Carta al Congreso
A LA MESA DEL CONGRESO DE LOS DIPUTADOS Y A LOS GRUPOS PARLAMENTARIOS
Me dirijo a ustedes como ciudadano de 40 años, perteneciente a una generación que ya nació en democracia. Crecí escuchando de mis padres y abuelos lo mucho que costó conquistarla; ellos me enseñaron que la libertad que hoy disfrutamos no fue un regalo, sino el fruto del sacrificio de muchos. Por eso, desde que cumplí los 18 años, jamás he faltado a mi cita con las urnas. Siempre he entendido el voto como un ejercicio de responsabilidad civil y un derecho sagrado.
Para mí, la democracia siempre ha sido un ejercicio de libertad saludable, donde la alternancia es natural y donde el hecho de que ganen unos u otros forma parte de una convivencia sana. Sin embargo, lo que hoy observo en las sesiones de este hemiciclo me produce una profunda decepción.
Lo que no puedo llegar a entender es el juego de descalificaciones y la crispación constante en que se está convirtiendo “la casa de todos”.
Vivimos en un mundo cada vez más enfrentado, lleno de incertidumbres, donde los conflictos externos y las divisiones sociales parecen ganar terreno cada día. En un contexto así, la sociedad necesita referentes de cordura, templanza y capacidad de acuerdo. Lo que recibimos de ustedes, por el contrario, es un espectáculo de frentismo estéril que solo contribuye a fracturar más lo que ya es frágil.
Asisto con estupor a debates donde el insulto prima sobre el argumento y donde el adversario es tratado como un enemigo al que abatir. Esta deriva no solo degrada la dignidad de esta Cámara, sino que traslada esa misma agresividad a la calle. Si quienes nos representan no son capaces de escucharse, ¿cómo esperan que lo haga la ciudadanía?
Les exijo que recuperen la altura de miras. Su labor no es alimentar el enfrentamiento para ganar un titular o un puñado de votos, sino gestionar nuestra convivencia y proteger el legado democrático que tanto costó levantar. Los ciudadanos cumplimos nuestra parte acudiendo a las urnas; ahora les toca a ustedes cumplir con la ejemplaridad que el momento histórico requiere.
No permitan que la desafección política acabe con lo que mis padres y abuelos construyeron.
Atentamente,
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