La vandalización institucional se ensaña con la última obra de Fisac

Polideportivo de la Alhóndiga en Getafe (Madrid).

Siguiendo en la línea que se está poniendo tan de moda de arrasar con colores chillones y formas dislocadas cualquier elemento que no destelle, se acaba de perpetrar una "intervención cultural" contra la última obra que construyó el gran arquitecto Miguel Fisac.

Fisac vivió 92 años, y los vivió con lucidez. Quién pudiera. Pero por muy enérgico y muy vital que fuera (que lo fue), a los 89 años estaba retirado y un tanto desencantado de muchas cosas.

Cuando unos jóvenes arquitectos (Fernando Sánchez-Mora, Sara González, Blanca Aleixandre y Leonardo Oro) fueron a verlo y a pedirle que se presentara con ellos a un concurso se animó; incluso se entusiasmó, y se presentaron a varios.

Ganaron el del Polideportivo de la Alhóndiga en Getafe (Madrid). Podemos considerarlo una "obra menor" en su historial, un proyecto nada espectacular, pero muy sereno y equilibrado (que era de lo que se trataba), e incluso muy elegante en su sencillez. Es (mejor dicho, era) una "caja" cubierta por vigas pretensadas de gran canto que dejaban espacio entre ellas para que entrara una luz cenital. Los muros eran de hormigón vertido en unos encofrados flexibles que dejaron su impronta marcándole unos recuadros y unos cuadrados girados.

Cuenta Leonardo Oro, uno de los arquitectos, que esa textura, ese tono, ese aspecto bruñido y tan aparentemente sencillo costó muchas pruebas, muchas decisiones, muchos hallazgos, hasta que fueron capaces de dejar finalmente ese aspecto gris levemente texturado tan hermoso, tan sutil y tan "anodino".

El modesto polideportivo cumple la función que tenía que cumplir y es un buen ejemplo de arquitectura útil para la sociedad y, a su modo tímido y honrado, es hermoso.

Pero ha tenido la desgracia de llamar la atención del CI Urban Fest, festival de arte urbano de cultura inquieta [sic], cuya primera edición se ha celebrado hace unos días en Getafe, con la inestimable colaboración del ayuntamiento de la ciudad y de la cervecera Mahou San Miguel, y con la participación de Greenpeace España y de la Fundación Vicente Ferrer. En definitiva, un evento lleno de las mejores intenciones.

Uno de los actos estrella de este CI Urban Fest fue encargar al equipo Boa Mistura que pintarrajearan el polideportivo, con una suerte de cuquicolorines que lo iban a mejorar muchísimo, porque ya sabemos que todo lo que sea colorido chillón es mejoría.

Ya conocemos bien este despliegue de buen rollo y excelentes vibraciones tendentes a hacernos felices en general, y, en este caso, a que no tengamos que seguir languideciendo ante edificios anodinos y así nuestra vida pueda ser un perpetuo y divertidísimo ataque epiléptico.

Definitivamente no sé cómo se ha podido implantar la creencia, la convicción, de que una pared de color liso y claro es un aburrimiento que hay que evitar a toda costa, y de que para que una colectividad pueda vivir feliz hay que pintarle las paredes de colores. No lo puedo entender. Ansían un entorno en el que no haya un instante de reposo visual, en el que solo se pueda salir de noche y con gafas oscuras, en el que sentarse un minuto en un banco a intentar leer o sencillamente a relajarse no sea ya posible porque los colores, los estímulos, las alegrías no nos dejen vivir.

No lo entiendo, pero se ve que el resto de la humanidad sí, porque está por todas partes. No hay ciudad en la que no se carguen cualquier atisbo de arquitectura discreta y limpia con chafarrinones de demagogia.

Se ve que no hay tapias cutres en Getafe, no hay naves industriales deslavazadas cuyos propietarios e incluso cuyos autores estarían encantados de que esta gente tan pizpireta les diera una manita de pintura. Pues no: Tienen que ir a lo de Fisac y compañía. Qué instinto, de verdad, qué puntería siempre.

Boa Mistura era un equipo de gente interesante, pero a fuerza de repetir la fórmula y de no fijarse en nada se están convirtiendo, como los Okudas y demás pintores joviales, en una suerte de traviesillos pastueños e inofensivos, provocadores ma non troppo, encasquillados en un estilo decorativo áulico que gusta mucho a los políticos que no tienen criterio estético, cultura ni ganas de asesorarse.

Al otro lado tenemos gente con mucho más criterio y talento, pero a quien nadie se dirige: los autores del polideportivo. Fisac murió en el año 2006, pero el resto vive todavía, y por muchos años. ¿Les han preguntado? ¿Les han dejado intervenir, opinar, sugerir? ¿Alguien ha pensado que los arquitectos de un edificio (y encima de un buen edificio) tienen algún derecho intelectual o ético sobre él? ¿Alguien ha pensado que pintar un edificio no debería ser un acto ajeno al propio edificio?

Si no se dan cuenta de esto no merece la pena insistir. La costumbre de agredir obras arquitectónicas no hace más que extenderse. Y lo peor es que no es algo hecho por gamberros y delincuentes, que ya sería muy deplorable, sino que es auspiciado y aplaudido por la autoridad, y por eso se convierte en algo terrible, porque nos sumen en el desamparo precisamente quienes tenían que protegernos. Bah, para qué insistir. Da igual ocho que ochenta. A quienes mandan no les importa nada de esto.

Como la mamarrachada está teniendo cierta repercusión, le han preguntado al concejal de Cultura, que no daba crédito de que a alguien pudiera no gustarle algo tan simpático y alegre. Ha dicho que el edificio no es ningún monumento histórico, sino del año 2004. (Sepan por tanto todos ustedes que ningún edificio de los siglos XX o XXI merece interés). Y también ha afirmado que es propiedad del Ayuntamiento de Getafe y no está protegido, por lo que pueden hacer con él lo que quieran. Tiene razón: pueden hacer lo que quieran, pero no deberían. No han hecho nada ilegal, pero sí una barbaridad.

Por supuesto, dice que no piensa despintar el edificio. Dice que a la gente le gusta mucho y que está muy contento con el resultado. He de añadir que nadie está seguro de que eso se pueda deshacer sin riesgo para el tono y acabado del hormigón. Gente más conocedora que yo dice que el tacto y el brillo que tenía son irrecuperables, aunque los de Boa Mistura, ahora arrepentidos, aseguran que sí que se puede quitar. Pero no hay caso: parece que nadie les va a pedir que lo quiten. 

Añado como sarcasmo final que la malhadada obra pictórica ejecutada (literalmente) por Boa Mistura se titula Empatía. Encima. Empatía. Nada menos que empatía. Lo que faltaba. Empatía con el edificio, empatía con los arquitectos, empatía con el entorno urbano, empatía con la arquitectura, empatía con las preexistencias. Empatía. Respeto. Verdaderamente es que hay que fastidiarse.

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25 de septiembre de 2020 - 23:08 h

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