Todas las puertas están abiertas
Digan lo que digan algunos supuestos expertos en demoscopia, todo puede ocurrir en las próximas elecciones generales. La derecha no las tiene ganadas, aunque tiene posibilidades de conseguirlo, y la izquierda tiene aún mucho que decir y que hacer para poder seguir en el poder. Lo único que está claro es que todo lo que ocurra en la escena política solo tendrá su sentido a la luz de esas elecciones, todo será campaña electoral, no habrá movimiento alguno que no responda a la necesidad de ganar votos o de que los pierda el contrario.
Por eso, y aunque falte un año, o un año y medio, hasta que se celebren los comicios es legítimo preguntarse cómo le van las cosas a cada uno de los contendientes. Y no es fácil responder. Porque las encuestas no ofrecen pistas muy sólidas. Sus vaticinios dan un resultado muy cercano al empate o, como mucho, una cierta ventaja al PP, pero tan ligera que puede ser absorbida por el margen de error que admiten los sondeos o por movimientos de última hora. Sobre todo cuando un porcentaje decisorio –entre un 30 y un 40%– del electorado dice que aún no ha decidido el sentido, aunque eso no sea cierto en buena parte de los casos, lo cual da a los institutos demoscópicos la posibilidad de especular sobre la decisión que finalmente tomarán esos votantes silenciosos.
Pero esas hipótesis pueden ser totalmente erróneas, como experiencias electorales anteriores han demostrado. Lo mismo vale para ese agregado de ciudadanos que terminarán absteniéndose, que no ha sido pequeño en el caso de los últimos comicios, los de Extremadura, y que podrían inclinar la balanza en uno u otro sentido también en las generales. No son pocos los expertos que creen que la abstención es, de hecho, un voto contrario a la formación por la que en anteriores ocasiones se había optado y algunos menos los que opinan que este capítulo será particularmente nutrido porque tanto los partidos de derecha como los de izquierda suscitan una aversión suficiente para abstenerse.
Las casas de encuestas más cercanas a la derecha concluyen de sus estudios que la tendencia a la abstención es mayor en la izquierda, que la derecha “está mucho más movilizada”. Eso puede ser cierto en este momento, pero, al igual que ha ocurrido en varias ocasiones en el pasado, podría cambiar en el inmediato futuro y más aún cuando el momento de votar esté muy próximo. Y, sobre todo, hay millones de ciudadanos que pueden inclinarse de un lado o del otro y que, si se les pregunta, no tienen muy claro si están más cerca de la derecha que de la izquierda.
Con todo, es muy probable que en los últimos tiempos la opción abstencionista haya crecido en el espectro de la izquierda. Porque los escándalos han tenido mucho eco en esos ambientes: no tanto los que afectan a la mujer y al hermano del presidente del Gobierno, que a no poca gente corriente le suenan a invento, o al fiscal general del Estado, que la mayoría no ha entendido muy bien, sobre todo porque no había dinero de por medio. Pero sí las acusaciones de corrupción que pesan sobre José Luis Ábalos y Santos Cerdán, han conmovido hasta a muchos de los más fieles socialistas y seguramente no dejarán de hacer daño al PSOE hasta el momento mismo en que lleguen las elecciones.
Y también porque la política que desde hace años Pedro Sánchez viene aplicando para tratar de rebajar la intensidad del conflicto con Cataluña no convence e incluso merece un rechazo abierto en sectores de la izquierda, incluso la más militante. Eso no es cosa de ahora sino de hace muchas décadas. Sánchez lo sabía perfectamente Y, sin embargo, pesó en él más la necesidad de rebajar la tensión con el soberanismo catalán porque, acertadamente y frente a la demagogia centralista de la derecha, pensó que esa dinámica de enfrentamiento podía degenerar en una crisis de Estado de imprevisibles consecuencias.
Hay votantes de izquierdas que no han entendido eso y está claro que una parte importante de la campaña electoral socialista tendrá que dedicarse a convencer a esas gentes sobre los efectos beneficiosos de la política del Gobierno al respecto. Si eso no se consigue habrá que buscar en este capítulo una de las causas principales de la eventual derrota socialista. Seguramente por vía de un aumento de la abstención de izquierdas, más que por la traslación de votos a la derecha.
El panorama desolador que ofrecen hoy los partidos situados a la izquierda del PSOE es otro de los motivos, y no el más pequeño, del riesgo de que la actual coalición de gobierno no pueda renovar su mandato. Y si la división y el enfrentamiento son los rasgos más llamativos de la situación en este sector, la desilusión que han sufrido y sufren no pocos de los ciudadanos que en los últimos años se apuntaron a opciones más radicales que la que ofrecía el PSOE es seguramente la razón más determinante de ese descalabro. Del que sólo una reacción de última hora para propiciar la unidad entre los distintos grupos de ese espectro podría paliar las negativas consecuencias electorales.
En definitiva, que la izquierda no lo tiene fácil. Pero la derecha tampoco. Porque tiene un líder mediocre y que no mejora con el paso del tiempo, sino todo lo contrario. Porque está dividida internamente y, además, enfrentada sin cuartel a la ultraderecha y esa guerra puede hacer perder votos a los dos. Y porque no ha hecho el mínimo esfuerzo por ofrecer al electorado un programa, una lista de cosas que haría si llegara al gobierno. Se ha limitado a seguir el modelo de Aznar de hace 20 años, el del acoso y derribo sin contemplaciones de su rival, con la esperanza de que así podrá alejar a votantes de sus filas, por temor a que si la izquierda vuelve a ganar la situación puede hacerse insoportable. Aznar estuvo a punto de perder las elecciones de 1996 tras aplicar esa táctica, frente a un PSOE que estaba hundido y un Felipe González que casi había tirado la toalla. Hoy, en cambio, Pedro Sánchez está en plena forma y dispuesto a volver a ganar.
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