11/9 - 9/11

Jordi Pujol ha dejado conmocionada a media Cataluña.

Son fechas que a escala europea y global vinieron a significar cambios de órdenes. Un 9/11, de 1989, cayó el Muro de Berlín y con él el orden europeo de la Guerra Fría, y un 11/9, de 2001, cayeron las Torres Gemelas a manos de Al Qaeda llevando al mundo a un nuevo caos. La destrucción del viejo orden sigue, como apunta Henry Kissinger en el nuevo libro World Order, que está publicando estos días. Y en parte se puede decir que aquel 11 de septiembre fue consecuencia de aquel 9 de noviembre.

Las fechas simbólicas vuelven ahora en el marco más estrecho de España. Este 11/9 se va a celebrar una nueva Diada, esta vez con manifestación en V en Barcelona, con una ciudadanía catalana mayoritariamente enfurruñada con el conjunto de España, porque no le deja expresarse en una consulta, pero también decepcionada con su clase política al haber caído Jordi Pujol del pedestal.

Más que decepcionada, se podría decir que en estado de shock, y en estas semanas pasadas la gente hablaba allí mucho más del caso Pujol – mejor dicho del caso de los Pujol (aunque lo de la familia era vox populi)- que de la independencia aunque este tema no se ha ido, ni mucho menos. Hay relación entre ambos, pues parte de lo que está ocurriendo es herencia de la política de Pujol en sus lustros como presidente de la Generalitat. Y no se entiende en qué basa Carme Forcadell, la dirigente de la Asamblea Nacional de Cataluña, su afirmación de que, de ser Cataluña independiente, no se darían casos como este.

Ahora bien, no nos creamos que el caso Pujol sea sólo catalán. También tiene una dimensión española pues el hoy exdirigente era respetado por una parte de la clase política española –no toda, evidentemente– y contribuyó a la gobernabilidad de España, si bien negándose siempre a entrar en el Gobierno de España; otro error. El caso Pujol viene a alimentar aún más la grave desafección de la ciudadanía general hacia la clase política en España. Y lanzarse en tromba desde este trampolín contra el independentismo catalán, como intenta aprovechar el Gobierno, no resolverá los problemas pendientes.

Cataluña vive en un como sí. Como si fuera a haber consulta el 9 de noviembre. Muchos catalanes saben, o sospechan, que en la fecha elegida por Mas no habrá consulta porque todo el mundo sabe que el Gobierno de España recurrirá la próxima ley de consultas del Parlamento catalán y la convocatoria para el 9 de noviembre que sí lanzará Mas. Mas, y muchos de los que le apoyan, no se quieren situar en la ilegalidad, lo que forzaría al Gobierno de Rajoy a medidas que nadie quiere que se tomen.

El 9/11 pasará, y se abrirá un nuevo escenario, complicado. Incluso, antes, el 18/9, los escoceses habrán votado habiendo dando pruebas ellos y todo el sistema británico de un alto grado de civismo democrático y de claridad. Pujol usa el calendario. Pero el tema catalán no pasará, y quedará pendiente una solución, o al menos una vía para encauzar la cuestión. La solución puede pasar por una reforma constitucional (necesaria también por otros motivos) que voten los catalanes y el conjunto de los españoles, y probablemente por un nuevo Estatut que también voten los catalanes: una doble urna, pero los ritmos no permitirán la coincidencia.

El problema es que, pese a lo que creía percibir antes del verano, la situación se está complicando para este tipo de solución. El empeño del PP de cambiar las reglas para la elección de los alcaldes a pocos meses de las municipales puede hacer imposible cualquier acuerdo sobre otros temas, y más aún uno tan mayúsculo como una reforma en profundidad de la Constitución. Y de la elección de un alcalde a una vuelta o a dos hay un mundo de diferencia. Si se colmara esa diferencia, podría ser posible un consenso más amplio, pese a que no se cambian las reglas cuando el partido está ya casi jugándose.

11/9, 9/11, en sus varias acepciones, todo esto es parte del orden o desorden mundial. Sin equivocarnos. El mundo, y mucho menos los otros europeos, no quieren una Cataluña independiente que, entre otras cosas, significaría un fracaso de Europa. No percibirlo fue un inmenso error de partida de Mas y de los independentistas. Pero, más allá de que unos piensen que es un “proceso” de largo recorrido y otros que es un callejón sin salida, los catalanes quieren votar sobre su destino. En eso sí hay un amplio consenso en Cataluña, a pesar de de lo de Pujol.

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