Ciudadanos en bucle febril

Albert Rivera con la mirada elevada agarrando su mentón durante la investidura de Sánchez, Foto: Marta Jara

Empezó Ciudadanos como un partido minoritario y resistente contra la hegemonía del nacionalismo catalán, dispuesto a enganchar con un elector desencantado con el PP y el PSC y que en un primer momento parecía gemelo de UPyD.

Pasados los años, Cs pasó de tres escaños en el Parlament, liderado por Albert Rivera, a tener un papel muy relevante en Cataluña, hasta el punto de ser el más votado en las últimas elecciones autonómicas.

Algunas de las intervenciones de Inés Arrimadas, interpelando a Torra y poniéndole en evidencia, han quedado grabadas en la memoria visual de los catalanes y del resto de españoles.

No sé si el invento se empezó a quebrar precisamente a partir de su éxito: después de ganar a los partidos nacionalistas en Cataluña, algo impensable, incluso para los propios nacionalistas, no quisieron explotar su triunfo y renunciaron a la tarea de intentar formar gobierno, algo que aunque hubiera sido imposible, les hubiera dotado de un empaque de partido de gobierno. No lo hicieron y, en ese gesto de inacción, quizás dibujaron cuál era su estrategia posterior: ser oposición dura hasta ganar las generales.

Pactaron con Pedro Sánchez en el llamado 'pacto del abrazo' (2016) y aquello se tradujo también en una sensación de frustración, después de haber votado Podemos en contra de Pedro Sánchez. Con haberse abstenido Iglesias, Sánchez hubiera sido presidente del Gobierno y vete a saber lo que nos hubiéramos ahorrado, en todos los sentidos. Votaron en contra los de Podemos —obsesionados en aquel momento con adelantar al PSOE y ganar las elecciones— y ese rechazo permitió a Mariano Rajoy, lastrado ya por la gangrena de la corrupción, gobernar.

En los últimos tiempos, Ciudadanos ha compatibilizado su crecimiento electoral imparable con una política hecha a base de montar la bronca como fin en sí mismo. Allá dónde van, quieren la foto del rechazo y luego evalúan en sus papeles que les va bien esa estrategia porque garantiza su presencia en medios y redes.

Posiblemente la moción de censura contra Rajoy frustró su estrategia y les sumió en una gesticulación aún más crispada. Su plan era que Rajoy se cociera en su propia salsa, ya con sentencia judicial que certificaba su corrupción, y presentarse como alternativa de gobierno ante un PP en retroceso y un PSOE renqueante aún por sus disputadas internas.

Se suele decir que los políticos tienen un momento de su vida en el que piensan: de esta salgo como presidente, y esa idea debió pasar por la cabeza de Rivera cuando vio el deterioro creciente y la inacción de Rajoy. Aquella sobremesa hasta las diez de la noche, con el bolso de Soraya Sáenz de Santamaría en su escaño, testigo de la huida mariana.

La moción de censura de Sánchez contra Rajoy frustró esa expectativa y creo que eso excitó aún más la gesticulación política y corporal de Rivera. Se alejaba la posibilidad de gobernar.

Mientras escribo esto, tengo la sensación de estar elaborando un obituario; pero no, no creo que Cs vaya a desaparecer, es posible que mengüe, pero no creo que desaparezca.

Lo cierto es que la última aparición de Rivera, y también de Arrimadas, en las sesiones del Congreso de los Diputados han ofrecido una versión circular, reiterativa, en bucle, que traduce, a mi juicio, una cierta falta de fuelle argumental y un recurso nervioso a frases reiteradas: "la banda", "la habitación del pánico"…

Rivera se puso a pedir nuevas elecciones nada más ganar Sánchez las últimas generales y parece poseído por la ansiedad de que las próximas sí que las gana. Mientras tanto, algunos de los creadores del partido, entre otros, el padre político de Rivera, Francesc de Carreras, han abandonado Ciudadanos con declaraciones que confirman que no hay peor cuña que la de la misma madera.

Rivera esta en un momento caudillista y un tanto leninista, 'el partido se fortalece depurándose'. No sé qué resultados electorales tendrá en el futuro, pero parece que se ha quedado sin 'cacho' político y sin un discurso que pueda entusiasmar a los votantes que permiten convertir a un partido en ganador.

Dicen que han abandonado Cs —con ese logo, que parece el de la revista Cambio16— los fundadores 'socialdemócratas', dicho esto como insulto por quienes lo enuncian.

Aspira Rivera a ser el líder de la derecha y para ello pacta con pudor con Vox. Lo hace de forma infantil, en régimen de vodevil; sale de la habitación, no se si del pánico, con el PP, cuando escucha los relinchos de Vox por la otra puerta. Así en Andalucía, en Madrid, en Murcia y donde le cuadre la suma, con tal de que el "sanchismo", otro hallazgo, sea desplazado. Han pactado con Vox y lo saben, como denuncia Manuel Valls.

Quiere ser ahora Rivera el líder de la oposición, mostrarse como el más radical en la lucha contra la socialdemocracia y la supuesta fractura de España, y pedalea pensando ya en las próximas elecciones generales; estas sí, las ganará, piensa. En política todo es posible, pero veo a Cs estancado en su propia estrategia febril —no hay apiretal de sus mayores que la baje—, y con severas dificultades para ofrecerse como alternativa de gobierno. Eterno adolescente.

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