La camiseta que me ahorra el artículo: ‘Tax the Poor’
Arde Paraguay por una minucia: el ultraderechista Santiago Peña ha hecho perder los ahorros y las pensiones a tres millones de sus ciudadanos. Bah. Que se las apañen, debió de pensar. Entretanto el Congreso lo destituyó y está en arresto domiciliario. Su hija Constanza quiso aclarar la visión familiar del mundo y para ello posteó una foto suya en el gimnasio: llevaba una camiseta con las siglas TTP, Tax the Poor, o sea: “Cobren impuestos a los pobres”. Más o menos coincidía con la idea que su padre acababa de hacer realidad a lo bestia.
Esa camiseta es el tipo de gesto que como escritora agradezco, porque me ahorra el artículo. Ya no tengo que leer y desmenuzar tratados sobre el odio de clase. Ni necesito contar lo de María Antonieta diciendo al pueblo que si no tenían pan comieran pasteles. Me da que cuando llegue el día abundarán las Mariantonietas, con su camiseta TTP, su ático en Chamberí, su salón de baile en la Casa Blanca.
Cuenta Carmen Martín Gaite que en los años 40, en plena posguerra, se popularizó en España el lenguaje del psicoanálisis. Se acuñó la expresión “tener complejos” para designar las torturas de esas almas capaces de conciencia. “La complejidad, como la rareza, no eran bien recibidas en una sociedad que pretendía zanjar todos los problemas tortuosos”, escribe.
Cómo rima la historia. La ultraderecha y la derecha se proclamaron hace unos años “sin complejos” para zanjar los problemas tortuosos. Si hay cambio climático, la culpa es de los migrantes; si la revolución tecnológica genera incertidumbre, también. Chapotean en la simpleza. La ultraderecha se ha hecho tan esquemática como una caricatura de Trump. El símbolo final es la camiseta TTP. Representa un cerebro sin accidentes geográficos, tan plano como la tierra de los terraplanistas, como la piscina reflectante de Trump. No es que esté hoy inspirada para la metáfora, es que son tan simples que no los entiendo.
El padre de la chica ha provocado que salieran las antorchas a las calles de Asunción, pero veníamos viendo protestas en media Europa. Francia, Italia, Albania, España, Portugal. Ahora al otro lado del océano, y aquí siguen. Grecia, Alemania, Austria, Irlanda. Todo es lo mismo: pensiones, educación, sanidad, servicios públicos. Reino Unido, Países Bajos… ¿Alguien más? Sí, el pasado fin de semana, Suiza. Disturbios en Zúrich. Yo también me quedé boquiabierta: quemaron contenedores y tomaron las calles. En el corazón opulento de Europa la policía recurrió a cañones de agua. El malestar se derrama como la gasolina y las elites se consumen en el simplismo de una cerilla.
La paz social de décadas está tocando a su fin. Las elites habían comprendido que es un bien en sí misma, que es bueno para todos respetar a los sindicatos que canalizan las demandas laborales, a las asociaciones ciudadanas que articulan la queja. Ya no. Ahora dicen, con el desparpajo que da el simplismo, que hay que exprimir más a los pobres. Los ricos, que quede claro, sólo están dispuestos a perder su dinero en la bolsa.
Hay una generación entera de jóvenes que ni siquiera sienten lo que viven como una vida, lo que en sus referencias culturales se llamaba una vida: un trabajo, una vivienda, una familia, y sobre todo algunas certezas. Los problemas de salud mental se han multiplicado entre ellos. Resulta evidente que es un fallo del sistema pues de forma poco asombrosa está ocurriendo en todo el mundo a la vez. Los jóvenes se socializan en redes viendo vidas de ficción, pero en su realidad todo es precario y feo. Ese choque es violento. Se ven vulnerables ante los abusos de poder, y ante el futuro desnudo.
Sienten su precariedad salarial y su desorientación. No saben dónde estamos (en rigor, nadie lo sabe). Pero ellos, como jóvenes que son, sienten que han de ir a algún lugar, que sus vidas deben ser los ríos que van a dar a la mar, como ha ocurrido desde Jorge Manrique. Luego sus cauces no encuentran la salida, sino una honda decepción, como ha escrito Edgar Cabanas. Tratan de poner rumbo, pero ¿a dónde? Y la siguiente notificación los distrae. De todo eso está hecho el malestar.
No sé bien cómo se van a organizar. Quizá este otoño del descontento sea el del Joker de Todd Phillips. El Joker es un desquiciado con problemas de salud mental que lo conducen a la marginalidad. No tiene un plan político ni mucho menos una alternativa o una organización. Pero mata y la multitud ve en sus crímenes actos de justicia. Liquida a financieros de Wall Street, a un político y a un periodista. Si Phillips hiciera la película hoy, seguro que acabaría también con algún tecnooligarca. Esa elite que repudia la complejidad no está comprendiendo el alcance del malestar.
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