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Era mentira, pero era una gran noticia despertar de 35 años en coma

Manel Monteagudo. EFE / Salvador Sas

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El pasado 11 de noviembre numerosos medios de comunicación recogían la noticia de un hombre que se había despertado tras haber pasado 35 años en coma después de sufrir un accidente en un barco en Irak. Incluso varias televisiones emitían entrevistas con el protagonista de la noticia. En el caso de TVE respondía a las preguntas desde el estudio de unos cuatro periodistas. El testimonio incluía el dato de que su despertar fue hace seis años, que durante los 35 años fue cuidado por la que era su novia en el momento del accidente, y que durante el coma se había casado y tenido dos hijas.

Observé los comentarios que hacían los lectores en las redes sociales. Con buen y lógico criterio mostraban su incredulidad, señalaban que no podía ser que una persona en estado de coma se pudiera casar y menos todavía engendrar dos hijos. Sin embargo, los periodistas en sus informaciones se limitaban a destacar la espectacularidad del asunto: había viajado al futuro despertándose 35 años después; la entrañable historia de amor: su novia le había cuidado y esperado durante todo ese tiempo; el impacto psicológico del individuo: no se reconocía tan viejo cuando se vio al despertar. Los periodistas no se hacían las lógicas preguntas que sí se hacían los lectores y audiencias, tampoco buscaban testimonios para contrastar la noticia, ¿dónde estaba la novia y esposa o las hijas o sus amigos? Tampoco pensaron en la oportunidad de escuchar la opinión clínica de algún especialista. 

La razón es sencilla. Era una historia magnífica, no podían estropearla con dudas o dejar que otros se adelantaran mientras tu "perdías" el tiempo buscando más testimonios, teniendo ya el más impactante: el del hombre resucitado. Los periodistas sabían que esa noticia iba a acumular audiencias, clicks, likes, comentarios, trending topic. Todo lo demás era secundario. 

A las 24 horas, con una mínima investigación, se desvelaba que la historia era mentira. El hombre tuvo un accidente en Irak hacia décadas, pero estuvo haciendo una vida prácticamente normal desde poco después. Así lo confirmaron sus vecinos y, por supuesto, ningún médico apareció acreditando ni su coma ni ningún caso parecido. 

El periodismo que se produjo con esta noticia recuerda a esa historia de un anciano que le dice a otro que acaba de recorrer 100 kilómetros, su amigo le responde "anda ya, eso es mentira". A lo que el primer anciano le añade: "claro, pero, ¿a que son muchos kilómetros?". No me puedo creer que los periodistas que difundieron la noticia, en su interior no pensaran que la historia tenía muchas lagunas, pero, inmediatamente, se responderían: "sí, tiene muchas lagunas, ¿pero a que es una gran noticia?". 

El balance de la historia habrá sido que numerosos medios han aumentado sus audiencias gracias a un bulo que adolecía de falta de cualquier principio de rigor periodístico, probablemente incluso se pudiera reflejar en ingresos económicos, porque ya sabemos que entradas en la web o audiencias van ligadas a publicidad. Posteriormente todo se demostró como mentira, pero eso no iba a cambiar su contabilidad, quizás la credibilidad del periodismo, pero eso es un concepto indeterminado cuya caída se reparte de forma difusa y ya estamos acostumbrados a ello. Además, quizás hasta con el desmentido lograban más audiencias y hacer todavía más caja. Total, era una mentira que no hacía daño a nadie pensaría mucha gente.

Pero el ejemplo nos sirve para mostrar varias cosas. Que la verdad puede ser irrelevante para el periodismo, que su ausencia puede ser más rentable, que si se puede mentir sobre algo tan burdo y con tan poco recorrido para lograr un poco de audiencia, cuánto más se podrá mentir para intentar atacar a un gobierno, favorecer a una empresa o hundir a un enemigo. 

Sin duda, el periodismo puede ser un gran valor de la democracia o un gran peligro. 

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