Energía anónima une a los centros de datos
Energía invisible que forma una malla que nos atrapa. Seamos conscientes o no, la elástica red es multifocal. Tirará de ella gente con intereses comerciales, a veces subversivos. Cada usuario de esos datos tejemos una parte de esa estructura etérea. En forma de nube, o de nieblas bajas, será parte de nosotros. Una energía que no sabemos si se mide en megavatios, aparentemente sin contadores como los que tenemos en casa. Pero sí cuenta, y mucho. Dicen quienes calculan su rastro que puede superar el consumo de toda España en 2030. Como los usuarios, anónimos, no sabemos calcular esos números los orillamos sin más. Si los gobiernos los apoyan tendrán sus razones. Viaja la información movida por la energía, que no se detiene en testear si es buena o perversa. Lo que sí parece cierto es que quien controla la información sabe guiar a la gente. ¿Hacia dónde? Alguien afirma que los datos son energía en sí mismos; hacen mover muchas cosas, o retenerlas. No falta quien llama a los centros de datos las armaduras del mañana; no se sabe si para protegernos y para tenernos encarcelados.
Ya no estamos en la era de la información, que todos asimilamos con el acceso universal de forma gratuita en internet. A veces somos la información no siempre consciente. Por la red viaja la gestión de la información; y en los tiempos que estamos amenaza con esconder la posibilidad del pensamiento crítico. Se nos escapa una parte no inocente de lo que puede venir. Algunos gobiernos quieren ponerle coto; se dice que la UE también. ¿A qué o a quién? Porque no siempre sabemos algo, más bien casi nada. Cambian los contextos pero no quienes mandan.
Hemos entrado en la vida regulada por los datos, buenos o malos, imprescindibles o superfluos; pero la especie humana, tan dominadora de la naturaleza y de sus vecinos, se deja mecer con lo que lanzan generadores de opinión y suministradores del consumo. Por si todo no gastase energía se añade el factor tiempo, que queremos reducir a milisegundos. Lo mismo que los millones de usuarios, voluntarios o dirigidos que se conectan al mismo tiempo. Incomoda un poco, la verdad, pero se puede soportar si podemos viajar desde nuestra terminal hasta la nube omnipresente.
La energía emocional es la que cuenta. Aunque en ocasiones nos empuje hacia el vértigo, o al pánico cuando vemos que se despilfarra en perversiones, máxime si los jóvenes acceden a ella. Se convierte en subversiva; tal cual si quisiera dinamitar nuestra central energética. Me refiero al entramado neuronal del encéfalo y sus energéticos pensamientos. Veo a Moliére reescribiendo “Le neuf malade imaginaire” que me coloca como un hipocondríaco burgués de los inconexos datos.
Los centros de datos son irreversibles; tanto que son imprescindibles. Algo o mucho benefician a cada cual. Será por eso que todos nos movemos en el espectro de la confianza ciega. Porque acceder a los múltiples datos es una aventura en ocasiones apocalíptica; nadie sabe qué lugar en realmente bueno o qué otro nos quiere capturar. Aunque cabría considerar la situación con menos euforia: ¿Acaso la energía de la red de redes no puede provocar un atropello de incoherencias interesadas o de inconveniencias de los magos de EE.UU., o de potencias como China o Rusia? Cuidado con estas, que cuando no dicen nada es que algo esconden. ¿La expansión de los datos es un fin en sí misma?, o el gasto energético está más que justificado cuando se trata de concentrar pensamientos en tareas diversas. De esas que igualan a los habitantes de países ricos y pobres. Leí en un periódico que un iluminado gobernante dijo que los datos han convertido el mundo en una democracia del futuro; que bien merecía la pena la energía consumida. Se olvidó decir que solo los centros de datos planteados en Aragón demandarían una quinta parte de la energía consumida en España. La capacidad y la disponibilidad de la Red Eléctrica (REE) los hacen de partida inviables.
Puestos a pensar: ¿Nuestros cerebros son centros de datos? Si así fuese, ¿qué energía los mueve? Una vez inmersos en la multicomunicación, que sin duda tendrá grandes ventajas, debemos contemplar su crecimiento con el freno de mano preparado. Por el momento, ya no elegimos ni el qué, el cómo ni el cuándo. Los niveles de decisión están en la nube de no sabemos quién. Así pues, atentos a la velocidad de la estructura mental que nos preparan los algoritmos en poder de unos cuántos gurús. En algún momento habrá que parar para rectificar la ruta.
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