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Mariano Rajoy está feliz

Antón Losada

Si aún fumase puros, Mariano Rajoy andaría ahora saboreando uno de los buenos. Le sobran los motivos. Todo va de acuerdo con el plan previsto, incluso levemente por encima de las mejores expectativas. Solo ha fallado la selección de Fútbol. Maracaná ya no podrá ser. A la mejor generación de futbolistas le pudo la comodidad y el aburrimiento de ganar siempre. Algo que nunca le sucederá al presidente Rajoy. Él siempre juega para ganar y si no, no juega.

Un mes después de los comicios europeos casi todos están peor que un Mariano Rajoy que iba a ser la gran víctima y el gran apaleado por los resultados electorales. Tras haber mandado al sacrificio a la oveja perfecta, Arias Cañete, ha presentado una reforma fiscal para ricos pero que parece para pobres y el Increíble Montoro ya anuncia el fin de la era de los recortes. Solo un año después de pronosticar el fin del mundo, las ruedas de prensa del Gobierno parecen un botellón que no acabase nunca.

En el PSOE ya no está Rubalcaba, seguramente el único adversario que considera a su altura. Los candidatos a sucederle depositan avales que parecen recogidos al peso, como la fruta, mientras se afanan en resolver una cuestión capital que seguramente angustie a millones de españoles que no podrán literalmente dormir pensando en ella: ¿de qué comunidad vienen los avales de cada candidato?

Entre tanto ruido sobre quién tiene más o menos aparato por delante o por detrás, la gente no se está enterando de que Eduardo Madina propone limitar los mandatos en el partido y en el Gobierno, Pedro Sánchez ofrece abrir físicamente las sedes socialistas y Tapias promete no presentarse a las primarias para dejar de confundir gobierno y partido.

El “efecto Podemos” ha traído un verdadero babyboom entre la izquierda. Se lo están tomado tan a pecho que van camino de acabar como uno de esos clubs donde para entrar hay que llevar el DNI en la boca. Los candidatos acabarán como los futbolistas: fichados por la edad.

Todo son buenas noticias para Rajoy. En plena ola de fundamentalismo moralizante, parece que a los candidatos de la izquierda ya no les basta con la austeridad, como a los de la derecha. Además, deben predicar y practicar el ascetismo, tener llagas y caminar sobre las brasas. Esta película ya la hemos visto. Mientras la izquierda se intercambia gestos de dignidad y lecciones de ética, la derecha gobierna; como Dios manda, que para algo se inventó el poder.

En Zarzuela habita un monarca pimpollo a quien le han hecho saber de todas las maneras posibles que le debe a la derecha y a Rajoy haber aprovechado la penúltima oportunidad para ocupar el trono. En Catalunya, Artur Mas está a una paso de caer devorado por Esquerra Republicana y acudir a Moncloa pidiendo árnica y amparo para no acabar en la calle. En Euskadi, Bildu y el PNV andan tan ocupados vigilándose mutuamente que no tienen tiempo para nadie más. Él único que podría quitarle el sueño a Rajoy es el temible Pablo Iglesias, el terrible monstruo bolivariano. Y no parece que mucho, la verdad.

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