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Añoranza y algoritmo: la coalición imposible que impulsa la aceleración de Trump

Fotografía del 1 de abril de 2026 del presidente de EE.UU., Donald J. Trump. EFE/ALEX BRANDON / POOL
6 de abril de 2026 22:10 h

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Miramos la América de Trump como un espectáculo entre grotesco y amenazante, pero si solo nos fijamos en su sangriento y caótico show perdemos lo que tiene de laboratorio. Lo de Trump es mucho más que un trágico paréntesis. Se trata del intento de articular una derecha muy antigua con tecnologías de poder muy nuevas que permitan generar una velocidad de cambio que la democracia, con sus instrumentos del siglo pasado, no sea capaz de gobernar.

En efecto, Trump no es solo un líder imprevisible. Es el rostro visible de una coalición conservadora que lleva años reorganizándose. Intelectuales, think tanks, oligarquías tecnológicas y movimientos religiosos han construido lo que podríamos describir como una secta con voluntad mayoritaria y vocación refundacional. Una coalición que quiere redefinir qué significa democracia y quién puede formar parte del “pueblo”.

Desde la perspectiva del progresismo global se tiende a ver a Trump como el triunfo de la ignorancia. Sin embargo, en torno al trumpismo se ha consolidado una infraestructura intelectual chocante y al mismo tiempo ambiciosa: constitucionalistas que quieren “restaurar” los valores originarios de Estados Unidos, pensadores posliberales que declaran agotado el liberalismo, nacional-conservadores que sueñan con una nación homogénea, blanca y cristiana.

Esa constelación inverosímil, alimentada por fundaciones, algunos centros universitarios y medios de comunicación afines, defiende que el núcleo de disputa central no son las políticas públicas, sino la propia idea del sentido común. De ahí la obsesión por la guerra cultural: por conquistar escuelas, sacar libros de las bibliotecas, ocupar plataformas digitales, tribunales o iglesias. Y en todo ese entramado, Silicon Valley aporta una pieza clave: financiación, redes y una cultura tecno-elitista que mira con simpatía la idea de que los “mejores” (empresarios, ingenieros, gestores de datos) gobiernen por encima de los protagonistas tradicionales de la política democrática.

Pero la cosa no acaba en esa arquitectura intelectual. Es necesario contar con una base social. El trumpismo agrupa a una coalición tremendamente heterogénea: empresarios, sectores rurales alejados del dinamismo de las grandes ciudades, una parte significativa de la clase trabajadora blanca y un creciente evangelismo militante. Todos unidos por una misma convicción: el país que conocíamos se nos ha ido de las manos. Ese relato idealiza una América de los años cincuenta, próspera y racialmente ordenada, donde el trabajo masculino garantizaba estatus y la diversidad era reprimida o invisibilizada. Un pasado casi mítico en el que no había redes sociales ni lógicas globales y la vida avanzaba en línea recta.

Desde esa perspectiva, las bases religiosas del trumpismo, sobre todo el cristianismo evangélico blanco, se mueven en categorías que no encajan con el escenario actual. El mundo se divide en “salvación” y “perdición”, “pureza” y “mezcolanza”. A la pluralidad democrática se la ve como un relativismo peligroso, y los cambios en temas de género, familia o raza son considerados un asalto a las “leyes naturales”.

Pero, paradójicamente, ese universo moral tan antiguo se difunde con las herramientas más contemporáneas: algoritmos, plataformas de vídeo, memes, campañas segmentadas de desinformación. Una parte de la derecha radical ha abrazado el aceleracionismo en sentido estricto: la idea de empujar las contradicciones del sistema hasta el colapso para provocar una crisis que abra la puerta a un orden autoritario o etnonacionalista. Añoranza y tecnocracia unidas en una coalición extravagante.

Lo que vemos en Estados Unidos es una sociedad que se mueve a una velocidad incompatible con las promesas clásicas de la democracia. La economía se reorganiza en tiempo real, las identidades se multiplican, las tecnologías alteran el trabajo, la información y los vínculos; mientras tanto, las instituciones representativas funcionan con tiempos largos, reglas pesadas, inercias del siglo XX. Hay quien usa la imagen de la persona que corre constantemente en una escalera mecánica yendo al revés de su marcha. La gente trabaja más, se forma más, se endeuda más, y siente que pierde el control sobre su vida. Que “los de arriba” siempre van un paso por delante, y que las decisiones relevantes se toman en centros financieros, tecnológicos o foros internacionales que nadie ha elegido.

El trumpismo ofrece una respuesta brutal a esa experiencia: si la política democrática llega tarde, mejor prescindamos de ella. Un líder fuerte, discursos simples, enemigos claros, instituciones desacreditadas. Y todo ello envuelto en la promesa de parar el reloj para “los nuestros”, congelando privilegios y jerarquías en medio de un mundo acelerado.

Deberíamos leer todo ello en clave preventiva. Primero, porque muestra hasta qué punto la desigualdad y la sensación de pérdida de control pueden alimentar soluciones autoritarias envueltas en lenguaje popular. Y segundo, porque el problema de fondo —esa vida en una escalera mecánica al revés— sigue estando ahí. En sociedades donde todo se acelera, limitarse a defender el viejo statu quo liberal no basta: hace falta democratizar los tiempos de la economía, del trabajo y de la tecnología, y reconstruir formas de arraigo que no pasen por la nación excluyente o la nostalgia reaccionaria. La América de Trump no es un espejo perfecto, pero sí una advertencia: si la democracia no aprende a gobernar la velocidad del siglo XXI, otros lo harán en su nombre.

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