El Dios pantalla o la ilusión de omnipotencia tecnológica
La fascinación de la pantalla genera emociones que no siempre perviven ni son materializadas cuando uno deja de mirarlas o de creer en ellas. Pero cada día que pasa dedicamos más tiempo a estar frente a todo tipo de pantallas. Y lo cierto es que las pantallas y el mundo al que nos trasladan nos ayudan a resolver muchos problemas que antes exigían mucho más tiempo y esfuerzo. En la pantalla todo es mucho más claro, ordenado y legible que lo que nos rodea. Mapas, diagnósticos, catálogos, soluciones. Es innegable que todo ello da sensación de poder, pero, al mismo tiempo, nos va situando en un espacio paralelo a la realidad. Y lo cierto es que en esa realidad suceden cosas que no hay pantalla que resuelva. Es como si la tecnología haya hecho visible lo que antes era invisible o costaba mucho percibir. Pero, la brecha entre lo que la tecnología nos permite ver y controlar y lo que no hay manera alguna de meter en la pantalla es una grieta que va ampliándose y provocando alucinaciones de todo tipo.
Cada vez es más fácil, como estamos comprobando, matar a distancia, pero lo de gobernar el día a día exige cercanía. Hace diez años el filósofo francés Grégoire Chamayou publicó su Teoría del dron, donde describía con sumo detalle cómo la versión contemporánea de la guerra aérea, la guerra de drones y sus aledaños, produce una fantasía de control total. Puedes localizar a tu enemigo, seguirlo, conocer sus rutinas, elegir el momento exacto de su muerte y ejecutarla desde miles de kilómetros de distancia con total precisión. El operador frente a una pantalla decide la vida y la muerte de desconocidos, con total frialdad y sosiego. Pero Chamayou también explica los límites de este tipo de estrategias. El poder de matar con precisión y a distancia no acostumbra a traducirse en capacidad de construir un nuevo orden, de cambiar comportamientos colectivos. Y tampoco en construir desde lejos las condiciones para que una comunidad funcione o deje de funcionar. El camerunés Achille Mbembe lo formuló de otra manera. Lo que él llama la necropolítica es una nueva versión de la soberanía, pero por mucho que puedas decidir quién muere, lo que no consigues es decidir quién nace después.
Lo que está ocurriendo ahora con esa alianza fúnebre y enloquecida de los ejércitos de Estados Unidos e Israel se inscribe plenamente en esa necropolítica. Y no es que no tengamos ejemplos de ello en nuestra reciente historia (Vietnam, Kosovo, Libia, Irak), pero el patrón se repite. La pantalla te dice dónde está el objetivo. No te dice qué ocurrirá en el barrio donde vivía, en la familia que deja, en el vacío político que genera su ausencia, en el resentimiento que alimenta su desaparición.
La euforia tecnológica ha generado y sigue generando nuevos espejismos. En la política con las promesas de control total de las dinámicas que explican las decisiones de cada ciudadano. El despliegue de aplicaciones tecnológicas en salud conducen a que los médicos tengan que disuadir a personas que llegan a sus consultas convencidos de que tienen tal dolencia o que el tratamiento más adecuado para su caso es este o aquel otro, mientras que el cuerpo se sigue resistiendo a ser tecnológicamente controlado. En el mundo laboral crecen cada día los instrumentos tecnológicos para monitorear cualquier aspecto de la labor de cada quién, pero lo que no hay manera de mejorar es la implicación de la gente en esa labor. Vigilar o controlar no es lo mismo que comprender.
La tecnología simplifica la realidad y amplifica la ilusión de su control. Las decisiones tomadas desde esa ilusión tienen consecuencias reales: guerras que no se pueden ganar pero que se siguen alimentando porque el operador ve nuevos objetivos en la pantalla y trata de evitar delitos o tropelías que aún no se han cometido; políticas sanitarias que no incorporan en sus modelos la dimensión social de toda dolencia o sistemas de gestión laboral que tratando de optimizar la productividad reducen el compromiso de los implicados.
No se trata de plantearnos si debemos o no usar la tecnología ya que es evidente que sí, pero lo que sería conveniente es que analizáramos qué tipo de preguntas son las que nos permite responder y cuáles, en cambio, más bien no. El filósofo Timothy Mitchell escribió que el poder hoy día funciona en gran medida produciendo la ilusión de que la realidad social es legible y que puede calcularse y administrarse, y, en esa línea, la tecnología digital ha multiplicado esa ilusión. No es que la tecnología falle. Lo que ocurre es que hay dimensiones de las peripecias humanas que existen más allá de la pantalla: en los cuerpos, en las historias, en los miedos, en la dignidad ofendida de personas o colectivos. No hay sensores para ello. La pantalla no es el mundo. No lo es. Nunca lo ha sido. Y lo que nos conviene seguir recordando es que muchas cosas quedan fuera del encuadre.
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