¿Somos como nos ve Putin?
La libertad es el único objetivo digno del sacrificio de la vida de los hombres
La portavoz de Izquierda Unida en el Europarlamento se ha mostrado muy indignada porque el señor Borrell nos haya pedido a los europeos que bajemos la calefacción un grado para ayudar a reducir la dependencia energética del Rusia, mientras nos apañamos para romper amarras y buscar otras fórmulas de suministro. “Haga su trabajo y no cargue la responsabilidad a las personas individuales” ha dicho Sira Rego.
El líder de la ultraderecha española, Santiago Abascal, agazapado hasta ahora para no mostrar las vergüenzas de sus veleidades con Putin, va a llamar a manifestarse en las calles por el incremento del precio de los carburantes y lo hace escupiendo en la cara de los sindicatos de clase y “por la soberanía energética”, como si no fuera la búsqueda de esa soberanía la que nos obliga a pasar por un periodo difícil aunque ellos, ya de paso, van a aprovechar para vender lo nuclear. No sé cómo piensan armarlo ahora que nos pasamos el día temiendo por la refrigeración de Chernóbil o por las consecuencias de un mal proyectil en Zaporiyia. Van, como siempre, a sacar tajada del sufrimiento y a pescar en río revuelto entre pescadores despistados.
“Me ha costado casi 70 euros llenar el tanque ¡menuda vergüenza!” , dice en la radio una oyente en el programa que acabo de terminar.
“Estamos hasta el moño de sacrificios”, contesta otro en redes sociales.
La pregunta está ahí y sólo el tiempo nos va a dar la respuesta: ¿Somos como nos ve Putin? ¿Somos blandos, incapaces de velar por nuestro futuro, dependientes de la ilusoria sensación de bienestar perpetuo, negados para cualquier tipo de contrariedad? ¿Qué es lo que piensa esa sociedad que se decía ya harta de una pandemia provocada por un agente natural?, ¿qué resiliencia, que capacidad de resistencia tienen los que gritaban en las calles porque no podían salir de fiesta o porque les cerraban los bares de cañas? ¿Hasta qué punto las generaciones de europeos actuales se han creído que la historia había terminado y que ya sólo teníamos por delante un eterno discurrir de la economía liberal y de la economía de la atención hasta que arribara el hombre eterno?
Las reacciones con las que he comenzado son muy diferentes, pero todas tienen en común obviar que no tenemos otra opción que asumir las consecuencias de un acto de un sátrapa que no podemos controlar, si queremos defender nuestra forma de vida. Podemos asumir que vienen tiempos duros pero que conservaremos la libertad y los derechos para volver a rehacernos o podemos pretender rendirnos ya y renunciar a todo ello, a la libertad, a los derechos y también al bienestar. Susto o muerte. No crean a los que les digan que hay una salida por la que irse de rositas. No hay ninguna opción. No existe el hombre cuyo trabajo sea detener el curso de la historia salvo quizá el propio Putin. Es absurdo recriminarles a Borrell o a Macron que tengan la valentía de decirnos la verdad.
A veces, cuando oíamos la queja generacional repetida: “somos la generación que no vivirá mejor que sus padres”, yo, además de rebatir que tal cosa fuera cierta siempre terminaba por decir: “y ojo con que la historia no se despierte y ponga a muchas generaciones frente a un espejo que no queremos ni imaginar”. Ahí está. Ha despertado. El debate es si vamos a ser capaces de hacerle frente y si tenemos consciencia de lo que nos jugamos. Para que la respuesta sea la correcta va a hacer falta mucha pedagogía. Creo que el Gobierno está tardando en hacerla y es parte de su obligación así como poner todos los medios posibles para que el reparto del sacrificio sea equitativo entre todos los sectores sociales o, al menos, para paliar el efecto en los más desfavorecidos. En todo caso no se trata de una crisis como la financiera que afecte sólo a una parte. Los grandes empresarios, los financieros, los grandes trust de la distribución y uno tras otro la mayor parte de los sectores económicos sufrirán las consecuencias de la injusta guerra iniciada por Putin y de las medidas que hemos tenido que tomar para frenarla.
Lo importante, para no caer en melancolías estériles, es recordar una y otra vez qué es lo que está en juego. No se trata sólo de la patria, la soberanía y la paz de los ucranianos, que también, sino de la nuestra. La tozuda realidad es que si permites a un actor geopolítico arrebatar por la fuerza todo a un estado soberano, no sólo no calmarás su hambre de dominio sino que le estimularas a proseguir fagocitando hasta que no le quede nada. No es posible pensar que si se permite a Putin tragarse Ucrania no seguirá después con el resto de países de la antigua órbita soviética y después con los aledaños ¿Por qué no? Ya ha pasado.
Lo que nos jugamos es el sistema de libertades y de respeto a los derechos humanos y a la legalidad internacional que protege la convivencia pacífica de los estados. Nos jugamos que esos cañones aún lejanos no nos retumben encima. Eso y no otra cosa es lo que está en juego. La pedagogía es explicar, y querer comprender, que ante ese riesgo poco importa nuestro crucero de vacaciones, nuestro fin de semana, nuestro desplazamiento más cómodo al trabajo y tantas otras cosas. La pregunta grande y final es si estamos dispuestos a pagar el precio de la democracia y de la paz, si vamos a defenderla para nosotros y para nuestros hijos, o si preferimos perderla y caer en un mundo autoritario en el que, y eso es lo remarcable, nunca tendremos una vida mejor. Con todos los problemas de desigualdad social, empobrecimiento de las clases medias, paro o pobreza energética que tienen las democracias occidentales capitalistas, no existe el estado autoritario, capitalista también, en el que la mayoría de la población viva siquiera en las mismas circunstancias.
¿Cuántas vidas trocaría cada uno de nosotros por una gasolina barata para poder salir el fin de semana? ¿Cuántos derechos humanos? ¿Cuántos grados de termostato? ¿Cuánto de lo que la lucha y la sangre de tantos siglos anteriores consiguieron para nosotros estamos dispuestos a dilapidar?
Borrell sólo ha dicho la verdad. Además de las decisiones macroeconómicas y técnicas, además de la geoestrategia y de la diplomacia, además de todo eso están las consecuencias individuales que va a tener esa resistencia común en la que estamos embarcados todos los europeos. Precisamente son las personas, -siempre individuales, señora Rego- las que tenemos que asumir que de esto no vamos a salir pidiéndole a otros responsabilidad por nuestra incomodidad o nuestra pérdida de bienestar. Va a haber, ciertamente, quien intente utilizar la desgracia para aumentar el descontento y llenar así su granero. No son los más demócratas ni los más amantes de la libertad.
No estamos solos. Somos los ciudadanos de Europa, de Occidente, los que vamos a dejar claro que esta vez tampoco lo conseguirán. A mí también me da miedo pensarlo. La valentía es el coraje de vencer ese miedo a título individual. Es eso o reconocer que Putin ha calculado bien, que no tendrá a nadie enfrente, que podrá imponernos su voluntad.
¿Somos como Putin cree?
Ahora vamos a comprobarlo.
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