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Idea para un cuento franquista

El Supremo despeja la exhumación de Franco: No se necesita licencia de obra

Jose A. Pérez Ledo

Empezamos en el Valle de los Caídos, en plena exhumación. Aquello está lleno de periodistas y gente del espectáculo. Ana Rosa y Susana Griso han trasladado hasta allí sus sofás y Pablo Motos ha mandado a las hormigas. También hay chiringuitos con merchandising fascista, camisetas de Arriba España y una action figure de Franco a escala Barbie.

Todo el mundo aguanta la respiración cuando una grúa alza la losa de dos mil kilos. Iker Jiménez, que también pulula por allí con un espectrómetro que registra fluctuaciones del ectoplasma, mira a cámara y dice no sé qué arcano. Junto a la fosa, varios operarios ponen los brazos en jarra, miran al agujero, se encogen de hombros. Nadie sabe muy bien qué está pasando.

Excavaciones Reconciliadoras, la UTE encargada de la exhumación, convoca una rueda de prensa. El ingeniero responsable pide silencio a los periodistas y luego admite que Franco no estaba en la tumba. Cunde el desconcierto. ¿Dónde está?, ¿quién se lo ha llevado?

Pedro Sánchez comparece en La Moncloa. El Gobierno, dice, no escatimará recursos para encontrar al dictador y pide la colaboración de la ciudadanía. Agentes municipales empiezan a repartir afiches con el rostro de Franco por si alguien se lo cruza en alguna parte.

La sociedad española se une por fin en una causa común como no se veía desde el Mundial de Sudáfrica. El país entero se entrega a la búsqueda en mágica comunión. Las familias excavan juntas, incluso los emigrantes empiezan a hacer socavones porque allí donde fueras haz lo que vieras.

Como en una fantasía de Santiago Abascal, nietos de fascistas y nietos de republicanos comparten BlaBlaCars para ir juntos a Leroy Merlin, donde compran palas con las que reabrir las cunetas. Encuentran multitud de rojos, pero ni rastro del caudillo, así que vuelven a echar tierra encima. Se descubre el cuerpo de Lorca y el de un tío que parece Colón, pero no es el momento.

Pasan los meses y, poco a poco, el ímpetu de la gente va diluyéndose. Pasan los años y, aunque algunos siguen excavando, ya no recuerdan por qué lo hacen. Se ha convertido en una actividad lúdica cuyo origen no importa a nadie, como La Tomatina de Buñol. En algunos pueblos incluso se celebran torneos; gana quien excave la fosa más profunda sin ayuda mecánica. El terrible pasado de España se ve así sublimado en forma de sana competición deportiva.

No es hasta pasados cuarenta años que, por unas humedades, se levanta el suelo del Congreso de los Diputados. Y ahí está Franco. Ahí estuvo todo el tiempo. El cuento termina cuando, tras un acalorado debate, las principales fuerzas políticas acuerdan trasladar el cadáver al Valle de los Caídos.

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