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Lo que Europa tiene que defender

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, en una fotografía de archivo. EFE/ Juan Pablo Pino
9 de marzo de 2026 22:02 h

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Frente al caos que pregona y practica Trump desde la Presidencia de Estados Unidos, la pregunta urgente es si la Unión Europea tiene algún plan al respecto. No es una pregunta retórica: es la más práctica de las preguntas políticas. Europa y Estados Unidos llegaron a la segunda mitad del siglo XX con lecciones muy distintas sobre la guerra y el conflicto. La UE se fue construyendo precisamente para evitar resolver diferencias por la fuerza, avanzando en cohesión con reglas compartidas e interdependencia económica. El objetivo era escapar de la lógica de conflicto permanente que había devastado el continente. Hoy asistimos al regreso del caos y del uso de la fuerza como instrumento para resolver diferencias: en el universo Trump, las reglas son obstáculos, no patrimonio común.

La paradoja es que justo cuando más necesitaríamos reforzar las instituciones europeas, más se ha erosionado la confianza en ellas. El debate oscila entre quienes ven la UE como una camisa de fuerza y quienes defienden una mayor integración para responder a un mundo donde el tamaño importa. Las dudas se multiplican: ¿enfrentarse o acomodarse al unilateralismo de Washington? ¿Repetir la austeridad de 2010 o consolidar el giro más solidario que vimos durante la pandemia? ¿Imitar el camino americano o reforzar nuestra propia autonomía frente a un “amigo” cada vez más tóxico?

Empecemos por unos pocos datos de contraste entre Estados Unidos y Europa. Un estudio del World Inequality Lab sobre 38 países europeos entre 1980 y 2017 revela que el 1% más rico de Estados Unidos concentra el 21% de la renta nacional antes de impuestos, frente al 10,5% en Europa occidental. El 50% más pobre europeo gana entre 14.000 y 21.000 euros anuales; en Estados Unidos ese mismo grupo recibe el 11,7% de la renta, menos que en cualquier región europea. Y no es solo cuestión de impuestos: la razón principal por la que Europa es más igualitaria no reside en una redistribución más generosa, sino en una distribución primaria de los ingresos (predistribución vía salarios, educación y regulación laboral) estructuralmente más equitativa. Es esta predistribución, forjada por décadas de políticas públicas, la que explica la diferencia.

Esa diferencia tiene nombres concretos. En todos los países de la UE, el acceso a la atención médica es un derecho garantizado por el Estado, con independencia de la renta o el empleo. En Estados Unidos ha dependido históricamente del contrato laboral o de la capacidad de pago. Las consecuencias son medibles: Estados Unidos gasta cerca del 17% del PIB en sanidad, frente al 10-12% europeo, y obtiene peores resultados en esperanza de vida y mortalidad infantil. La esperanza de vida en Europa occidental supera los 82 años; en Estados Unidos ha caído por debajo de los 77. Anne Case y el Premio Nobel Angus Deaton documentaron un fenómeno sin parangón en el mundo desarrollado: el aumento de la mortalidad entre hombres blancos de mediana edad en Estados Unidos desde finales de los noventa, asociado a lo que llamaron “muertes por desesperación”: sobredosis, suicidios, cirrosis. Esto no ocurre en Europa.

Otro espejo revelador es el de la privación de libertad. Estados Unidos tiene la tasa de encarcelamiento más alta del mundo: unas 650 personas presas por cada 100.000 habitantes. La media europea se sitúa entre 60 y 100. Esa diferencia no refleja distintas tasas de criminalidad en todos los delitos: refleja distintas filosofías penales, distintos niveles de desigualdad económica y distintas políticas de drogas. El modelo europeo tiende hacia la reinserción; el norteamericano, hacia la incapacitación y el castigo. Las consecuencias sociales de encarcelar a más de dos millones de personas —en su mayoría hombres negros y pobres— son incalculables en términos de destrucción de familias y comunidades.

Ninguna de estas diferencias es accidental. Son el resultado de decisiones políticas acumuladas a lo largo de décadas. Europa eligió, desde los acuerdos de posguerra, construir sistemas de protección social que amortiguaran los efectos más brutales del mercado. Estados Unidos eligió, con más fuerza desde los años ochenta (Reagan), extender la lógica del mercado a ámbitos que en Europa se consideran derechos: la salud, la educación, la vejez. El resultado es una sociedad más rica en promedio, pero con una distribución de esa riqueza dramáticamente más desigual y con redes de seguridad más frágiles para quienes quedan atrás.

Dentro de la propia UE, el contraste entre la respuesta a la crisis financiera de 2008 y la de la pandemia de 2020 ilustra la tensión entre esos dos caminos posibles. Tras 2008, la austeridad fiscal, las reformas laborales desreguladoras y el debilitamiento de la negociación colectiva alimentaron un aumento de la desigualdad y una percepción de desprotección que nutrió a los movimientos euroescépticos. En cambio, la respuesta a la COVID-19 introdujo elementos de ruptura: suspensión de las reglas fiscales, mutualización parcial de deuda mediante NextGenerationEU, inversión masiva en protección del empleo. Es la Europa que se reivindica como escudo y no solo como mercado.

Reivindicar el espíritu original de la UE hoy significa tres cosas. Primero, asumir que el poder europeo en el siglo XXI no puede descansar solo en la regulación: necesita capacidad material —industrial, tecnológica, de defensa—, pero encuadrada en reglas comunes que eviten el sálvese quien pueda entre Estados miembros. Segundo, profundizar la predistribución: reforzar sistemas educativos y sanitarios universalistas, garantizar salarios mínimos efectivos y limitar la concentración de poder económico para seguir siendo la región desarrollada menos desigual. Y tercero, mantener una apuesta clara por la democracia social y liberal que no renuncie al Estado de derecho ni al multilateralismo, incluso cuando otras potencias deriven hacia el caudillismo o la política de la fuerza.

En un mundo que parece regresar a la ley del más fuerte, el proyecto europeo nació precisamente para demostrar que otra lógica es posible: que la cooperación regulada puede producir prosperidad, seguridad y libertad mejor que la suma de egoísmos nacionales. Lo que está en juego no es solo una cuestión de soberanía o identidad: es una cuestión de modelo de sociedad. Y el espejo americano nos recuerda, con datos, adónde conduce el camino alternativo.

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