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De la necesidad, virtud

El líder de Vox, Santiago Abascal, interviene en el Congreso. EFE/Mariscal
12 de febrero de 2026 22:04 h

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Si observamos la cantidad de cosas que han ocurrido en los últimos treinta días, no habría más remedio que concluir que en el año largo que aún falta para que se celebren las elecciones generales puede pasar de todo. Estando del todo claro que las elecciones tendrán lugar en 2027, que ningún partido, cada uno por sus motivos, quiere ya que se adelanten, empieza un periodo decisivo en el que en el escenario político necesariamente ocurrirán cosas nuevas y difícilmente previsibles. Nada está dado, aunque algunas posibilidades tienen más base que otras.

Algo de lo ocurrido recientemente avala esa imprevisibilidad que domina el panorama. Por ejemplo, el formidable éxito de Vox en las urnas. Hace seis meses, los expertos sabían que ese partido iba a crecer en los próximos comicios, pero ninguno de ellos siquiera se acercaba a las cifras que el partido ultraderechista ha registrado en Extremadura y en Aragón. Y la explicación de ese fenómeno imprevisto hay que buscarla en el PP. El partido de Alberto Núñez Feijóo ha decepcionado a una parte de su electorado y no ha conseguido convencer a una parte del voto nuevo de derechas y ambos colectivos han buscado refugio en Vox.

¿Por qué? La dirección del PP parece creer que ello se debe a que sus mensajes no han sido suficientemente ultraderechistas, por lo cual debe pensar que lo que hay que hacer es radicalizarse en esa dirección. Y en ello están. Desde hace tiempo, además, aunque en las últimas semanas, seguramente a la vista de las encuestas, han intensificado esa marcha. Con algunas iniciativas que han rayado con la ridiculez y con muy pocos resultados, además. Seguramente porque la clave de la huida de votos del PP hacia Vox no está tanto en el contenido de los mensajes -que además pierden fuerza cuando se cambian cada semana- sino en qué imagen tienen los votantes conservadores de los dirigentes del PP y qué capacidad de gestión les atribuyen -particularmente para tumbar a Pedro Sánchez-.

Si en esta hipótesis está algo o mucho de la verdad de lo que está ocurriendo, Núñez Feijóo y su núcleo de fieles lo tiene bastante mal. Porque las tendencias que se han observado en Extremadura y Aragón no harán sino consolidarse y tal vez crecer.

Por su parte, Santiago Abascal vive un momento feliz. Y, visto lo visto, en estos momentos, ningún experto es capaz de decir donde está el techo de Vox. Seguramente es imposible que la ultraderecha gane al PP en las generales, pero puede quedar cerca. Para intentar batirle en la siguiente ocasión. Que podría producirse no mucho después de la primera, porque el gobierno de coalición, o de suma PP-Vox, que se formaría tras las generales si esas dos fuerzas, juntas, las ganan, no sería precisamente estable. Y la prioridad de Santiago Abascal, y la orientación de su política, es hacer morder el polvo a Feijóo y los suyos y convertirse en la fuerza hegemónica de la derecha española.

Esa es la partida que va a jugarse en una parte del espectro político. En el otro, el de la izquierda, tampoco hay certezas contundentes. Que el PSOE va mal, que no tiene motivo alguno de tranquilidad es una obviedad aplastante. Como lo es que los partidos situados a su izquierda lo tienen incluso peor, divididos y obligados a empezar otra vez casi de cero si no quieren caer en la irrelevancia.

No es el ascenso de Vox el culpable de esa situación en ninguno de ambos casos. Aparte de algunos errores, del desgaste del uso del poder, del deterioro que ha producido el accidente de Adamuz y del impacto que seguramente ha tenido la obsesiva campaña anti-sanchista del PP, lo que más daño ha venido haciendo al PSOE y a sus perspectivas electorales es el desánimo, unido a un cierto fatalismo por creer inevitable la victoria de la derecha, en el que se ha sumido una parte del electorado socialista, e incluso de su militancia.

La personalidad política y la capacidad de resistencia de Pedro Sánchez serían uno de los pocos antídotos con los que cuenta el PSOE para hacer frente a ese estado de ánimo. Porque de la capacidad movilizadora de su organización caben dudas en vista de lo ocurrido en Extremadura y en Aragón. Pero el líder socialista se ha empeñado en proclamar día tras día que aún todo es posible, incluso una nueva victoria electoral, incluso los nuevos presupuestos. Y esa insistencia, esa capacidad de multiplicar su presencia y su voluntad de iniciativa en todos los foros, internos y externos, puede convertirse en una baza para la recuperación, como en otras ocasiones se ha visto. En España y más allá de nuestras fronteras.

En el panorama tan incierto que se ha abierto en la política española no cabe excluir ninguna posibilidad. La de que de una u otra manera se restablezcan los puentes entre el gobierno y Junts es una de ellas. La de que los partidos colocados a la izquierda del PSOE salgan de su ensimismamiento y encuentren la fórmula para presentarse juntos a las elecciones sería de consecuencias aún bastante mayores que la anterior.

Y en teoría, tal vez demasiado en teoría, esa perspectiva no es un sueño. Porque es falsa, lanzada por medios de la derecha, que en algunos ambientes de la izquierda se está perdiendo, o se ha perdido, el miedo a la ultraderecha, a Vox. No hay ningún indicio de ello, lo más probable es que sea un infundio. Otra cosa es que algunos votantes de izquierda crean que ya no es posible hacer frente a ese peligro. Es tarea de los políticos demostrar lo contrario.

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