Madman
En 1969, unos meses después de tomar posesión como presidente, Richard Nixon estaba impaciente por terminar la guerra de Vietnam, que ya había hundido al demócrata Lyndon Johnson. El republicano quería que la Unión Soviética presionara a sus aliados norvietnamitas para que aceptaran un acuerdo con los términos de Washington. Tal vez le hicieran más caso si pensaban que el presidente de Estados Unidos no estaba del todo cuerdo y podía hacer cualquier cosa, incluso más allá de sus propios intereses.
En octubre de aquel año, Nixon ordenó una operación de pega que consistió en mandar bombarderos cargados de armas nucleares a dar unas vueltas por Alaska para que los espías rusos pensaran que había un peligro inminente y que el residente de la Casa Blanca iba sin freno. El jefe de gabinete de Nixon, H.R. Haldeman (uno de los condenados por el escándalo del Watergate), contó después que era todo una estrategia pensada por el propio presidente, que le había dicho: “La llamo la teoría del hombre loco. Hacemos que les llegue el runrún de que ‘madre mía, ya sabes que Nixon está obsesionado con el comunismo, no podemos pararle porque está enfadado, y tiene el dedo en el botón nuclear’”.
Las noches de alcohol y resentimiento de Nixon podían ser o no una pose, pero ayudaban a su imagen de impredecible y tal vez no del todo en sus cabales.
En el caso de Nixon, la estrategia de presión funcionó sólo a medias –disuadió a Moscú, pero surtió poco efecto en Vietnam– incluso en esos tiempos donde el control de la información era más facil que ahora y los rivales estaban claros. Nixon era una persona obsesionada con sus complejos, los Kennedy y la prensa, pero no estaba loco y guardaba un sentido del deber, de las formas e incluso del bien público. El republicano mostró su pragmatismo a la hora de negociar con Moscú y de abrir una nueva vía, inesperada con Pekín.
Donald Trump ha coqueteado a menudo con la idea de la locura e incluso ha presumido de que su imprevisibilidad es un valor.
Su discurso el miércoles por la noche, presentado como un momento más formal, es un ejemplo más de un mensaje inquietante lleno de contradicciones más que de explicaciones. ¿La estrategia es la incoherencia? Es difícil saberlo, pero el mundo se ha complicado mucho desde 1969, con múltiples actores, rivales, armas cada vez más potentes y actores de intereses contradictorios en un mundo donde es imposible controlar la información. La salud mental de Trump se debate y la eficacia de hacerse el loco (la “madman theory”) ha sido cuestionada durante décadas. “La locura percibida tiene ventajas limitadas en la negociación forzada con rivales extranjeros” y “además tiene costes domésticos significativos que potencialmente erosionan su eficacia”, explica un artículo académico de la Universidad de Harvard de 2023.
La locura que han elegido los estadounidenses para todo el mundo está costando vidas, hipotecas, puestos de trabajo, emisiones, odio y caos que durará más allá de este momento. El mejor escenario posible –y ya es decir– es que todo sea una estrategia y que Trump se parezca más a Nixon de lo que creemos.
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