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Los X somos la generación afortunada: nos toca repartir la buena suerte

Un niño con las llaves colgadas.
12 de diciembre de 2024 21:52 h

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Hace poco descubrí que pertenezco a la generación X. Me enteré porque leí un artículo en Genbeta.com, que publica cosas curiosas sobre la empresa y el trabajo. Explicaban que la generación Z ya supera a los boomers en el mundo laboral. Reparé en que no pertenecía a ninguna de las dos, ni se mencionaba nada sobre nuestra contribución al esfuerzo productivo. Me puse a indagar y resulta que los de la generación X estuvimos 30 años sin nombre (a cambio, nuestros sucesores acaparan dos: los Gen Y son también millennials; los Gen Z, centennials). Así que no es cosa mía esta despreocupación por la generación a la que se pertenece. Mi hijo supo cuál era la suya mucho antes de que yo conociera la mía.

Nada es casual, los nacidos entre 1965 y 1980, somos una generación en la sombra: hijos de los boomers -que nos abruman en número- y padres de los millennials, que tienen el aura moderna y mítica de quienes estrenan milenio.

Quienes tenemos hoy entre 44 y 59 años somos la generación afortunada. Nuestros abuelos vivieron una guerra civil. Nuestros padres y madres sufrieron el hambre y la represión de la posguerra. Esa frase que nos decían las abuelas cuando no queríamos el yogur -“se nota que no habéis pasado una guerra”- nos ha hecho adultos conscientes de nuestro privilegio. Nuestra vida está marcada por la experiencia de que todo va a mejor: confiamos en el futuro. La primera gran catástrofe colectiva que vivimos nos pilló frisando la mediana edad: la pandemia de 2020.

Nos llaman también la generación de la llave, porque muchos llevábamos la de casa colgada al cuello. Nuestras madres se habían incorporado al mercado laboral y llegábamos cada tarde con nuestros hermanos a una casa vacía. Eso sí, disfrutamos aún de una educación pública de calidad. Aprendimos a hacernos un bocadillo y a calentarnos el desayuno en la hornilla de gas con mucho cuidado, porque no existía el microondas. Hacíamos los deberes sin que nuestra madre se sentara al lado. Y disfrutamos de horas y horas de juego sin apenas supervisión adulta. Eso nos ha hecho responsables, libres y creativos. Como somos la generación en la sombra, no hay muchos libros sobre nosotros pero hace algunos años Jeff Gordinier escribió uno muy interesante: X salva al mundo: como la generación X fue relegada, pero puede evitar que todo sea un desastre.

Gordinier afirma que los X somos escépticos, no seguimos ciegamente a nadie y es difícil que nos volvamos fanáticos; somos más pragmáticos que idealistas y buscamos las mejores soluciones a los problemas. El autor asegura que somos una generación creativa (la que hizo la genial Pulp Fiction). Estamos marcados por la desilusión política, pero precisamente por ello, hemos aprendido a resistir y a perseverar en la búsqueda de soluciones. Según Gordinier, la generación X es la mejor preparada para afrontar retos actuales como el cambio climático o la inestabilidad geopolítica.

En nuestra experiencia las cosas siempre mejoran. En cambio, nuestros hijos se van haciendo adultos en las narrativas de la extinción: la climática o la religioso-cultural, dependiendo de si sus conversaciones familiares se han articulado en torno a valores globales o nacionales. Tienen oportunidades de viajar y disfrutar el ocio en cualquier lugar del mundo, que fueron inasequibles para nosotros. Sin embargo, en dos de los asuntos que afianzan la seguridad vital de las personas (el trabajo y la casa) pisan arenas movedizas. Siendo de la generación afortunada pude pagar un alquiler con mi primer sueldo y comprarme a los 29 años un piso cuya hipoteca se llevaba un tolerable 25% de mis ingresos.

La generación X ocupa hoy el poder. Entre los miembros del actual gobierno de España, hay tres boomers y dos millennials; los diecisiete restantes son X. Sospecho que en el mundo de la empresa las proporciones serán similares. Estamos obligados a usar ese poder e influencia para repartir nuestra buena suerte con medidas beneficiosas para los más jóvenes. Para ello contamos con creatividad, pragmatismo y resiliencia. Y en términos políticos, no se me ocurre un plan más apetecible que crear para nuestros hijos una vida mejor.

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