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Viejos anteojos para nuevos formatos

Manifestación en París contra la extrema derecha tras los resultados de las elecciones europeas del pasado 9 de junio.

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La presencia y consolidación de un bloque de extrema derecha en el conjunto del electorado europeo sigue siendo un elemento clave de tensión y preocupación tras las elecciones del pasado 9 de junio. El alivio moderado que supusieron los resultados en su conjunto no oculta el hecho que siguen creciendo y consolidando posiciones. La decisión de Macron, tras contrastar que el partido de Le Pen le doblaba en votos, de convocar elecciones generales para finales de este mes mantiene esa tensión, ya que de todos es sabido que lo que ocurra en Francia marcará, para bien o para mal, la evolución política europea en los próximos años. La reaparición de Nigel Farage en la contienda electoral del Reino Unido añade, si cabe, más “picante” a la salsa.

Nos recordaba Steven Forti que la extrema derecha ha sido la primera fuerza en las elecciones europeas en seis países: Francia, Italia, Hungría, Austria, Bélgica y Eslovenia, y el segundo en otros seis: Alemania, Polonia, Países Bajos, Rumanía, Chequia y Eslovaquia. Si se unieran en un solo grupo parlamentario de la Eurocámara el conjunto de fuerzas políticas que se sitúan en el espacio y las coordenadas ideológicas de la extrema derecha, ese grupo representaría el 25% de los escaños del Parlamento de Estrasburgo. Hace veinte años, ese espacio apenas iba más allá del 10% y si vamos aún más atrás, en 1984, no llegaban ni al 4%. A pesar de la enorme significación que implica que un grupo, sin duda heterogéneo pero imbuido de una misma prevención antieuropea, alcance esa preeminencia, un cierto alivio se ha producido al mantenerse la mayoría parlamentaria de las familias ideológicas que estuvieron en el inicio de la apuesta comunitaria. Evitando así las tensiones que se hubieran producido si hubieran sido necesarias componendas entre la derecha tradicional (que ya ha asumido muchos puntos propios de los grupos más ultras) y distintos sectores de la extrema derecha (véase lo que está aconteciendo en Francia con los republicanos, herederos del gaullismo).

Cada país tiene su propia configuración partidista. Una configuración que tiene raíces históricas propias y manifestaciones específicas difícilmente trasladables. Pero, también es cierto que hay ideas y pautas de pensamiento que podemos identificar como semejantes en los distintos formatos con los que la extrema derecha se manifiesta en cada país. La propia expresión “extrema derecha” es un “concepto paraguas” que nos sirve para identificar aquellas fuerzas políticas situadas en los espacios conservadores y autoritarios más alejados del centro en el clásico eje “izquierda-derecha”.  Se incluyen, por tanto, los actores colectivos ultranacionalistas que comparten una mirada autoritaria y excluyente basada en criterios socioculturales específicos considerados fundamentales y divisorios y que mantienen distintos grados de disonancia con el funcionamiento del sistema democrático.

Precisamente la distinción izquierda-derecha, sitúa como un punto clave de debate la idea misma de igualdad. Como decía Norberto Bobbio, la izquierda pude definirse por su pulsión igualitaria, que le lleva a proponer que se remuevan, si es necesario a través de los poderes públicos, todos los obstáculos que impiden que todas las personas pueden tener acceso a los mismos derechos y oportunidades.

Mientras que la derecha considera que es plenamente legítimo e incluso conveniente que exista una situación de desigualdad social, que tendría bases y fundamento en la propia naturaleza humana; para la izquierda, idealmente, todos deberíamos ser iguales. Para la derecha algunos son más iguales que otros, ya que de hecho así se lo merecen. Y los criterios que explican y justifican esa desigualdad pueden variar de país a país o de tradición a tradición.  Aunque el criterio “nativista” ha ganado mucha influencia como base de la oposición a la inmigración y sostén de la “teoría de la sustitución”.  En esa misma línea, no se mantienen viejos parámetros de jerarquía racial, sino que más bien se defienden parámetros de hegemonía cultural única e incompatible con las de quiénes no forman parte de ese núcleo originario. Los nacidos en el país por encima de cualquier otra concepción. Ese “nativismo” fundacional es determinante para incluir o excluir, para aceptar o denigrar, para caracterizar al “nosotros” y estigmatizar a los “otros”. En esa misma línea el tradicional antisemitismo de la extrema derecha se ha trocado en anti islamismo, al recuperarse fundamentos civilizatorios y culturales en la tradición judeo-cristiana

Con relación al sistema político democrático, los matices van de posiciones más claramente antidemocráticas a expresiones más autoritarias o iliberales. Les une la perspectiva que busca reforzar el liderazgo personalista por encima de las instituciones, argumentando que ello conlleva más capacidad resolutoria y menos palabrería partidista. La propuesta de reforma constitucional de Giorgia Meloni en Italia es un claro ejemplo de ello. Como ya advertimos, las razones para ello son procedimentales y buscarían reforzar la gobernabilidad de un país caracterizado por un sistema inestable y políticamente muy fragmentado, pero no hay más que recordar lo que afirmaba Giorgio Almirante, padre político de Meloni, cuando decía que la democracia parlamentaria es una patología, fruto de una partitocracia incurable. Algo que hoy resuena explícitamente en Vox o en el nuevo invento de Alvise y que está presente en muchos de los programas de los partidos de extrema derecha en toda Europa.

Puede parecer que es una pérdida de tiempo entretenernos en analizar lo que para muchos son los nuevos disfraces de la vieja ultra derecha de siempre. Pero, deberíamos entender que es importante desentrañar los nuevos parámetros anti pluralistas y anti igualitarios de esa nueva  derecha que si bien persiste en su credo autoritario, muestra matices que explican su capacidad de penetración en capas de la población que está cansada de no encontrar respuestas a sus incertidumbres y sus contratiempos diarios en el discurso político institucional más convencional. Para acabar apoyando a aquellos que, siendo de lo más conservador, hablan sin tapujos usando todo tipo de bulos e insidias, mostrándose como víctimas del sistema, aunque detrás persistan los oscuros intereses que les han caracterizado históricamente y que continúan alimentando su presencia.

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