Adictos a las redes
Una de las tendencias más inquietantes documentadas este año por el informe del Instituto Reuters para el estudio del periodismo de la Universidad de Oxford es la relación entre la adicción a las redes sociales (ya no hay otra manera de llamar a lo que nos pasa) y la percepción de la información.
Según esta encuesta en 48 países, de media, la principal fuente de información para la audiencia ahora –y por primera vez– son las redes sociales. A la vez, cuantos más vídeos, comentarios, ocurrencias y memes vemos en Instagram, Facebook o X sobre Trump, Gaza, la migración o el cambio climático, peor opinión tenemos sobre cómo los medios están informando sobre estos asuntos.
En España, la principal puerta de entrada a la información sigue siendo la televisión, en especial por la fidelidad de las personas mayores. Pero las redes ya están por encima de las webs y aplicaciones de noticias, y eso se traduce en más descontento: “Entre los españoles cuya principal fuente informativa son las plataformas, las actitudes resultan netamente negativas para todos los temas. Al menos en términos relativos, el público expresa mayores niveles de satisfacción si se informa con los sitios web y las aplicaciones de los medios, y su valoración es positiva en tres de las seis grandes noticias si su principal fuente es la televisión”, explica el informe.
Después de varias generaciones de golpes, revoluciones y adaptaciones más o menos torpes en la información es fácil perder la perspectiva del momento en el que estamos. El dominio de las redes y la imposición de la inteligencia artificial, en manos de unas pocas empresas de multimillonarios, no es un capítulo más de la revolución digital. Supone un cambio sustancial para el periodismo y, sobre todo, para la democracia.
No hay respuesta fácil a lo que nos está pasando como individuos y como sociedad, pero dejarse arrastrar por lo que dictan estas empresas, como hemos hecho en los últimos 15 años, solo ha llevado a un escenario peor. En esta década marcada por la pandemia y la guerra muchas crisis se nos escapan, pero la del entorno informativo no es ni ha sido inevitable.
Keir Starmer, el primer ministro británico, decía esta semana en la presentación de su plan para prohibir las redes sociales para los menores de 16 años que hay “un cambio cultural” y más conciencia sobre la naturaleza de las redes. La implicación de los gobiernos puede ayudar, pero también más reflexión y acción de los medios –ojalá en todos los países hubiera un A.G. Sulzberger, el editor del New York Times, para liderar esa reacción– y, en última instancia, de los ciudadanos.
La deriva en la que estamos tiene mala pinta, y aun así hay algún detalle en el informe del Instituto Reuters que arroja esperanza: los medios que merecen más confianza son los que trabajan siguiendo estándares periodísticos, la audiencia dice que aprecia la imparcialidad y tiende a confiar en los medios que consume de manera directa. Los casos más flagrantes de interferencias políticas, como la CBS en Estados Unidos, han tenido consecuencias: en este caso, una caída de la confianza de 10 puntos en solo un año.
El estudio también nos da pistas de qué le atrae de plataformas externas, en particular de inteligencia artificial, que gusta porque explica de manera sencilla las noticias y se pueden hacer preguntas de seguimiento.
Parte de nuestra responsabilidad como periodistas es hacer el trabajo mejor, con menos jerga, menos prejuicios y más mente abierta. Ni así está asegurado un espacio para los medios, pero al menos es un camino.
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