el jolgorio generalizado de los jóvenes que ya se veían pronto en el País Vasco.

En la librería del centro cultural que un día ideó Nerea y llevó adelante su hermana Ainhoa -una joven vizcaína que contagia vitalidad, mientras explica su ir y venir por Senegal- un ejemplar de 'Ébano' del maestro Kapuscinski sobresale entre todos los libros expuesto a la mirada escrutadora del visitante. 'Ebano' es un clásico. Hay un capítulo dedicado a Senegal: "Madame Diuf vuelve a casa". Describe el viaje en tren de la capital Dakar hasta Bamako, la capital de Mali, de una de esas mujeres vendedoras en los mercados que ahora decimos 'empoderadas'. Omnipresente, es capaz ella sola de vaciar un asiento lleno de 'toubabs' y de desplegar todo tipo de utensilios, comida, mercancías y frutas. "Contemplando a Madam Diuf", narraba Kapuscinski, "su omnipresencia, su dinámico reinado, su monopolio y su poder absoluto e incuestionable, me di cuenta de hasta qué punto África había cambiado. Me acordé de un viaje que había hecho años atrás con el mismo tren. Nadie osaba turbar la paz y limitar la comodidad de un europeo. Y ahora la propietaria de un puesto de mercado en Bamako, dueña y señora de esta tierra, sin que le temblase un párpado, había arrinconado y echaba del compartimento a tres europeos, haciéndoles ver que allí no había sitio para ellos". Y África sigue cambiando.

Pero el viejo reportero polaco probablemente habría posado hoy su mirada sobre las "madrinas de barrio", auténticas hacedoras de comunicación entre padres e hijos, incapaces muchas veces de saltarse los tabúes o las leyes no escritas de los todopoderosos 'marabus', una suerte de líderes religiosos de enorme influencia (incluso política) entre la población senegalesa cuyas caras están presentes en todos los rincones del país. 

Microcréditos, fuerza y dignidad

"Las mujeres emprendedoras que progresan sin más apoyo que microcréditos y voluntad son solo un ejemplo de tanta fuerza y dignidad. Hemos estado con gente con una enorme dignidad y con un orgullo potente para avanzar por sus propios medios", confiesan en un artículo conjunto los diputados forales responsables de las políticas de cooperación al desarrollo en Bizkaia y Gipuzkoa, Teresa Laespada y Denis Itxaso, respectivamente. Es el caso de las madrinas de barrio, de las matronas que hacen milagros para ayudar a venir al mundo a sus hermanas en condiciones sanitarias óptimas o de las mujeres asociadas que manufacturan sus productos y los venden directamente en los mercados, como Khadidiatou Sene, presidenta de la Asociación de Mujeres para el Desarrollo (AFDL), quien a sus 42 años ha logrado sentarse en el pleno del Ayuntamiento de un barrio de la capital. O la del proyecto Creando Futuros en una escuela en Mbour, a unos 88 kilómetros de la capital, donde Ibou Diouf ha logrado escolarizar progresivamente a decenas de niños y niñas, que se aseguran, además de educación, una comida al día.

Ryszard Kapuscinski obtuvo en octubre de 2003 el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. El gran reportero del siglo pasado nos recordaba en una entrevista en El País antes de recoger el galardón que los periodistas "escribimos sobre acontecimientos reales y sobre personajes de carne y hueso". Como la historia de Mamadou o la de la madrina de barrio Aïda Diouf o la de Ainhoa Pérez-Arrospide, hermana de la cooperante guipuzcoana que dejó la tranquilidad de Bruselas para hacer realidad el sueño de su hermana Nerea en Gandiol. Un sueño, Aminata -que en senegalés significa efervescente, lleno de vida, abierto a la comunidad- que tomó vida definitivamente a finales del pasado año.

Paseo en camión junto al mar tras visitar el proyecto de reforestación en las comunas de Thieppe y Diokoul (Senegal).

Paseo en camión junto al mar tras visitar el proyecto de reforestación en las comunas de Thieppe y Diokoul (Senegal).

La migración clandestina es como el agua, cuando una vía acaba obturándose, busca otra por la que colarse hasta llegar a su destino. Y aunque Europa siga empeñada en sacar talonarios o en levantar muros y concertinas, la gestión de éxito y que perdura y genera desarrollo real y tangible es trabajar en los países de origen, según coinciden los políticos y las ONG que operan sobre el terreno. Guillermo Martínez, máximo responsable de Médicos del Mundo en Senegal, lo verbaliza así: "Nuestra manera de trabajar busca sobre todo fortalecer las capacidades locales y fomentar la participación comunitaria. De forma que la población se vea como lo que es: titular de derechos; que la sociedad civil se fortalezca a través de su propia red de entidades locales y que, finalmente, el Estado, la Administración, vea claro que tiene una serie de obligaciones con su ciudadanía, sobre todo para luchar contra las discriminaciones y la estigmatización de los colectivos más vulnerables".  

El flujo migratorio procedente de Turquía ha caído. En Italia, llevan tres años de retroceso consecutivo (un 77,34% menos hasta mediados de junio pasado). Pero ha tomado el testigo la ruta migratoria del Mediterráneo Occidental (Magreb-España), que sigue creciendo. Dos datos de finales de junio: desde el 1 de enero de 2018 hasta finales de junio desembarcaron en Italia procedentes de Libia 11.268 migrantes. En España, en ese mismo periodo, desde Marruecos, por mar y a través de Ceuta y Melilla, fueron 15.441, según datos oficiales.

En Dakar se ha echado la noche. Nadie se acuerda de Kapuscinski aquí. En el hall del hotel, en una televisión último modelo, tras el partido del día del Mundial de fútbol, devorado como todos los de este campeonato -que el cantante Youssou Ndour ha ayudado a amplificar aún más con su vídeo clip 'Ñi ngi ànd ak yéen'-, están emitiendo un clásico: 'Memorias de África'. En una de sus escenas, Karen Blixen (Meryl Streep), la protagonista noruega, da las gracias al jefe del poblado por dejar a los niños que vayan a la escuela.

-"Leer es muy importante. Dígale que le recordarán toda la vida".

-"Jefe dice: los ingleses saben leer y ¿de qué les sirve?".

África, ese continente contradictorio, olvidado, pero muy vivo. Donde el viento da la vuelta... Y no se va a detener, como el agua, hasta buscar su sitio en un mundo que, como Senegal, cambia casi de un día para otro, con un ritmo trepidante, contagioso... 

Controlar el avance del desierto

Para llegar hasta la localidad de Dioloul, de camino a Gandiol, cualquier vehículo vale. Allí nos esperan unos viveros medioambientalmente sostenibles, verdes por dentro y por fuera: con una infraestructura hidráulica moderna que funciona con energía solar y con una capacidad de autoabastecimiento suficiente. La Diputación de Gipuzkoa ha aprobado un proyecto de reforestación para dos comunas de Thieppe y Diokoul, en el Departamento de Kebemer, que, además de detener el avance inexorable de la arena del desierto y proteger las casas desperdigadas por toda esa zona, supondrá que 40 mujeres y 20 hombres vean reforzada su capacidad la producción agroforestería y bio-producción agrícola. Hasta 50.000 plantas pagadas por el proyecto de la Diputación guipuzcoana esperan su momento para ser colocadas en las 'Dunas de Saly', protegidas por hileras de ramas de árboles autóctonos (como las acacias). En esos viveros, sus responsables cifran la producción en 250.000 plantas.

Dentro de este proyecto, al finalizar su vigencia, "otras 5.000 plantas se transportarán a centros escolares de la zona como medida de educación para la sostenibilidad", explican desde la institución foral. La producción de los viveros se realiza en un periodo de 5 a 6 meses antes del comienzo de la época de lluvias. Esa plantas de calidad ayudan a introducir de nuevo especies autóctonas sobre esas dunas. Y, además, detienen su avance. 

Son precisamente estas mujeres y los jóvenes -además de las ONG que trabajan sobre el terreno- las que están marcando la agenda de la cooperación al desarrollo en Senegal: asegurar la salud y educación sexual y reproductiva, luchar contra la discriminación contra las mujeres, al tiempo que se refuerzan su capacidades y su autonomía, y un combate ambiental para lograr cultivos y pesquerías que contribuyan al desarrollo local, económico y alimentario de los municipios rurales. Ese parece ser el mejor antídoto -aunque no el único- para evitar el éxodo de la juventud hacia Europa, según coinciden todas las personas que están embarcadas en proyectos de cooperación al desarrollo en Senegal. Como Mertxe Sánchez-Cruzado, que nos anima a subirnos a unos camiones del siglo pasado -tan robustos, como vetustos- desde los que descubriremos la victoria de la reforestación frente a la arena y la sequedad del Sahel, la zona que se extiende entre el desierto del Sáhara (norte) y la sabana sudanesa (sur). Son proyectos que casan como un guante con la denominada 'Gran Muralla Verde', un ejemplo de cooperación medioambiental que comprende a 11 países africanos que luchan juntos contra la desertificación y el avance del desierto, la franja saheliana que va desde Dakar a Djibouti. 

Posar la mirada de la cooperación en África

"Tenemos claro que, a partir de ahora, vamos a incrementar ostensiblemente las subvenciones públicas en el África subsahariana hasta lograr que representen en los dos próximos años al menos el 20% de la apuesta humanitaria global de la Diputación guipuzcoana", se ha comprometido 'in situ' el diputado foral de Cultura, Turismo, Deportes y Cooperación, Denis Itxaso.

Los motores de los viejos camiones han aguantado las cabalgadas por la zona reforestada, aunque alguna parada imprevista se ha tenido que hacer en el camino. Nada es eterno. Según nos acercamos al mar, vemos con claridad los efectos beneficiosos de las decenas de miles de plantas que en su día apenas levantaban unos centímetros de la arena y hoy son árboles que detienen el avance del desierto, además de dar buena sombra a los habitantes de la zona. Pero aún queda lo mejor: alcanzar la orilla y, mientras el sol -rojo como una yema en un plato de huevos con patatas fritas- se va poniendo y colorea todo el cielo, los dos camiones luchan por llegar primero a una velocidad de vértigo y jugando con las olas que rompen.

Un día intenso en emociones toca a su fin. Aún quedan varias horas hasta llegar al imposible tráfico de Dakar. Por el camino, toneladas y toneladas de plásticos de todos los colores que lo inundan todo recuerdan el trabajo medioambiental que aún queda por hacer en este país africano.

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